Pedro el cazador de sirenas (III): la recompensa de las sirenas

Pedro volvía de vacío decepcionado por no haber podido cazar a la sirena y sin la compañía de Jaime.

Un arponero, en una imagen de archivo.
Un arponero, en una imagen de archivo.

Pedro volvía de vacío decepcionado por no haber podido cazar a la sirena y sin la compañía de Jaime. Temía que al regresar al muelle este estuviese plagado de policías esperándole, pero, al doblar el espigón y al introducirse en la ensenada, la única figura que se divisaba a lo lejos era la boticaria, la madre de Jaime. Verla vestida de negro daba escalofríos porque parecía que anunciaba la desaparición de su hijo por anticipado, aunque el luto que exhibía era simplemente por su marido que había fallecido hacía unos meses.

El pelo de la mujer estaba desarbolado, fuera completamente de su deshecho moño. Ella movía intermitente y alternativamente un pie y cruzaba los brazos en señal de inquietud por su único hijo. Este, sin preservar su confidencia para no preocupar a su madre, le había dejado por la mañana una nota encima de su cama, detallando la aventura: buscar un galeón hundido que proyectaba realizar a bordo de una pequeña barca. Tras atracar la embarcación y viendo Berta que su hijo no estaba allí, cogió por los hombros a Pedro y le pidió explicaciones. El marinero bajó la cabeza y le aseguró que había sido tragado por una sirena, sin darle más detalles de lo ocurrido.

Cinco minutos más tarde una pareja de guardias civiles llevaban al pescador al cuartelillo para interrogarlo y se activaba una búsqueda por mar y tierra para rescatar el cuerpo de Jaime. Pedro fue retenido durante cerca de 48 horas. Una y otra vez había declarado la misma versión sin variar ni una coma, aunque ocultó lo de los somníferos y lo de haber atado a Jaime a la embarcación dentro del agua para que actuara de carnaza. Al considerar que no había pruebas de cargo, que el desaparecido era mayor de edad y que su pérdida podría ser fruto de un accidente, fue puesto en libertad con cargos de imprudencia punible.

Una semana más tarde un arrastrero encontró, a unas 20 millas del punto donde desapareció, el cuerpo hinchado de Jaime flotando en la mar y adornado con corales. A través de la radio avisaron a la guardia costera. La posterior necropsia determinó que una de sus piernas fue atravesada por un arpón, por lo que arrestaron a Pedro inmediatamente por asesinato. No obstante, la causa principal de su muerte no fue establecida por la herida en la pierna sino por degollación. Su cuello fue cercenado por una especie de dientes de sierra. La cabeza nunca fue encontrada, pues yacía en el fondo del mar como uno de los mejores trofeos de las sirenas.

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