Una casa derruida tras un terremoto, en una imagen de archivo.
Una casa derruida tras un terremoto, en una imagen de archivo.

Entre las miles de noticias sobre la pandemia y el confinamiento de esta semana hay una que me ha llamado poderosamente la atención. ¿La de Pablo Iglesias afirmando que es afortunado por tener una casa con jardín? Sí, esa también, aunque me reservo cualquier comentario hasta dentro de un par de meses, cuando la casa con jardín dé paso a la casa con jardín y piscina (alguno pensará desde Jerez y alrededores que qué largo lo fío, pero es que en la Sierra de Madrid refresca bastante). Les decía que me ha llamado la atención una noticia leída en El País que dice así: “El confinamiento aumenta la capacidad humana para detectar terremotos”. A ver… al principio creía que la noticia iba más de presentir, una capacidad que tradicionalmente se les presupone a una gran variedad de animales, algunos no especialmente glamurosos, como sapos, serpientes u hormigas y otras ya que van más al gusto del consumidor, como aves y peces (para mí, dorada a la sal, gracias), pero ya vi que no, que el asunto iba de captar a pelo microterremotos.

En definitiva, que ayer (jueves, 16 de abril) decidí darle una oportunidad al tema este de los terremotos. Ya he visto que hay una aplicación a nivel mundial en la que frikis de este tema están en contacto permanente, pero antes de bajármela decidí ver qué tal resultaba como hobby y si se adecua a lo que podríamos definir como mis condiciones técnicas de confinamiento. El caso es que estuve una hora sentado en el sofá con los pies en el suelo –con los pies más en el suelo que nunca, quiero decir-, sin hacer nada más, intentando captar alguna señal del inframundo, sin obtener ningún resultado. No crean que me di por vencido, no. Baje, al sótano, lógicamente más cerca de cualquier posible hipocentro, y estuve otra hora sentado con los pies en el suelo y, pese a estar muy atento, tampoco capté nada. Aunque hacía fresco, decidí redoblar la apuesta y subir a la terraza, donde estuve como otra hora, en este caso de pie –les iba a decir que apoyado en la barandilla, pero el caso es que mi terraza no tiene barandilla… no teman, que no se cae uno-, ahí, apoyado sin hacer nada salvo tratar de captar la pulsión de las placas tectónicas de la Tierra, y debo decir que a eso del minuto 40 claramente noté algo en el gemelo izquierdo, una sensación que subía hacia arriba, pero me da que se me estaba durmiendo la pierna. Y eso es todo.

¿Que cómo puedo estar seguro… por qué no pensar que había captado un micro temblor con epicentro en, no sé, la laguna de Los Tollos o la Sierra de San Cristóbal en vez de reducirlo todo a una estúpida culebrilla en un nervio de la pierna? Pues porque, amigos y amigas lectores, nuevamente han caído en una charada que les tiendo: yo soy experto en terremotos. Sí, sí, como lo oyen. Siempre paso unos días en la Galicia de interior, visitando a la familia política, y durante el tiempo que estuve el pasado verano hubo tres seísmos (seísmos de verdad, no familiares… no sean mal pensados). Aquello fue una especie de máster para mí, ya que aprendí mucho, incluso que la palabra sismo, que tiene un punto cateto, no solo es correcta, sino preferida a seísmo en muchos países de habla hispana. Les puedo decir que un pequeño seísmo de 3 ó 4 grados en la escala Richter es como un rugido, como una inesperada ráfaga de viento, pero que perfectamente puede ir de dentro a afuera, una sensación muy rara… En realidad, con seísmos de esta magnitud no da tiempo a pasar miedo, no tiembla nada ni se mueven las lámparas (en un piso alto creo que sí).

De todas formas, debo decirles algo. Cuando leí el titular de El País no tenía muy claro si se refería a los terremotos de verdad o a tal y como utilizamos esta expresión de manera figurada. Si es en la segunda acepción, ya les digo yo que no hace falta que me ande sentando una hora en el sofá de mi casa sin levantar los pies del suelo o sufrir terribles calambres en mi terraza para anunciarles que en España se espera un tremendo terremoto en dos o tres meses…

Bueno, dejemos la bola de cristal –además, ya saben los lectores fieles que en Confesiones siempre hemos sido más de quiromancia- e introduzcámonos en las siempre procelosas aguas de la sección Cultura Infecta. Ayer vi en el telediario la justa preocupación de los titiriteros (de los titiriteros de verdad) por el confinamiento y por las malas de perspectivas de cara al verano, que huelga decir que es cuando más trabajan. Según la misma noticia, en España hay unas 300 compañías de títeres, a las que desde aquí mandamos todo nuestro apoyo. Me encantaba de niño que me llevaran a los curritos –nombre que se le da o se le daba, lo mismo se ha perdido, en los barrios populares de Madrid al guiñol- y siempre que me coincide algo en el centro de Jerez procuro quedarme y echar un vistazo…

Y ya. Tras conseguir restañar una lacrima sul viso, damos paso a Desinfección y Chuletas, un nuevo hito en el denominado Nuevo Periodismo. Ya saben que, como consecuencia de los consejos de las autoridades sanitarias, me lavo continuamente las manos, haga lo que haga, lo que motiva que aparezcan en las palmas distintos mensajes que en realidad son muy fáciles de desentrañar: chuletas. Ayer, como no podía ser de otra forma, aparecieron las palabras “hipocentro”, “epicentro” y “placas tectónicas”, produciendo así un nuevo cataclismo en mi historial académico, esta vez en Ciencias Naturales de Bachillerato…

Parece que más de un mes después de que se iniciara el confinamiento, y con casi 20.000 muertos, el Gobierno ha conseguido ya unificar los criterios que pide a las comunidades autónomas para el reporte de los datos relacionados con el coronavirus. A poquito a poco…

Cuídense y si se aburren busquen por ahí en internet a Susana Distancia, la heroína mexicana contra la pandemia. Inevitable echar unas risas...

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