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Cavando para coger hormigas.

Así fue como El Leli -el muchacho que decía correr más que nadie en mi barrio- se topó con las cincuenta revistas de porno alemán, metidas cuidadosamente en una bolsa del Eco y enterradas medio metro bajo las amapolas que cubrían el llano.

Recogía luas para alimentar a sus gorriones sin patas y encontró aquel tesoro extraño de cuerpos desnudos y conversaciones breves que no entendíamos..., convirtiendo aquel día de mayo -con horas que matar- en uno inesperadamente extraordinario..., tanto o más que una de esas tardes de eclipse lunar y descampado en las que los chavales acudíamos con la ilusión de quedarnos ciegos por unas semanas.

Yo no estaba con él cuando desenterró con sus propias manos la pálida bolsa del supermercado pero por lo que me contó minutos después del hallazgo, aún con la sonrisa plena y sus uñas sucias de tierra, las revistas tenían que ser de la familia alemana que venía de vacaciones al barrio cada verano y a la casa que tenían, en el corazón de la barriada, de ladrillos vistos.

Me dejó caer que no las devolvería; antes anunciaría su descubrimiento desde el peñón donde se gritan los nombres de los niños perdidos -de los que siempre llegan tarde a la hora de la cena- y proclamaría que eran de su propiedad -al menos hasta Julio- y que todo aquel que quisiera echar un vistazo podría hacerlo después de pagar un duro.

Yo no tuve que darle siquiera una peseta. Guardar el secreto por unos días me alcanzó para una revista gratis que cuidé celosamente en una caja de zapatos bajo mi cama..., lejos de mi hermano y de las gatas romanas que teníamos eternamente preñadas.

Días más tarde la revista desapareció por arte de magia..., encontrándome en el interior de la caja dos zapatillas de invierno que nunca llegué a estrenar a pesar de que siempre tenía y tengo los pies helados.

Aquella repentina pérdida de imágenes concretas, de cuerpos fatuos y al borde de un ataque de nervios..., me llevó a ensoñaciones de poca monta; sueños donde siempre terminaban prohibiéndome la entrada a la mansión Playboy con un pobre alemán de contrabando. Así que me vi arrastrado a soñar durante años con aquel descapotable rojo que andaba con pilas de tres voltios y que sólo alcanzaba a llevarme hasta la casa de aquella niña rubia de once años y apellido gallego que nunca supo que me gustaba..., más incluso que aquellas hermosas mujeres de papel, de tango y paso perdido.

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