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Como decía Jean Cocteau, a partir de cierta edad, todos tenemos la cara que nos merecemos. Y si no lo creen, fíjense en Aznar.

Dicen que la cara es el espejo del alma. Lo cierto es que los cuarenta y tres músculos que tenemos en ella dan mucho juego. A través de la expresión facial las personas transmitimos las emociones, y junto a otros medios como el lenguaje gestual, el corporal o el contacto visual, forman parte de lo que se ha venido en llamar comunicación no verbal.

Tiene su importancia en el mundo de la política este tipo de comunicación. Los políticos suelen realizar con frecuencia intervenciones públicas en las que, como no podría ser de otra manera, transmiten sus emociones también de forma no verbal. Pero, ¡ay!, los políticos son seres humanos (aunque a veces no lo parezcan), y pueden intentar, porque les interese, comunicar algo distinto de lo que verdaderamente están sintiendo, es decir, mentir. Esta contradicción queda reflejada en sus rostros y pone de manifiesto el miedo a que los descubran, la vergüenza o incluso el puro placer de mentir. Hay expertos en detectar las mentiras, pero es posible que un observador avezado las cace también.

Este fin de semana, saltaba la noticia de que la vicepresidenta de Castilla y León, Rosa Valdeón, dimitía tras ser sorprendida ebria al volante. Valdeón ganó notoriedad justo el fin de semana anterior por ser la primera militante del Partido Popular en criticar en público, a través de Twitter, el nombramiento del exministro de Industria José Manuel Soria como director ejecutivo de Banco Mundial. Lo llamativo fue la expresión utilizada por Valdeón ante la prebenda concedida a Soria: “vergüenza ajena”. Es decir, sentía vergüenza de la contradicción de otros. De un nombramiento que no se podía sostener, ni se sostuvo, a pesar de las mentiras de varios miembros del Gobierno y del Partido Popular. Fue una afirmación contundente que parecía mostrar el elevado nivel de conciencia ciudadana que tenía la vicepresidenta castellano-leonesa.

Pero mayúscula fue la sorpresa al comprobar que, lejos de admitir la plena conciencia del accidente, se ha esforzado en afirmar que no había percibido ningún choque en el momento de efectuar el adelantamiento que lo provocó. También justificaba haber superado en tres veces la tasa de alcohol permitida al volante, primero con la ingesta de un ansiolítico, y luego con no haber comido. Y, finalmente, ha dimitido a medias, pues conserva su acta de parlamentaria autonómica.

No sé qué tipo de vergüenza será la sentida por esta señora, si ajena, propia o una mezcla de ambas. Como tampoco sé cuál habrá sido el tipo de sentimiento del ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos, al justificar el nombramiento fallido de José Manuel Soria como un concurso de méritos cuando era un puesto de libre designación. O el sentido por el propio Mariano Rajoy. Puede haber sido temor a que nos demos cuenta que estaban mintiendo, vergüenza por lo que estaban haciendo, o deleite por quedarse con todos nosotros. Esto último no es otra cosa que echarle “cara” al asunto, como se dice vulgarmente. Algo a lo que, por desgracia, estamos cada vez más acostumbrados. Se diría que anestesiados. Sin capacidad de reaccionar.

Me queda un último consuelo. La confianza en que el tiempo es un gran justiciero, y que, como decía Jean Cocteau, a partir de cierta edad, todos tenemos la cara que nos merecemos. Y si no lo creen, fíjense en Aznar.

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