El Alcázar de Jerez, en una imagen reciente. FOTO: MANU GARCÍA
El Alcázar de Jerez, en una imagen reciente. FOTO: MANU GARCÍA

El lunes me digo que debería disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Lo que pasa es que tal vez haya decidido empezar desde demasiado abajo. En mi casa se ha colado un moscardón y decido seguir sus evoluciones, hacerme una idea de en qué consiste ser un moscardón (me refiero, lógicamente, a los insectos), pero enseguida me doy cuenta de que donde vivo no va a resultar el hábitat más adecuado para la entomología: lo primero que hace el bicho es pegarse una buena hostia contra el cristal de la ventana, cuando cree que se ha repuesto carga como si fuera un ‘pilier’ de País de Gales contra la cristalera con efectos devastadores –para él— y cuando se le pasa el nuevo aturdimiento repite gesta con los mismos efectos nocivos: la delantera de la selección de rugby del Dragón siempre tan valiente.

En total le he dedicado diez minutos a la compleja vida del moscardón antes de decidir abrirle –en realidad siempre tuvo casi medio metro para escapar— casi del todo la cristalera y observar cómo sale a la terraza: me da que este muchacho no tardará más de un cuarto de hora en convertirse en un amasijo de proteínas para cualquier paloma despistada que se cruce con él…

Total, que hago varias tareas domésticas y empiezo a escribir este artículo, todo ello lavándome continuamente las manos. Al quinto o sexto fregado vuelve a producirse el milagro del día anterior, esta vez en mi mano izquierda aparece (al final va a ser verdad eso de que los zurdos somos complicados, a quién se le ocurre ponerse una chuleta en la mano con la que escribe), lo digo de memoria, lo de “como el hatillo del vagabundo, el hombre lleva su haber…”, de Ortega y Gasset. Empiezo a recordar por qué siempre sacaba buenas notas en Filosofía...

Viene A. del trabajo –de momento está yendo unas pocas horas, que además agradece— y dice que si tomamos el aperitivo en la terraza. Me parece una idea excelente. Parto un poco más de la caña de lomo de la que les hable ayer y ya estoy en condiciones de informarles de que no vale un pimiento, demasiado carnal e insípido: se merece una buena cuarentena. Comemos un rato después, vemos el telediario, luego un Saber y Ganar en plan revival, veo el serial de Amar es para siempre y sí, esta vez sí, me quedo dormido. Es infalible. Con las películas suecas o alemanas de los domingos ya les dije que lo suelo pasar peor.

Cuando ya pensaba que la tarde se me iba a ir leyendo –terminé la novela Babbitt, que a ratos está bien pero no termino de recomendar, y comencé Crónicas de Nueva York, título de editorial para una serie de relatos de los años 50 y 60 de Maeve Brennan, muchos de ellos publicados en la revista New Yorker— y echando un vistazo a medios digitales con la tele puesta de fondo, me encuentro con que A. ha montado un gimnasio en el sótano, así que decido hacer 20 minutos de bici estática, me vengo arriba y al final hago casi media hora: por lo menos hoy tengo un motivo claro para que me duelan las piernas.

A las ocho tomamos otro aperitivo en la terraza, aunque hace fresco. La gente aplaude, pero menos. A lo lejos suena el himno de Andalucía… que se confunde con la zumba de otro vecino –creo que es vecina, ya les informaré— que ha montado otro gimnasio, al parecer de horario más tardío…

Después de cenar leo otro rato y tengo puesto el serial ese de Vivir sin permiso sobre el narco gallego pasado por la habitual finura de Telecinco. El personaje de Ferro es estupendo y José Coronado, con la edad, se ha convertido en un actor de verdad… Cambio a La 2 y veo un documental sobre las conexiones de la Mafia con la Democracia Cristiana y el asesinato de los jueces Falcone y Borsellino...

Al final me da la una y pico y me voy a acostar. Hoy no he salido ni a tirar la basura. Hoy, nada.

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