Entrada al Hospital de Jerez. FOTO: CANDELA NÚÑEZ
Entrada al Hospital de Jerez. FOTO: CANDELA NÚÑEZ

La vida te enseña a lo largo de los años. Académicamente, como cuando me estudié las asignaturas de Antropología Cultural y la de Sociología que somos animales sociales, que necesitamos vivir en compañía. Eran asignaturas bonitas, curiosas, que te ayudan a aprender sobre la especie humana en su comportamiento con sus semejantes.

Pero la vida también te enseña con la cruda realidad de golpe. Yo aprendí más que en toda la universidad en la planta quinta del Hospital de Jerez cuando mi hermana estuvo ingresada por cáncer. Era una situación rara. La preocupación por la enfermedad. Y yo sólo era el acompañante. ¿A cuánto ascenderá la preocupación de quien está en la cama? Te sentías raro. Días interminables. Rutinarios. Ese carro de comida sonando a todas horas. ¿Ya es la merienda? Pero si acabamos de comer.

Encerrado entre cuatro paredes, con otra cama al lado. ¿Hola, qué tal? ¿Cómo está usted? Pues aquí estamos. Tenemos que aguantar la racha. Ya saldremos. Y usted que lo diga. ¿Esta es mi hija, sabe usted? Viene de Villamartín. Encantado. Ella es mi hermana. Si usted necesita algo ya sabe. Voy a por agua, ¿necesita usted? No, yo tengo aquí, gracias. Pero tengo unas naranjitas que me trajo mi hijo ayer. Pruébala hija. Si es que no tengo ganas, señora. Un gajito nada más, si es que están muy ricas. Bueno. Y ese gajito de naranja endulzó el sabor metálico de la quimioterapia.

Vamos a levantarnos un poquito y a ver la libertad a través del cristal de la ventana. Míralos ahí en el Área Sur. Todos arremolinados, parecen hormigas. Pues cuando salgamos vamos a ir a la hamburguesería y nos vamos a poner hasta el culo. No, tú me llevas a ese que pone platos de jamón. Bueno, pues vamos a ese.

Perdonen. Entra la vecina de otra habitación contigua. Estamos recogiendo un eurito entre todos para pagarle la televisión (año 2009) a la señora de Sanlúcar que tiene a su marido aquí desde hace cuatro meses. El pobre está pero no está, y ella no tiene dinero. Está sola. Vale, toma el eurito. Y llévale esta caja de zumo. Lloro recordando porque esto es así como lo estoy contando. Gracias, gracias, gracias.

A las once de la noche estamos todos medio dormitando y nos despierta el grito. Ya está ahí. ¿A ver, quién es el tío más guapo que ha entrado hoy aquí nuevo? Bueno, lo dijo de otra manera, pero lo tengo que escribir más fino. Era una auxiliar de clínica de Arcos, que entraba de turno a repartir zumos y pastillas. Pero también repartía risas y buen humor. Resumiendo, repartía salud.

Y hoy, que yo estoy encerrado en casa, sano, sin poder salir por el dichoso coronavirus, no puedo dejar de recordar aquellas lecciones. Las académicas, que la tengo en mis libros. Y la del hospital, que la tengo en el corazón.

A las ocho de la tarde, cuando se aplaude a todo el mundo, yo me acuerdo de aquella auxiliar de clínica de Arcos, porque esos aplausos, esa escandalera que hacemos, me hacen sentir esa misma sensación que tenía en la quinta planta. Que no estoy solo. Que aunque esté en mi habitación, no estoy solo. Que la gente cuando está en necesidad es solidaria. Que hay algún majara, pues sí. En el hospital siempre estaba el capullo dando por saco con el tabaco. Pero era la anécdota.

Los WhatsApp que te hacen reír. Los vecinos por las ventanas. Escuchar a los niños de mi vecino por el tabique. Y los aplausos. Esos aplausos con los que agradecemos tanto, pero sobre todo, con los que decimos sin palabras que nos necesitamos los unos a los otros. Hacemos ruido para decir que seguimos aquí. Sí, nos necesitamos. Estoy repitiendo curso por segunda vez y volviendo a aprender lo aprendido. Gracias.

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