Un montón de sarmiento, en una viña, en una imagen de archivo. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Un montón de sarmiento, en una viña, en una imagen de archivo. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Habían dejado de sonar las campañas de la Catedral hacía cosa de unos minutos, por lo que estamos hablando de que no serían todavía las doce y media (domingo, 12 de abril), cuando un objeto cayó en la terraza de mi casa. Al principio no lo vi bien, porque hay un zócalo bastante alto entre donde cayó y el sitio en el que me encontraba sentado, precisamente escribiendo las Confesiones de ayer, así que me levanté, vi muy por encima lo que me pareció una rama o un palo y me asomé rápidamente a la calle para acordarme de la madre del que lo tuviera tirado, que no estaba yo para gilipolleces. El caso es que me asomo, miro a derecha y a izquierda y no encuentro absolutamente a nadie, ni siquiera a ningún adicto al perro-walk (mi calle es agradable para sus propietarios cuando eres un guarro y no tienes intención de limpiar la caca, si no, es demasiada pendiente si subes y un coñazo de escaleras si bajas).

Total, que me meto para dentro y me fijo detenidamente en el objeto caído y reparo en que es un sarmiento, un sarmiento de vid. Levanto la vista al cielo buscando una respuesta –a ver, cuando digo al cielo quiero decir al tejado de mi casa o si acaso, cinco, veinte o, que sé yo, cuarenta metros por encima, no nos pongamos místicos— que, por supuesto, no encuentro. Si estaba en el tejado, igual que la puso la ha tirado una ráfaga de aire, no lo sabremos nunca o igual –y me parece la posibilidad más chula- la llevaba algún pájaro y la dejó caer sobre mi terraza, que en realidad es más bien una pequeña azotea.

Tras este pequeño incidente, reanudé la escritura y, de vez en cuando, miraba hacia el sarmiento, al que había dejado exactamente donde había caído, y seguía dándole vueltas a lo de los pájaros. Al final busco en internet y no encuentro gran cosa sobre pájaros y sarmientos de vid, lo más específico que leo es que se trata de un material habitual en los nidos de las cigüeñas. Me gustan las cigüeñas. A ver… me dan exactamente igual las cigüeñas, lo que quiero decir es que me gusta verlas desde mi terraza cuando vuelan bajo o, mejor, cuando veo pasar un grupo en formación. ¿Lo dejaría caer una cigüeña? A lo mejor fue un cuervo, de hecho poco después vi a uno sobre la Catedral con una rama, digamos, similar. ¿Y una paloma? Ya puestos, una simbología total: paloma deja caer sarmiento de vid (ojo, de vid) junto a la Catedral minutos después de que sonaran las campanas tras la misa (no estoy seguro de que lo fuera… en cualquier caso, el acto que hubo) del Resucitado. A ver quién da más…

De hecho, un rato después, ya sobre las dos, sube A. (mi pareja) a la terraza, le cuento lo que ha pasado y –siempre prosaica— pretende apartar el sarmiento de una patada para ir dejando sitio para el aperitivo, ‘obligatorio’ durante el confinamiento. “No, no lo hagas”, casi grito, ya imbuido de una fe que no sé de dónde me sale ni adónde me lleva. “Yo no lo tocaría”, le digo aparentemente en serio, lo que se ve acompañado por un encogimiento de hombros en alguien que ya está pensando más en el vino que en la rama del que viene…

Cuando estoy escribiendo estas líneas, lunes 13 por la mañana, el sarmiento sigue en mi terraza y, por mí, ahí va a estar un tiempo. Recuerden que este episodio cuasi místico, al borde de lo paranormal, se lo está contando alguien que, debido al confinamiento –o, al menos, eso quiere suponer-, habla con toda normalidad con una grúa de color verde y que además está a punto de incentivar a sus electrodomésticos para que aguanten unos días más, así que no me juzguen duramente…

Cambio por completo de tema. “Hola, Carmen”, “precisamente, Juan Antonio, quería decir…”, “eso mismo, Ángel…”, como pueden apreciar yo también vi ayer Una hora con Pedro. Está claro que debido a que el programa parece que se consolida los domingos en el horario de las tres, aprovechando que toda la familia –incluidos los adolescentes dipsómanos, ahora confinados— está reunida ante el arrocito, el lenguaje cercano, llano y cómplice se abre paso en todas las secciones de este programa estelar, pero tal vez nos gustaría ver a Pedro en momentos más tórridos, no sé, que fuera más… más Pedro. Por el contrario, nos dejó claro que él no va a entrar a esto, no va entrar a lo otro, a él ahí no… y es lógico que así sea, si yo tuviera a mis órdenes a Adriana Lastra también iba a andar discutiendo –no sé, un poner— con el portero del ‘Club 55’ de Jerez (casi dos metros… buen tipo, eh) a las tres de la mañana… para eso y más está Adriana, algo así como Cholo Simeone cuando jugaba en el Atleti, ese tipo de jugador que, como dicen los entrenadores, “siempre jugaría en mi equipo”. En el programa queda claro que el lenguaje bélico que el Gobierno viene manejando desde el minuto uno de la crisis va dejando paso al posbélico. Ayer en ‘Una hora con Pedro’ se oyó que hay que ir preparando precisamente la posguerra; esperemos que esta vez se prepare, sí…

Y pasamos sin más preámbulos a Desinfección y Chuletas, su sección favorita. Como consecuencia de las recomendaciones de las autoridades sanitarias me lavo continuamente las manos, lo que motiva la frecuente aparición en las palmas, sobre todo la derecha, de distintas chuletas ya olvidadas por años de periodismo e hipotecas (PH)… La fórmula del Ph no se la reproduzco parar no aburrir pero es perfectamente visible en mi mano, lo que en este caso no cuestiona nada, ya que en el instituto la asignatura de Química me quedó para septiembre. ¿O sí cuestiona el examen de recuperación? Cuídense…

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