¿Es necesario respetar todas las opiniones, o debe primar el respeto a la persona en sí sin tener que respetar necesariamente todas sus opiniones?

Probablemente uno de los mayores éxitos que puede lograr una marca (a nivel de márketing) sea conseguir que su publicidad se convierta en un espectáculo, un evento ansiado por los consumidores que, una vez al año, compartirán y comentarán el anuncio en cuestión con sus conocidos, amigos, en todas sus redes sociales, etc.

Seguramente esto os resulte más familiar si ponemos ejemplos como los anuncios de Coca-Cola o, más recientemente, las campañas anuales para promocionar la Lotería de Navidad. Un anuncio que sabemos que cada año va a llegar y lo esperamos con ganas para emocionarnos, crear un debate a su alrededor o compararlo con el de años anteriores.

Campofrío es una marca que, desde hace un lustro, ha conseguido alcanzar esta meta de convertir su publicidad en todo un evento social. Unos spots trabajados a nivel técnico y argumental, intentando tocar nuestra fibra más sensible y los temas que nos tocan más de cerca como han podido ser la crisis económica, la muerte de un cómico o incluso el reencuentro de una pareja tras despertar él de un largo coma.

Este año la campaña no ha sido menos que los anteriores. En esta ocasión, la marca se ha centrado en un tema tan candente como es la polarización de las opiniones e ideologías entre los españoles, acentuada en los últimos años por la debacle política y la preocupante situación económica y social del país. Durante cuatro minutos, observamos cómo personas totalmente contrarias hablan de sus diferencias, contando con un “podemita” y una “pepera”, un independentista y una “españolísima”, un “carnívoro” y una vegetariana, un bético y una sevillista, una taurina y un antitaurino, un antidisturbios y una manifestante y una creyente y un ateo.

En un inesperado giro de los acontecimientos, el anuncio termina por mostrarnos cómo, fruto del amor entre personas tan distintas y su entendimiento, nacen varios hijos, “más tolerantes” al poder elegir entre la ideología de mamá y la de papá, según nos cuenta el anuncio. Una historia que seguro que emocionará a más de una familia que sufre las constantes peleas entre sus miembros más contrarios a la hora de sentarse a la mesa en cualquier cena navideña.

Por supuesto, no es oro todo lo que reluce, y el a primera vista emotivo spot no ha tardado en levantar polémicas por motivos que, tras reflexionar durante unos minutos, se hacen bastante obvios.

En primer lugar, el anuncio parece más dirigido hacia las clases y opiniones más tradicionales, haciendo entender que su opinión es, bajo cualquier concepto, merecedora de absoluto respeto. Aquí entramos ya en el eterno debate: ¿Es necesario respetar todas las opiniones, o debe primar el respeto a la persona en sí sin tener que respetar necesariamente todas sus opiniones? Si una persona opinase que las mujeres son inferiores a los hombres, o que los homosexuales deben ser tratados de forma diferente por las leyes, ¿debemos respetar también esas opiniones, pese a ser potencialmente peligrosas para otras personas?

Este es el punto en el que nos paramos a pensar si cualquier antitaurino convencido (y hablamos de antitaurino como una persona que realmente defienda los derechos de los animales, y no solo se muestre indiferente ante la llamada fiesta nacional) de verdad aceptaría que su pareja fuese a ver una corrida de toros de forma tan tranquila. ¿Es de verdad algo positivo que renunciemos a nuestros valores y nuestros principios más preciados por otra persona?

Ofensivo puede también resultar para las comunidades antiespecistas y veganas que el anuncio haga referencia directa a una persona vegetariana (que por decisión propia no come carne de animal) que se sienta a “comer del mismo plato” que su marido y el resto de comensales por bien del “entendimiento”. Y más, tratándose del anuncio de una marca de productos derivados de la industria cárnica contra la que se supone que protestan y luchan estas comunidades. ¿Es lícito que la marca haga uso de la imagen de una persona que en teoría debería luchar contra ella, como diciéndonos “eh, mirad, hasta los que en teoría está en nuestra contra acaban consumiendo nuestros productos, así que no te quedes fuera del grupo”?

Para terminar, nos encontramos ante una campaña más que brilla por la ausencia de diversidad en su forma de representar las familias españolas: ni una pareja homosexual, ni una persona transexual, ni una persona de color. Los grupos más afectados de forma general por las “divisiones de opiniones” en las familias, víctimas constantes de la homofobia, transfobia o racismo no tienen cabida en un spot que parece decir “da igual si tu familia te rechaza, es Navidad y lo suyo es que te sientes con tu tío el homófobo, tu abuelo el racista o ese primo tuyo que te pasea el plato de jamón por la cara cada vez que mencionas que estás en contra de la industria cárnica, y compartáis plato”.

Siempre que el plato sea, por supuesto, de chopped Campofrío. 

Daniel Valero

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