Inmigrantes son atendidos por personal de Cruz Roja. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Inmigrantes son atendidos por personal de Cruz Roja. FOTO: JUAN CARLOS TORO

En el debate sobre la inmigración hay dos posturas extremas y antagónicas. La primera sería abrir las puertas de par en par y aceptar una verdadera libertad de movimiento de personas, permitiendo que millones de seres que buscan una mejora material en sus vidas se establecieran en España sin restricción alguna, lo cual convertiría a los que ya estamos aquí, que defendemos valores occidentales, en poco tiempo en una minoría .

Si aceptamos la democracia real y cada hombre o mujer tiene derecho a un voto, nacido fuera o no, simplemente por la fuerza del número (solo en África hay 1.200 millones de personas, muchas de las cuales estarían dispuestas a mejorar sus vidas y trasladarse) se derribarían todos los principios que hemos defendido y ha costado construir con sudor y sangre durante tantos siglos, sencillamente porque los votos de los autóctonos serían menos a la larga. Eso ocurriría salvo que los que vengan con sus propias creencias y hábitos de comportamientos se adaptasen milagrosamente y aceptaran cambiar sus costumbres. Pero para ello haría falta, como mínimo, varias generaciones y mucha pedagogía.

La otra postura radical sería no permitir que ningún inmigrante entre en este país y no permitir ni el asilo político. Eso denotaría un comportamiento cruel e insensible, demostrando la falta de una mínima dosis de compasión y empatía ante gente que huye de guerras civiles, hambrunas, o son perseguidos por sus ideas, raza, religión, sexo u orientación sexual. Además, esto vulneraría el derecho internacional humanitario, algo totalmente inaceptable. Toda persona por el mero hecho de serlo es sujeto de derechos y obligaciones. Por eso no se les puede restringir derechos básicos como la sanidad, cuando sea necesaria su asistencia.

Evitando esos extremos se puede llegar a un consenso, sin necesidad de insultos hacia aquellos que se posicionan más cerca o más lejos de esos bordes. Si aceptamos la inmigración con una postura europea común, debemos establecer límites para que los que vengan se adapten y no surjan conflictos entre los que se incorporan nuevos y los nativos. Aparte de un proceso de adaptación y aprendizaje cultural y del idioma para los recién llegados, lo más importante para conseguir ese equilibrio sería una fácil integración económica en el mercado de trabajo.

De nada sirve que vengan miles de inmigrantes si solo se les ofrece que trabajen en el top manta para que sean presa de las mafias y el soporte humano de la economía sumergida. El dinero negro es uno de los pilares en donde se asienta la criminalidad. No puede ocurrir como pasa en Malmö, Suecia, con un tercio de emigrantes, donde la policía tiene que escoltar en determinados barrios hasta las ambulancias por la falta de seguridad en sus calles. Eso es lo que alimenta a partidos xenófobos. De hecho en Suecia, según algunas encuestas, el partido antiinmigración se prevé el ganador de las próximas elecciones.

Los disturbios de las afueras de París se producen en los barrios de procedencia inmigrante, incluso después de varias generaciones, porque esa población se siente marginada cultural y económicamente. Ese choque cultural es el que hay que evitar. De nada vale ofrecer papeles para todos, si abocamos a morir de hambre a gente que ha pasado por múltiples desafíos y han arriesgado sus vidas para mejorar su nivel de renta y bienestar. Esas personas están dispuestas a cualquier cosa, porque ya no tienen nada que perder y se lo han jugado todo a una carta. A ellas debemos ofrecerles oportunidades, con un plan serio a largo plazo y no golpes de titulares en la prensa. Lo que está en riesgo es demasiado para tomárnoslo todo a la ligera. Menos hipocresía. A veces ser un poco duro, serio y con cabeza, evita muchos sufrimientos posteriores.

La nueva actitud del Gobierno devolviendo a los inmigrantes que han entrado por la fuerza e iniciando procedimientos penales contra los instigadores de la violencia es un síntoma positivo de alivio.

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