Hace tres años, en estas mismas páginas, recordaba las históricas movilizaciones contra la guerra de 2003 en su vigésimo aniversario. Analizaba entonces la concatenación de factores que permitieron que millones de personas en todo el mundo convirtieran el "No a la guerra" en un clamor planetario.
La agresión contra Irán guarda demasiadas analogías con aquella invasión de Irak —con todas las salvedades necesarias—, pero la respuesta social no está teniendo aún —en mi opinión— el alcance que tuvieron aquellas de 2003. Y no solo en España, sino en una Europa que parece haber perdido el pulso de la calle.
Quizás sea por la forma en que se está desarrollando el conflicto. Hasta ahora, la ausencia de un despliegue masivo de tropas sobre el terreno puede difundir una falsa imagen de 'guerra de baja intensidad'. En realidad, la actual escalada, que afecta ya a trece países y ha incendiado Oriente Medio, amenaza con una deriva de consecuencias globales imprevisibles. Asistimos a la quiebra del orden internacional, sustituido por la cruda razón del más fuerte. Por ello, no debemos bajar la presión ciudadana; el clamor del 'No a la Guerra' es casi más necesario que lo fue en 2003.
Es cierto que en el planeta estamos asistiendo a cambios que están favoreciendo la penetración de una extrema derecha que ya no es marginal, sino que cada vez tiene mayor incidencia en las urnas. Este sector, radicalizado e identificado con el trumpismo, agita una islamofobia que legitima cualquier agresión a países islámicos bajo cualquier paraguas que se quiera difundir.
Pero no olvidemos que junto a esa amenaza convive una profunda identidad pacifista, quizá aún no suficientemente manifestada, pero latente en nuestra sociedad. Prueba de ello es que las encuestas muestran que hasta un 70% de la ciudadanía rechaza la agresión a Irán. Es un dato esperanzador que se repite, de forma muy positiva, en el corazón de los propios EE.UU.
Tenemos que combatir el fango digital de las redes sociales y los medios de ultraderecha que pretenden anestesiar la indignación. Y tenemos que expresar de forma contundente la repugnancia que nos produce una Unión Europea que ha inclinado la cerviz ante Trump, con papeles tan ignominiosos como los del canciller alemán o el secretario general de la OTAN. Solo el Gobierno de España ha mantenido una posición clara de rechazo a la guerra y a la utilización de las bases en ella.
Comentaba hace poco en estas mismas páginas como el debilitamiento de los movimientos sociales dificultaba la unidad de la izquierda. Una dificultad que se extiende necesaria movilización pacifista contra la guerra.
Es un debilitamiento que bebe en parte de la división, como ha pasado con las marchas a la Base de Rota —tan simbólicas para nuestra tierra—. No olvidemos que el silencio ante Rota no es solo un problema político, sino un síntoma de la pérdida de identidad pacifista y su capacidad movilizadora. Este desencuentro nace de contradicciones éticas que enredan a parte de la izquierda, al establecer agresiones de "primera" o de "segunda" según quién apriete el gatillo. Creo que es inmoral respaldar o silenciar los crímenes de regímenes tan odiosos como el de los Ayatolás solo por su retórica antiestadounidense. Pero el mundo ha cambiado y el imperialismo de hoy no es unívoco sino una desgracia multipolar.
Los desencuentros existen, pero es imprescindible superar esas fracturas. Nada nos excusa de defender los derechos humanos sin cortocircuitos. Nada nos impide enfrentarnos unidos a intervenciones militares que revientan el derecho internacional. Nada nos impide sumar sinergias y levantar un dique contra la barbarie.
Podemos conseguirlo. Podemos levantar y dinamizar una base social organizada capaz de galvanizar el sentimiento mayoritario de nuestra sociedad contra esta guerra ilegal. La responsabilidad imperialista de EE. UU. e Israel es flagrante, y nuestra respuesta debe ser ética, unánime y firme. Hay que rescatar aquel ¡otro mundo es posible! Porque ¡Sí se puede!



