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La otra tarde no vi llover aunque sí me percaté de cómo corría la gente. Es fascinante contar con unos minutos para sentarse tras la ventana y simplemente mirar. Mirar al mundo como si fueran a quitarlo de ahí, como quien contempla la utilería que va a ser desmontada tras la función para dar paso a un nuevo escenario. Era jueves. Mientras repasaba la prensa, regada por un cacao caliente, me topé con un neologismo que me era ajeno y que resume una peculiar tendencia periodística que parece haberse implantado con fuerza en nuestros días. Se trata de los ‘numerónimos’, una palabreja que deriva del inglés y que sirve para denominar a aquellas unidades lingüísticas que contienen letras —como todas las palabras— pero también números. Curioso efecto cuando cifra y letra se unen. Puede dar lugar a un mítico concurso de La 2 o a una efeméride para el recuerdo. Está muy de moda hacerlo con todo: las citas electorales, las fechas conmemorativas, las etiquetas tras la almohadilla en los 140 caracteres, las contraseñas del correo electrónico… Parece que nos va la mezcolanza a la hora de renombrar lo que hay sobre las tablas.

Los búhos, a diferencia de las alondras, no llevan bien madrugar. Las primeras horas del día están vetadas para ellos. Les cuesta salir al mundo cuando aún no lo ha hecho ni el sol. Los operarios deben por costumbre montar el atrezo más tarde pero aquella mañana de jueves no quedaba más remedio. Café en mano, bostezo en ristre y con el párpado de arriba aún demasiado abrazado al inferior, fue infame la hora de echar a andar. El asfalto es demasiado brusco cuando los sueños están recién habitados y el pijama recién vivido. El aliento frío de la gran ciudad golpea duro en las mejillas y agrieta los labios si no hay hábito. Corría el mes de marzo. Era jueves. En tan solo dos minutos, se hizo el negro. Reinó el humo. El café se fundió con el desconcierto. Entre las 7:37 y las 7:39 de la mañana, a Madrid la sobrecogieron diez bombas. Tres en la estación de Atocha; dos más en la de El Pozo del Tío Raimundo; una en Santa Eugenia; y en un cuarto tren, junto a la céntrica calle de Téllez, otras cuatro. La policía encontró dos artefactos más que habían fallado. Tras el estupor, todo fue silencio.

11M fue llamado aquello. Ya pasa una década y dos años. Curioso lo que encierra el numerónimo de marras que sirvió de renombre a la infamia. Murieron 190 personas —192 si contamos a un bebé no nato que falleció dos meses después a causa de las heridas recibidas en el vientre de su madre y a un GEO que murió en la explosión del 3 de abril en Leganés, en la que se suicidaron varios autores del atentado—,  y un par de miles resultaron heridas. Hasta aquí las cifras. Vengan ahora las letras. Rosario, Mario, Laura, Gerardo, Ana María… nombres y más nombres hasta dos cienes. Búhos, alondras, actores del escenario cotidiano tras el cristal de la ventana indiscreta por la que mirar un jueves. Gente que corría hacia cuatro trenes, gente a la que otros veían correr… gente a la que otros esperan. Desaparece del escenario el nombre y aumenta el número. Pasó un jueves que recordamos. Un jueves de efeméride numerónima, un jueves de tarde fría, de flores cortadas y velas perennes, de abrazos improvisados en cualquier esquina. Un 11 de marzo que dio paso a un nuevo amanecer en el que lloraron las nubes, en el que 11 millones de actores de esta obra tan rara que es el vivir llenaron las calles ataviados con el dolor. Sobraron las falacias y faltaron demasiadas despedidas. Sirvan al menos las cifras para recordar lo que nunca debimos ver, lo que jamás debió mostrar el cristal.

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