Mi opinión sobre la situación del Teatro Villamarta y la cultura

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

Leo con enorme tristeza y cabreo las últimas noticias sobre la situación de nuestro teatro que depende de una decisión tomada en un despacho por personas para las que, según hemos podido comprobar por sus gestiones, la cultura no es más que entretenimiento y un lastre para la economía. Lamentablemente esa es la opinión de muchos de nuestros ciudadanos y por ello creo necesario que, a la vez que salvamos con todo lo que esté en nuestra mano a nuestro teatro, recuperemos el significado de cultura, ya que la educación no se encarga de ello (y parece que no lo hará de momento).

Pero las noticias sobre el Villamarta estos días no vienen solas. Tenemos noticias aún más horrorosas acompañadas de tantas opiniones que uno ya no sabe qué pensar. Me llamó la atención especialmente una entrevista a un periodista francés que estuvo secuestrado por Daesh, donde enfatiza el temor a nuestra unión que tienen los terroristas. ¿Cómo podemos estar unidos si destruimos aquello que nos une? Si algo ha caracterizado y ha hecho avanzar a Occidente es el gran valor que damos (o dábamos) a nuestra cultura. Sin embargo, los radicales valoran más que nosotros el poder de la cultura y por eso la destruyen como hemos visto en Palmira o Hatra, o su postura ante cualquier expresión de una sociedad que no refleje aquello que pretenden imponer disfrazado de creencia.

Si no valoramos lo nuestro, nunca seremos tolerantes porque no entenderemos que lo diferente no es un lastre o un peligro para la tradición, sino todo lo contrario. Hoy se usa la cultura para diferenciarnos y construir muros, en lugar de aceptar que la diversidad es la esencia de toda unión y evolución. Como consecuencia tenemos una sociedad cada vez más dividida.

La cultura no está sobre un escenario, un libro o un disco. Olvidamos que somos prosumidores que la producimos y la consumimos a la vez, y por tanto responsables de ella. Es aquello que da valor a una sociedad (sin hacerla superior a otra), la enfrenta consigo misma y a su vez, la enriquece y la hace avanzar. Pues, entender la tradición como algo estático es un gran error. La tradición bebe de otras y evoluciona. Y estamos haciendo de la cultura carne de museo, contemplativa, muerta, privándola de su vitalidad. Si seguimos así, llegará el día en que no nos sintamos identificados con nuestra cultura y estaremos perdidos, sin un suelo firme sobre el que pisar.

La cultura no puede depender de la economía, ni utilizar sus términos. Porque no es una mina de la que sacar beneficios económicos y nunca será rentable. La cultura no tiene precio. Por eso debe ser protegida, promovida y respetada por todas las instituciones y dirigentes que, haciéndose llamar patriotas, como la cultura, nos representan. Y ahí también hemos fallado.

Para empezar a solucionar esta gran crisis cultural más que económica, el trabajo de base está en la educación (no todo depende de la publicidad del teatro). La gente debe sentir la necesidad de consumir cultura y los teatros acercarse más a la sociedad. Para sentir lo propio, para conocer otras culturas y evitar caer en el etnocentrismo, para avanzar con unos valores que hoy peligran, para enriquecernos. Además, su gestión debe estar en manos de personas preparadas, conocedoras del campo, y sin más intereses que los de proteger, promover y facilitar su acceso; no por políticos ignorantes absolutos de aquello para lo que trabajan (sin señalar a nadie).

Por ende, esto no se limita a rescatar el Villamarta y mantenerlo en el estado terminal que muestran las cuentas. Porque la cultura, lejos de ser un divertimento, es un espejo; es aquello que nos identifica, nuestra raíz, somos nosotros. Es el más claro símbolo de unidad y de comunidad a la que un pueblo se siente vinculado, por encima de himnos o banderas. La cultura no es un espectáculo sin más; la hacemos todos, porque está viva y evoluciona. La cultura nos une, toma lo mejor y lo peor de nosotros y lo eleva a la máxima expresión: el Arte. Y es triste ver cómo nos la estamos cargando y con ella, nuestros valores, nuestra unidad, nuestra sociedad. Si matamos la cultura, nos matamos a nosotros mismos.

Carlos Granados de Dueñas.

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