Una farmacia, en tiempos de coronavirus. FOTO: MANU GARCÍA
Una farmacia, en tiempos de coronavirus. FOTO: MANU GARCÍA

Arranco el lunes 23 de marzo desbocado. Soy mi supra-yo. Un disparate. El Señor de los Elementos (broma pedante de juventud imposible de explicar… vale, sí, va de follar). Un chaval de veinte años con las hormonas retumbándole en los oídos. Soy uno de sus potrillos de ñu que ves por la tele retozar alegremente en las llanuras del Serengueti (¿he dicho potrillo de ñu? Me parece que sería más bien un becerro y, la verdad, prefiero seguir siendo un potrillo). Rebobinemos: soy uno de esos potrillos de cebra que ves por la tele retozar alegremente en las llanuras del Serengueti…

Claro, claro, soy consciente de que ustedes se estarán preguntando por el motivo de tanta alegría, pero la clave de cualquier relato es crear un mínimo de tensión antes de ir desvelando la trama y aquí, con todo el tiempo que tenemos, no vamos a ser menos. ¡Ayer salí a la calle! (hala, al carajo la trama). Quitando las dos o tres noches de basura –de sacar la basura, quiero decir— no había puesto un pie de verdad en la calle desde el sábado 14. La leche.

El motivo, huelga decir, está perfectamente contemplado entre los supuestos regulados por el decreto de alarma: ir a la farmacia. Claro que, ciudadano discutible como soy, decido ir dando una vuelta… total, que en vez de tres minutos, tardo en llegar a la farmacia el disparate de ocho o diez. Soy todo un malote. Casi diez minutos andando, una barbaridad. Recorro Consistorio como en la peli esa de Nueva York vacío, aunque en vez de con un león me doy de bruces con una realidad inequívocamente jerezana: no sé de dónde sale un grupo de tres bolizas (por supuesto, nada de distancia entre ellos, más bien a punto de percutir en la melé) deseándose salud, cosa que me parece muy bien, claro, lo que pasa es que a partir de la décima ronda de parabienes uno se cansa… Llego a la plaza del Arenal cruzándome con doce personas, digamos, aparentemente normales (incluidos cuatro policías) y cinco bolizas

Ya sé que a la gente que vive en barrios del extrarradio le puede parecer una cifra exigua de gente, pero salvo por el tema de la policía no difiere mucho de lo que te puedes encontrar en el centro de Jerez un 15 de agosto a las cinco de la tarde, la verdad, así que no me sorprende en absoluto. Compro mis medicinas y pienso en lo placentero que es ‘ir de farmacias’. No puedo evitar establecer el símil con ir a los bares. Incluso mentalmente mido la barra –vale, mostrador-, el espacio disponible quitando el cartelón de Farmalastic para el público, capacidad de grifos… una ensoñación de la que me saca la dependienta -en realidad creo que es la propietaria- cuando me devuelve la tarjeta sanitaria y la de crédito y desea a este potrillo que se cuide…

Vuelvo a casa veinte minutos después de salir algo entristecido. Se acabaron las cabriolas por el Serengueti, la percepción casi psicodélica de las farmacias como bares… y decido venirme arriba tomando de aperitivo un fino con unas aceitunas para hacer hambre antes de comer. Lo demás ya lo saben, lecturas, tele (veo un estupendo documental sobre Chavela Vargas) y por supuesto bici, todo eso siempre lavándome continuamente las manos. En lo poco que me va quedando de epidermis aparece algo de Primero de Periodismo que a muchos parece que se les ha olvidado: las cinco w, las que se supone que debe responder una noticia (qué, quién, cómo, cuándo y dónde en inglés, que todas empiezan, qué cosas, por esa letra).

Si encima sabemos la sexta, ‘why’ -‘por qué’- pues ya ni les cuento. A muchos porqués va a haber que responder en ‘este país’, espero que más pronto que tarde. Lo de las residencias de mayores no tiene nombre. En ‘este país’, aquí y ahora, se ha dejado morir a los viejos como perros mientras las teles y buena parte de la prensa, en vez de mostrarnos la verdad, el horror de la verdad, siguen más preocupados de localizar calzoncilleces en los balcones, conciertos acústicos de cualquier chufla u opiniones de ‘entretenedores’ al borde de la indigente mental.

Cuídense. Está bastante claro lo que viene…

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