¿Esparcir cenizas? Déjame un lugar para que pueda creer en un tiempo. Pero resucitado. No con estos achaques y canoso. Sino niquelado. 

Anda la clerecía preocupada por el destino final de nuestros huesos. Al parecer, a los obispos no les hace mucha gracia esta moda de esparcir las cenizas aquí y allá, después de la cremación.

La venerable tradición cristiana ha mantenido desde siempre su preferencia por el enterramiento del cadáver. Supongo que, en parte, esta costumbre está anclada en la creencia de su función como 'templo' del Espíritu Santo. Y no parece muy respetuoso con el Espíritu  meterle fuego a lo que ha sido su morada durante tantos años. Por eso la inclinación de la Iglesia a la sepultura le llevó a declarar esta consideración piadosa con los difuntos como una obra de misericordia: “y la sexta, enterrar a los muertos”.

Por otra parte y como ustedes saben, a la omnipotencia divina le da igual la cremación que el enterramiento para hacer su trabajo la mañana del día del Juicio Final. Para El-que-todo-lo-puede estas tareas son minucias y en un pis pas te dejará el cuerpo pulido y como los chorros del oro, estén donde estén tus átomos. Niquelado.

Por mi parte, la idea de contemplar mis cenizas esparcidas por la Bahía de Cádiz me produce una cierta idea de despersonalización. Detesto la imagen de ese polvillo gris flotando sobre la superficie del mar y cayendo al fondo. Diluyéndose en el agua marina sin encontrar lugar alguno. Y yo creo que este desagrado procede de otra creencia mucho más arraigada y como derivada de nuestra estructura psíquica: es imposible para nosotros imaginarnos en la eternidad, es decir, en un no-lugar y en un no-tiempo. El más allá, en realidad, no es ni más allá ni más acá. Y por más esfuerzo que hago no puedo más que imaginarlo como un sitio y me veo a mi mismo cantando y tocando el arpa en el coro celestial (aunque con este oído igual me encargan de la megafonía), o en otras actividades mucho menos edificantes (en el supuesto caso de que el Señor me perdone todo lo mío y me supervise el propósito de la enmienda).

Y, porque somos así, necesitamos pensarnos inevitablemente en un dónde y en un cuándo. Por eso queremos darles a los muertos un lugar. Y así nos imaginamos que les damos también un tiempo. Darles un tiempo significa intentar negar el poder absoluto de la muerte. Aunque sea imaginariamente. Pero de esto, nada sabemos. Solo lo podemos creer.

La resurrección gloriosa del cuerpo es una promesa irresistible, una oferta comercial sin parangón: un cuerpo sin cólicos nefríticos, ni protusiones discales, ni colesteroles…un cuerpo como debería de haber sido: ágil, brillante, enérgico, proporcionado, robusto…que desafíe con éxito al tiempo, a las enfermedades y a la ley de la gravedad.

¿Esparcir cenizas? Déjame un lugar para que pueda creer en un tiempo. Pero resucitado. No con estos achaques y canoso. Sino niquelado. 

Es curiosa nuestra insistencia, nuestra contumacia en persistir en el ser y en temblar ante la nada. No podemos pensar un tiempo sin nosotros. Sin mi yo. Puedo pensar que no estoy vivo pero no que no existo en absoluto. No digo que no sea posible que esto sea así, digo que no puedo pensarlo. Tampoco sin la existencia de mis seres queridos (esto lo saben bien las madres y los amantes). Y si me apuran un poco, de todas las personas de buena voluntad.

Y este hecho psíquico nos revela por un resquicio la raíz del principio esperanza. ¿Por qué si no íbamos a estar hechos de esta manera? Porque, en nuestra radical debilidad, esperamos una misericordia, una mano, una mirada salvadora. Un abrazo alado que nos reconcilie con nosotros mismos. Un beso infinito. Un salto del ser al Ser.

www.psicoterapiajerez.es 

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