Miguel Parra
Miguel Parra

Me asomo a los ojos vidriosos de mi abuela, gaditana de 88 años, como quien contempla las vidrieras de la catedral. Y en mi pequeño salto al territorio onírico y cognitivo, en la frontera de  su mascarilla, donde empieza esa mirada triste, pienso que éstas no nos salvarán.

Ella tiene las arrugas de quien ha buceado toda la vida para encontrar la manera de respirar. De quien tuvo que aceptar no trabajar de forma remunerada porque la sociedad aún pensaba que lo público era un territorio exclusivo de disfrute y dominio de los varones. De quien tuvo que renunciar a la idea de consolidar estudios medios y superiores porque debía horas de su tiempo –de su vida- al trabajo doméstico y de crianza.

Me gusta pensar a mi abuela como a una apneísta: ha sido capaz de sostener la respiración –el eje de su vida- estando al servicio de otras personas, aislando en su centro la necesidad de ser económicamente independiente para sentir aires de libertad. Tengo sentimientos encontrados con la libertad que ha hallado en la viudedad, aunque nunca habría de ser tarde para ello.

Ella es mayor, pero sabe, porque no deja de leer ni un solo día –ni deja de ir a caminar por El Paseo siempre que no llueve- que cuando se asoma al balcón de la vida actual, cuando escucha a su hija y a sus nietos, algo malo está pasando. Algo que parece estar en la raíz de los acontecimientos. Y no se refiere al Virus de la Corona, o tal vez sí.

En los momentos de mayor lucidez –y de vinitos al sol- bailamos una especie de Tango del Besugo en el que cada una luce lo que le ha tocado vivir.

Yo le cuento sobre este halo de asepsia que por desgracia no previene el desempleo. Y entonces ella alega que en sus tiempos, no podía trabajar porque era mujer. Yo le cuento que las vacunas no inmunizan contra la discriminación y la pobreza y entonces ella me cuenta cómo fusilaron a su padre en Algodonales (era ingeniero) porque fue denunciado por rojo.

Yo le cuento que a las profesionales de la psicología (nuestra presencia en los estudios de Ciencias de la Salud es mayor), después de los millones de pesetas (que en euros suena a menos) que pagamos en formación especializada post-licenciatura/grado, nos piden que trabajemos sin cobrar, de forma voluntaria, y entonces ella me cuenta que ella ganaba más en el despacho de pan de La Eureka, que mi abuelo en Astilleros cuando empezó… Pero en realidad su discurso me lleva a pensar que no hablamos de cosas tan distintas.

Ella trabajó toda la vida (sin tener un empleo) para un hombre, su marido. No cobró nada por ello. Se esperaba de ella que a través de la institución del matrimonio lo hiciera. Y luego, a raíz de la crianza, pondría su vida en un segundo plano, para desvivirse como madre y esposa.

Psicología es una de las profesiones donde más mujeres hay. También es una de las profesiones con una alarmante cifra de desempleo. No sé por qué no me sorprende.

A las puertas de hacer un año desde que comenzó en la península la nueva situación con el nuevo huésped en el aire, habré visto más de una treintena de “ofertas de empleo” donde se especificaba que el trabajo de psicóloga para paliar los efectos de la pandemia al que se postulaba, iba a realizarse de manera voluntaria, gratuitamente: “Es tu momento, te toca aportar”, “Pon de tu parte”.

Las mujeres (independientemente de nuestra formación/profesión) sabemos que nos tocará trabajar gratuitamente, porque así se perpetúa la estructura de la organización social en la que vivimos hace más de cinco milenios.

Incluso ahora, que conocemos de cerca las consecuencias en la salud física y psicológica del desempleo, a las que además hemos tenido que sumar las consecuencias psicológicas, económicas y sociales de la vorágine en la que nos vemos envueltas a causa de la crisis sanitaria, la salud mental y el acceso a una vida digna, parecen ser un privilegio, un ensueño que pocas personas llegarán a saborear.

Y así, durante un rato, mirándonos a los ojos —porque nosotras no preferimos las pantallas negras— intentando no soltar el ancla que a las dos nos mantiene seguras, acabamos descubriendo juntas que la vida nunca ha sido digna para la mayoría de personas, en especial para las mujeres.

Que el centro no es la salud, el desarrollo personal, cultural y ético. No lo fue en su tiempo tampoco. Y ellos, llevan frotándose las manos con nuestros recursos, mucho más tiempo que nosotras con gel hidroalcohólico.

El vino se termina y la acompaño a casa por la Avenida de la Sanidad Pública y entonces me pregunto: ¿A quién le importa la Salud Mental en esta situación? ¿Quién es capaz de ser consciente de que está habiendo una tendencia estremecedora hacia la enfermedad —no física—? ¿Quién comprende las secuelas y el impacto que esto ha dejado y dejará en nuestra manera de pensar, sentir y comportarnos con nosotras y con las demás personas? ¿A quién le importa el tándem formación&desempleo cuando en el estado español cada mil habitantes hay menos de un profesional de la psicología (0,70 psicólogo/a) para atenderles?

¿Será lo público quien se atreva a asumir su incuestionable responsabilidad de construir políticas eficaces para paliar la falta de plazas, recursos y medidas que tienen que soportar las y los profesionales de la psicología para lograr acercar sus conocimientos y servicios a quienes demandan necesitarlo?

O es que aún no queda claro que quienes podemos contribuir profesionalmente a brindar salud a la sociedad y a la ciudadanía, debemos primero acceder a desempeñar el trabajo (remunerado) que tanta falta le hace en este siglo al ser humano.

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