Lancería, en estado de alarma. FOTO: MANU GARCÍA
Lancería, en estado de alarma. FOTO: MANU GARCÍA

¿Recuerdan aquel potrillo de cebra que corría desbocado por las praderas del Serengueti sin apenas dar tiempo a los de National Geographic para su filmación? ¿Recuerdan cómo disfruté hace cosa de nueve días de una escapada de ¡media hora! para ir y volver de la farmacia? Pues ayer, jueves 2 de abril, volví a salir. Esta vez no era ya un potrillo, no, esta vez era más bien un león, un león joven en busca de carne fresca.

Salí con guantes, pero sin mascarilla, y enseguida me di cuenta de que todo había cambiado mucho en Jerez después de esos nueve días sin salir más que a tirar la basura.

Si me crucé con diez personas antes de llegar de nuevo a la farmacia, mi primer destino, seguro que ocho llevaban mascarilla y algunas incluso se veían de las buenas. Ni la OMS ni el Gobierno recomiendan llevar mascarilla en la vida ordinaria, entonces… entonces me parece a mí que la gente ya no se cree nada y, equivocada o no, ha empezado a tomar medidas por su cuenta. Pero hete aquí que entro a la farmacia y todo da un giro de 360 grados, perdón, quiero decir, de 180. La farmacéutica que me atiende no lleva mascarilla, y su compañera –me fijo— tampoco. ¿Entonces? Entonces mejor compro las medicinas que he salido a buscar, me llevo también una crema para los muñones, digo, las manos, y sigo mi camino hacia Simago (sí, amigas y amigos, si en San Benito y alrededores siguen diciendo Campeón, los del centro seguimos diciendo Simago, y no, no hay más que hablar).

Jabón desinfectante a la entrada, poca gente… todo en orden en Carrefour Express. Enseguida noto que en los pasillos se forman extrañas coreografías… es la gente intentando mantenerse al menos a un metro, lo que no siempre es posible. Los clientes, salvo un estúpido que luego iría algo delante de mí en la cola, se toman el tema bastante en serio. Observo delante de mí que una señora bajita se asoma cada vez que se abre un nuevo pasillo a su derecha, y lo hace como si estuviera en un tiroteo en una peli de polis: se pega al lineal de productos, hace un pequeño giro de torso y asoma la cabeza rápidamente un par de veces antes de seguir su camino en su particular Reservoir Dogs. Pirados ha habido siempre.

En realidad, no me gusta lo que veo, tanta gente con mascarilla, tanta gente pendiente una de otra, a punto de saltar, me parece bastante triste… pero autoproclamado león al fin y al cabo, consigo rápidamente las piezas que he salido a buscar, pago y tiro derecho para casa, entre otras cosas porque llevo mucho peso.

Un rato después leo con satisfacción en un reportaje de El País que mi compra está absolutamente en línea con los gustos, modas y tendencias de una tercera semana de confinamiento, una compra que puede resumirse en un titular tipo Adiós, papel higiénico; hola, cerveza. Mi compra consta de vino, cerveza, agua mineral, conservas, ahumados y aceitunas. Y ya. Quitando el chocolate, que no llevo, y patatas fritas (de las que tengo provisiones) se trata de una compra canónica, según este periódico.

El nuevo canon occidental para esta primavera. Vale, en realidad era una compra que podríamos definir como complementaria de la que hizo A. un par de días antes, pero me agrada por una vez no ser el ‘rarito’ e ir, para variar, cómodamente instalado en la cresta de la ola, ir con la mayoría. Si la gente quiere vivir un ‘confinaperitivo’, yo también. Ahí me van a encontrar, como dicen los políticos cuando se quieren poner chulitos… En el artículo leo que básicamente hay dos motivos que han disparado el consumo de lo que podríamos llamar ‘chuches’ de adultos: el premio y el efecto terapéutico. Una lata de mejillones con una cerveza o un fino… otra vez el disfrute de las pequeñas cosas de las que tanto hemos hablado ya en Confesiones

Esto me recuerda que M., una amiga vitoriana afincada en Madrid que también se dedica en la medida de lo posible al periodismo, me plantea precisamente crear una nueva sección. Me lo como todo, es el nombre que hay ahora mismo sobre la mesa para esta sección gastronómica, aunque en Jerez es imposible ponerlo sin recordar la canción de La Chiqui, “Me lo como tó”. Por ahora dejo la propuesta en cuarentena (ah, jajaja, qué gracioso, es que me meo).

Llegamos por fin a la sección Cultura Infecta. No soy muy de citas, pero estamos en tiempos de cambio… Allá van dos extraídas de los libros que tengo entre manos, las dos sobre el oficio de escribir. La primera es de Scott Fitzgerald y, aunque se la ofrezca, debo decir simplemente que no estoy de acuerdo: “Para una persona inteligente, escribir mal es una de las cosas más difíciles del mundo”, dice. Pues bueno… No vamos a hacer un comentario de texto, pero creo que lo quiere decir es que “a una persona inteligente —que sabe escribir bien, o sea, él y tantos otros— escribir mal —para ganarse la vida, o sea, él y tantos otros— es una de las cosas más difíciles del mundo”. Así sí, las elipsis a veces... No obstante, me gusta más esta de Pedro Juan Gutiérrez: “Escribo para pinchar un poco y obligar a otros a oler la mierda”, cita simple y directa con la que concluye hoy más Cultura Infecta que nunca…

En su sección favorita, Desinfección y Chuletas, no tenemos grandes novedades hoy y tampoco, por exceso de original, podemos hablar de los muslos de Ayllón (tal vez para el finde… si salgo poco, ja, ja, ja). Pese a todo, debo comunicarles que tras el sexto lavado de manos del día me apareció en la palma derecha “río Tajo, por el lado derecho…”. Bien, hasta ahora aceptaba que mi paso por el instituto y la universidad quedaran en entredicho, pero también la EGB…

Más de 900 muertos un día más y aquí seguimos enredados en conceptos de orografía de lo más extraño: ahora nos acabamos de enterar de que un pico es una meseta… Cuídense.

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