Una imagen de arado en tiempos de Posguerra en Sevilla. FOTO: Wikimedia
Una imagen de arado en tiempos de Posguerra en Sevilla. FOTO: Wikimedia

El presidente Sánchez lo anunció el domingo en su programa Una hora con Pedro: ahora viene la posguerra. De mi generación (los nacidos en los sesenta), nadie ha vivido una posguerra ni, en consecuencia, una guerra, más allá de algunos periodistas, sanitarios y, por supuesto, militares en distintas misiones de paz. Guerras todas lejanas. Una posguerra, por lo que nos han contado nuestros padres, básicamente es un mundo gris, un mundo de necesidad (cuando no directamente de hambre) y de frío, del frío que viene tanto de afrontar el invierno en chaquetita como de la angustia que se te mete hasta los huesos, sobre todo cuando hablamos, como lo fue en España, de una posguerra con vencedores y vencidos.

No sabemos cómo será la posguerra que nos toque afrontar tras esta pandemia, pero una cosa está clara: este sin duda será el hito de nuestra vida para los que tenemos, no sé… yo diría entre 30 y 70 años. Los más mayores ya tuvieron su propia posguerra, los más jóvenes cualquier sabe lo que les espera la vida, porque ese mundo suspendido que de alguna manera fue Europa entre los años 60 y finales de los 00 está dando los últimos estertores.

Recordarán que en anteriores Confesiones me mostré en desacuerdo con el uso generalizado de términos bélicos para referirse a la lucha (ya estamos) contra la pandemia. “Primera línea”, “trincheras”, “combate”, “batalla”, “guerra” y ahora ya “posguerra” son palabras que hemos oído continuamente en los medios de comunicación para referirnos a la labor de los sanitarios y otros colectivos que en distintos ámbitos están haciendo frente tanto a la pandemia como a las necesidades más inmediatas de los confinados. Pese a mi oposición, pese a pensar que sirven para dar una visión demasiado simple del problema y dar relato al Gobierno, debo decir que claudico: no ha terminado la guerra y hace ya varios días que, efectivamente, me siento como en la posguerra. Apenas veo televisión, escucho poca radio, leo a media luz en la habitación más pequeña de mi casa… hay días que me veo como ovillado, si fuera enero o febrero solo me faltaría el braserito y un batín raído por encima. Sí, hay ratos en que bebo vino, pongo música, me río de esto o de lo otro, disfruto de una buena lectura… pero hay cierta sensación de angustia que poco a poco va calando, cuando oyes que ha muerto alguien que conocías, o cuando piensas en tanta gente con la que tienes amistad que ha ido o va a ir al paro, cuando te acuerdas de tu familia o cuando ves lo difícil que va a ser sacar adelante este país con la estrechez de miras de la clase política -toda- actual y un sectarismo creciente en la sociedad que, desde luego, no augura nada bueno…

Venga, les voy a contar una confesión. Hace muchísimos años, creo que fue en el 76, así que yo tenía diez años, recuerdo haberme sentido de manera parecida, como parte de una posguerra imaginaria. Mi familia vivía en Madrid y un verano se nos estropeó la tele. No recuerdo el motivo, pero el caso es que estuvimos mucho tiempo, cosa de un mes, sin televisor. No sé si no había dinero para repararlo, para comprar otro o el tema afectó a todo el bloque por un problema de antena o yo qué sé, el caso es que cuando volvía por las tardes de jugar en el parque (probablemente con la camiseta del 7 de Ayala), cenaba y allí me quedaba, también recuerdo que con poca luz, un par de horas con mi padre, mi madre y alguno de mis hermanos oyendo Radio Intercontinental, que ya solo el nombre suena a posguerra. No sé de dónde venía la querencia de mis padres por la Inter, efectivamente una emisora muy madrileña… pero que no podía ser más derechas: en una especie de programa de debate que tuvo los fines de semana por la mañana muy poco tiempo después, tras la legalización de los partidos, los radioyentes llamaban para dar su voto imaginario y siempre ganaba Fuerza Nueva… Total, que allí estaba yo todas las noches con mis padres y si acaso mi hermano F., en vez de estar en una playa o en eso tan madrileño del pueblo… o siquiera viendo el 1,2,3 en la tele, oyendo en la radio todas las noches un programa especial de verano. Tenía una sintonía muy llamativa a partir de una canción que decía en el estribillo “son vacaciones” y luego decía que “era normal” o que “era legal” o “natural”, según la vicisitud que contara. La gente oye la radio en el trabajo, en el coche, limpiando, haciendo la comida, solitarios, leyendo, incluso en la cama para dormirse, pero ¿alguien ha probado, con diez años, a estar un par de horas, sentado, oyendo la radio, esperando simplemente a acostarse? Ya ven que es algo menor, pero es de esas cosas que –ya ven, también- se quedan ahí para siempre. Prueben a explicárselo a un niño de diez años de ahora y díganle que era una forma de entretenimiento, a ver qué les dice…

Bien… y así, tras unas Confesiones un tanto existencialistas y tristonas, llegamos a su sección favorita, Desinfección y Chuletas. En esta ocasión, como consecuencia del continuo lavado de manos que hago en respuesta a la petición de las autoridades sanitarias me aparecen en la palma de la mano los escritores Albert Camus, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, un notable en Literatura Contemporánea durante la carrera que no debió ser…

Pues feliz día de la República para los que lo celebren y, para los que no, también… Cuídense.

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