El precio de la carne

El ministro Garzón no ha descubierto nada, sólo ha tenido el valor suficiente para decir una verdad que en España es molesta por su especial modo de entender la política

El precio de la carne. En la imagen, ganadería extensiva en Cádiz.
El precio de la carne. En la imagen, ganadería extensiva en Cádiz. MANU GARCÍA

No vamos a referirnos a esa práctica que degrada a quien paga porque considera un objeto a quien cobra. No es el llamado “oficio más antiguo del mundo”, lo que preocupa, no es eso el caso, sus imaginados hijos, sí. Porque produce vergüenza ajena el que grandes empresas que someten a los animales a un verdadero calvario durante toda su vida, que ponen en peligro la salud de la ciudadanía, y determinados políticos o grandes empresarios hacedores de política, con medias verdades y mentiras plenas, muevan a inocentes y manipulables pequeños empresarios ganaderos y a ciudadanos “normales” cuya normalidad está por ver, a protestar pancarta en mano y pedir la dimisión de un ministro por decir lo que todos sabemos, los primeros los ganaderos chicos y grandes: que las macrogranjas son uno de los mayores crímenes contra los animales, contra el medio ambiente y contra la salud de los seres humanos.

El ministro Garzón no ha descubierto nada, sólo ha tenido el valor suficiente para decir una verdad que en España es molesta por su especial modo de entender la política. Algo reiterado por muchos ministros de otros estados menos “especiales” de la UE. No se debería permitir criar a los animales en jaulas, ni engordarlos con hormonas ni ninguna de las barbaridades practicadas para engordar los ya brutales beneficios de esas empresas. El precio, la mínima diferencia entre el filete natural y el recrecido con agua o con el stress provocado al animal, no justifica el alto coste de la pérdida de alimento y sabor. Aquello de lo barato sale caro es más que patente en este caso. Sale caro en salud por partida doble, en menor capacidad alimenticia y en coste real.

Pese a los amigos de comer mucha carne a bajo precio, las macrogranjas provocan una contaminación altísima de la tierra y el agua, lo cual ya ha provocado que algunos lugares sean altamente perjudiciales para la salud. Los purines se filtran a la tierra y a los acuíferos, que dejan inservibles por años y la convierten en grave peligro para seres humanos y para otros animales. Sobrecoge a quien tenga sentimientos, la visión de alguna de estas granjas con los animales apiñados, sin espacio para moverse —en el caso avícola, la jaula no permite que las gallinas puedan volverse siquiera ante el ataque de alguna alimaña—.

Es ese estrés el que la obliga a poner huevos pero ¿se pueden comparar con los puestos en circunstancias normales, con un espacio mínimo dónde moverse? ¿Se puede comparar la calidad de la carne de animales criados en libertad a la de los aprisionados en jaulas o en grandes naves supersaturadas, dónde muchos mueren bajo los más pesados? Solamente esa visión de animales encarcelados para aprovechar el milímetro cuadrado y forzarlos a engordar o a poner huevos en el caso de la avicultura, debería ser motivo suficiente para no aceptar el supuesto ahorro de comprar esos productos de tan dudosa garantía alimenticia obtenidos a base de tortura animal y la contaminación subsiguiente: la alta concentración contaminante transmitida a otros alimentos, agrícolas o ganaderos. Demasiada irresponsabilidad ante tanto riesgo.

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