Una avenida de Jerez, durante el desconfinamiento. FOTO: MANU GARCÍA
Una avenida de Jerez, durante el desconfinamiento. FOTO: MANU GARCÍA

Probé ayer la que intuyo que es la vía de paseo de mi barrio (los alrededores de la Alameda Vieja). Si pasas de Lancería-Larga, lo suyo es tomar el eje Corredera-Porvenir hasta Madre de Dios o la estación y volver por Medina (un tanto estrecho el acerado) o por el mismo sitio que la ida. El problema que tiene es que, como recorrido de barrio… pues te encuentras a todo el barrio. Cinco veces me tuve que parar a charlar -cuando no era asunto mío era cosa de A., ya saben, mi pareja- y así no hay manera de avanzar, que el hecho de que no tengas nada que hacer ni dónde ir no significa forzosamente que te apetezca pararte de palique cada cinco minutos.

La primera parada fue con P., una de las grandes estrellas del rock local, justo en el Frikis Corner de la plaza del Arenal. P., siempre divertido, dice que ha salido a por tabaco, pero que la cosa está complicada, todo cerrado (en realidad solo él puede pretender encontrar un estanco abierto estos días a las ocho y media de la tarde). A. le ofreció un cigarrillo y P. dijo que no, que para qué, que era más que nada por dar una vuelta… P. nos contó también que el domingo estuvo en el bar –no se hagan ilusiones, no es un bar secreto… simplemente lo lleva él- y que se tomó unas cuantas cervezas, unas cañas, para ser más exactos. Y bien tiradas. No recuerdo que John Milton recogiera en El paraíso perdido una escena similar, que se nos antoja repleta de belleza, delicia y nostalgia a la vez…

Tras envidiar a P. lo dejamos con sus tribulaciones y echamos a andar por Corredera, donde veo a mi peluquero, que ya ha abierto el negocio pero a esa hora está cerrando. Le pregunto a P. –se llama así también- que cuándo me paso por sus dependencias y me dice que ¡el viernes!, a lo que le contesto que vale, que ya iré la semana que viene. Lo pospongo por dos motivos: le empiezo a encontrar el punto a la estética calvo-rizzi a la que me obliga el estado de alarma y ya unos días más o menos me la traen al pairo, menudo problema (llevo desde febrero sin facturar un puto lerele en un país con 25.000 muertos y me voy a preocupar ahora por cuatro rizos… tan jerezanos, por otra parte). Además, los viernes no voy nunca a la peluquería, va mucho niñato a ponerse guapeao pal finde o hípsters a hacerse cosas en la barba que más que de tijera requieren de llave inglesa…

El camino continúa otros cien metros –imposible avanzar, ya digo- hasta que nos encontramos con P. (en este caso apellido), un compañero de A. (de trabajo, se entiende). Es un tío majo, pero así, cuando lleguemos a la estación, habrá partido el último tren (nótese la simbología). Al cabo de cinco minutos nos despedimos, cumplimos el objetivo de llegar a la estación y justo al lado, de repente, creemos ver un bar abierto… ¿Espejismo? Es un kebab, así que seguro que ya puede servir comida para la calle. ¿Si le pedimos una cerveza nos la pondría? Personalmente creo que sí, pero al final no lo hacemos. Conclusión: en una pareja no deben coincidir un tímido y una escrupulosa (cumplidora de la ley).

La vuelta hacia el centro se hace también larga. Nos encontramos a… ¿a otro P.? No, queridas lectoras y lectores, se trata de otro A., un A., que ha salido un rato con la bici. Le decimos que si se le ha escapado o le han robado el perro y nos dice que no, pero que efectivamente es posible que hayamos visto al cocker por ahí porque lo sacan a pasear a veces unos norteamericanos a lo que les ha cogido aquí el confinamiento. A. nos dice que lo están pasando razonablemente bien y que además cuentan con el apoyo incondicional que da el amontillado que compran en el despacho de Cayetano del Pino, que todo ayuda…

¿Se acuerdan de C. y R. (no confundir con Consejo Regulador), que aparecieron en las Confesiones de ayer? Nos cruzamos con ellos en la calle Medina. Cuarta stazione. Esta stazione es breve porque son nuestros vecinos favoritos, puerta con puerta, y hablamos con ellos casi todos los días. R., un inglés muy simpático, todavía está pendiente de un satélite que se iba a ver el domingo por la noche y que al parecer pues debió cambiar de planes o…

No sé por qué pero de repente estamos en la calle Arcos –ya ven, encima con regreso alambicado-, donde hay un duelo de balcones (esto de los balcones se ha quedado definitivamente antiguo) con música muy actual: Juan Luis Guerra canta a toda hostia Ojalá que llueva café. A los de un balcón no los conozco, pero en el de enfrente está R., que es otra estrella del olimpo del rock local. Yo ya para entonces no estoy para nada ni nadie y lo que quiero es llegar a mi casa, ponerme cómodo y tomarme un vino al fresco en mi terraza con algo de picar, que esto del paseo definitivamente está muy sobrevalorado…

Y bien, así damos paso sin más a Cultura Infecta, sección que, como de costumbre, nadie se ha preparado. Esperen un momento, que miro en El País a ver qué lleva… nada, ni se les ocurra, yo no lo haría. Muñoz Molina diserta en un vídeo (además, patrocinado por un banco) sobre educación y cultura: solo recomendable para muy fans e insomnes (a ver si…).

Por fin llegamos a Desinfección y Chuletas, una sección que se ha ganado el beneplácito unánime de la crítica por su descaro sin renunciar al rigor más academicista. Como consecuencia de la necesidad impuesta por las autoridades sanitarias –¿o eran las políticas?– me lavo continuamente las manos, lo que produce con frecuencia la aparición de distintas palabras en la palma de la mano derecha: chuletas analógicas, queridos mozalbetes, las de toda la vida, antes de que las nuevas tecnologías irrumpieran con fuerza también en este sector. Hoy la fugaz cita de Milton evoca su influencia sobre Byron, Shelley o Keats, que queda todo muy romántico, claro, pero que viene a destrozar nuevamente un notable en Literatura de Periodismo…

El País le deja un recadito a la Junta -que está, ya lo verán, exactamente a puntito de sacar pecho por el reducido (por comparativa) número de muertos causados por la pandemia en Andalucía- con este significativo titular: “La paradoja de Cádiz, más sanitarios afectados que ciudadanos que han dado positivo”. Un tema a analizar y que el colectivo no va a pasar por alto, desde luego…

Pues nada, cuídense.

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