Unidad de la izquierda en una sociedad desmoralizada

Los partidos y sindicatos han perdido su capacidad de ser "traductores" entre lo inmediato y lo estructural. A veces parecen más representantes del Estado ante la sociedad que parte de ella

25 de febrero de 2026 a las 19:14h
Gabriel Rufián, en una tertulia en Madrid.
Gabriel Rufián, en una tertulia en Madrid.

Los recientes movimientos en el tablero de la izquierda transformadora —desde la tertulia de Gabriel Rufián con Emilio Delgado hasta el acuerdo de las cuatro fuerzas que han venido actuando en Sumar— han logrado remover unas aguas que bajaban demasiado estancadas.

Falta hacía un empujón, porque la amenaza fascista no es algo abstracto. Es un lugar común entre la gente progresista la necesidad de frenar a la derecha extrema para evitar que cope todas las instituciones. Pero es un lugar común que nace de temores reales: si ese bloque reaccionario logra mayorías suficientes, no asistiremos a una simple alternancia. Se abriría un periodo en el que la democracia sería cuestionada, las libertades puestas en peligro y las desigualdades exacerbadas. Es posible, incluso, que se emprendiera una modificación sustancial de la Constitución en un sentido autoritario. Desde luego, cualquier aspiración a organizarnos en un Estado federal sería cercenada de raíz.

Quizás la unidad de las izquierdas no sea suficiente para contener este tsunami, pero lo cierto es que, sin ella, el terremoto está servido. Para lograrlo, hay que superar visiones cortoplacistas, vetos enquistados y proyectos de "cuanto peor, mejor". Como se ha dicho estos días: la cosa no va de "qué hay de lo mío", sino de “que hay de lo de todas”.

Sin embargo, una cuestión recurrente en quienes propugnamos esta unidad es la necesidad de "reconectar con la gente" o "ganar la calle". Me preocupa que estos conceptos acaben siendo solo mantras que acompañan a visiones burocráticas impulsadas exclusivamente desde las élites de los partidos. Difícilmente haremos frente a esta ola sin una sociedad civil vertebrada, unos movimientos asociativos activos y un movimiento obrero organizado. Y para ello, además, el socialismo democrático debe atreverse a dejar de ser pusilánime ante los grandes intereses dominantes.

El problema es que la realidad que percibimos quienes ya estamos en los barrios es una desmovilización social clamorosa. Existe una crisis de los colectivos sociales abrumadora que hay que nombrar si queremos que el proyecto de unidad sea real.

Se amortiguó el estallido de la ola feminista de 2018; hoy la movilización se manifiesta solo de forma ocasional o sectorial. Es meritoria la resistencia por la sanidad pública o la solidaridad con Palestina, pero incluso esta última muestra signos de desgaste. Ni siquiera el drama de la vivienda, que está cuarteando nuestra sociedad y empujando a miles de jóvenes a los márgenes, genera hoy una respuesta colectiva de envergadura. Es la gran paradoja: mientras los indicadores de malestar suben, la calle calla. Parece que hemos perdido la capacidad de conectar los puntos: nos conmovemos con lo que ocurre a miles de kilómetros, pero nos cuesta articular una respuesta contra los engranajes que, desde mucho más cerca, sostienen esas mismas injusticias. Tenemos una sociedad civil desmoralizada, que no ve salidas ni en lo personal ni en lo colectivo, y eso es un obstáculo crítico para cualquier proyecto de unidad política.

¿Por qué esta "anestesia"? Hay raíces profundas, como la fragmentación de la identidad colectiva. Ya no existe el "sujeto obrero" que compartía fábrica e intereses. Ha sido sustituido por un individualismo digital donde el clic parece sustituir a la acción colectiva. Además, el 15M encontró su "techo de cristal": caló la idea de que hay estructuras (mercados, fondos buitre, justicia) que son inamovibles. El "no se puede" ha ganado la batalla cultural al "sí se puede".

Frente a quienes defienden que "cuanto peor, mejor", la verdad es que cuanto peor, peor. La movilización necesita energía y tiempo, dos bienes escasos. Cuando una persona dedica diez horas a sobrevivir y el resto a gestionar la ansiedad del alquiler, entra en modo supervivencia. La precariedad no siempre radicaliza; a menudo, paraliza.

Por otro lado, los partidos y sindicatos han perdido su capacidad de ser "traductores" entre lo inmediato y lo estructural. A veces parecen más representantes del Estado ante la sociedad que parte de ella. Y los propios movimientos sociales tenemos nuestra cuota de responsabilidad al repetir vicios heredados: nos cuesta gestionar el disenso sin rupturas y a menudo nos cerramos en vanguardias muy ideologizadas que terminan alejando al ciudadano común, ese que "solo" quiere que no le suban el alquiler 300 euros. El sistema, además, sabe gestionar la protesta: la ignora hasta que se desgasta o la disuelve en mesas de negociación infinitas.

No quiero ver solo el lado oscuro. Muchísima gente sigue preocupada por la deriva ultraderechista y sale a manifestarlo cuando el envite es claro. Pero si queremos construir un proyecto de país, no basta con una sopa de siglas o un acuerdo de despachos: nacerá muerto. Sin una sociedad civil vigorosa que empuje desde fuera, la izquierda tiende a la burocratización y al miedo electoral. Activar esa base es responsabilidad de todas y todos los que creemos en una sociedad de derechos. Es hora de dejar de mirar solo a las cúpulas y empezar, de nuevo, a reconstruir los cimientos.

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