Un joven en una cabina electoral, el pasado 10N. FOTO: MANU GARCÍA
Un joven en una cabina electoral, el pasado 10N. FOTO: MANU GARCÍA

Las últimas elecciones generales nos tienen asombrados a todo el mundo por los resultados. Es lo que tiene votar con las tripas y no con el cerebro. Votar cansados, hartos, con más ganas de castigar a una clase política, que se merece un buen escarmiento por obligarnos a repetir elecciones como si hubiéramos votado mal, que votar a partidos políticos que nos solucionen los problemas.

La ciudadanía ha tirado la toalla. Ya no votan a los políticos para esa solución de problemas. Es que ven a la política como un problema. Han dado por perdidas sus pensiones, sus derechos laborales. No creen en una ley de dependencia que nunca les llega. Se han acostumbrado a morirse esperando en una lista de espera. ¿Qué les queda ya para ilusionarse?

Cuando el dolor ya es inmenso, solo queda la morfina, el opio. Tener una parcela de placer que nos haga sentir ficticiamente felices. Qué mejor droga que la televisión basura, lo chabacano, la mediocridad, que haga ver que la falta de formación y de estudios no es necesario para triunfar en la vida. Sin ser nadies, sin tener educación ni modales, ya somos iguales que las estrellas de la tele. Antes soñábamos con ser un Félix Rodríguez de la Fuente; ahora nuestro sueño es ser como Belén Esteban.

También apagan el fracaso social sintiéndose parte del grupo, de la tribu. Antes la ilusión era pertenecer a un club social, juvenil, adulto, a una asociación de voluntariado, a entidades que subían la autoestima y les hacía sentir útiles a la sociedad. Hoy es mucho más fácil sentirse un borrego, y gritar yo soy español, español, español, sentirse patriota, aunque no sepan de qué ni por qué. Les hablan de Magallanes, de Hernán Cortés y de Colón, y si les preguntan quiénes fueron, piensan que el primero es un pago jerezano, el segundo una calle del Olivar de Rivero y el tercero, una plaza de Madrid con la bandera de España más grande del mundo.

Cuando no se quieren ver los problemas es mejor centrarse en algo externo, como Cataluña y los inmigrantes. De todo esto bebe el fascismo, se cría, se multiplica como las serpientes. Lo contaron en la película La ola, pero estaban viendo Sálvame y un partido de la Selección Española de fútbol y no la vieron. Venía en muchos libros, pero nunca han leído lo suficiente salvo los WhatsApp con su mala ortografía y su cantidad de información falsa.

Mientras, no hay un faro que les ilumine. Las derechas decentes están abducidas mientras imitan al fascismo para no perder votos. Y las izquierdas, que abandonaron el lenguaje obrero hace tiempo, se encuentran débiles y buscan apoyos en los nacionalismos, haciéndose el harakiri. ¿Qué parte de "el género humano es la Internacional" no han entendido o han olvidado?

La gente está sola. Depresiva. Sin ganas. Y el soma es la ultraderecha. Lo peor de todo es que estamos repitiendo la Historia que ya no se da en los colegios. La Historia que los maestros que vienen de esta generación democrática no han aprendido y no saben contar. Esa Historia que los que tenemos más de 50 años conocemos, y lo peor, de la que sabemos cómo es el final.

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