Dos mujeres pasean con mascarilla por el centro de Jerez.
Dos mujeres pasean con mascarilla por el centro de Jerez. MANU GARCÍA

Sabido y público es ya que la mayor obsesión de los políticos —más de los españoles— no activados, desactivados y en activo, es mantener bien amarraíto al personal. Sumisos, calladitos, cuanto más mejor, obedientes, para no tener que llamarlos “antisistema” que, en el argot del politiqueo profesionalizado debe ser el mayor de los males y de los peligros mundiales. Más que lo antisistema, lo anti-régimen debe serlo para ellos, porque en caso de despertar aunque no fuera generalizado, podría poner en peligro sus puestos y prebendas, con ellos, su cómoda vida posterior con paga vitalicia y nuevo cargo,  este sin carga.

Mantener sumiso al personal (antes pueblo), pasa por acostumbrarlos a obedecer sin preguntar, sin preguntarse. Sólo porque lo dice la “sacrosanta” voluntad de los legisladores necesitados de esa cerril obediencia (en su segunda acepción). De ahí la imposición de normas absurdas como, entre otras, el cambio de hora (ya razonado con anterioridad) o el cinturón de seguridad (que no salva vidas según muestran las estadísticas publicadas por la DGT. Véase: “Si el 35% de los fallecidos no llevaba puesto el cinturón”, significa que el 65% lo llevaba. Pero no les ha servido de nada). O la deforestación forzada de ciudades, “sabia” medida para esquivar posibles concentraciones y manifestaciones que pudieran poner en solfa el trabajo inequívoco (para sus intereses personales) de dirigentes y funcionarios adscritos.

El régimen necesitaba un detalle, un aparejo exterior para sellar la sumisión callada, incluso forzada, al precio que fuera. Lo que faltaba era colocar un bozal a cada ciudadano, misión imposible hasta que llegó el covid, tan oportuno y favorecedor de la tentación totalitaria. Y las autoridades sanitarias, tan recomendadoras, “no cayeron” en que mucha gente necesita aire. En que los niños autistas, por ejemplo, necesitan calle, que no podían estar más de dos o tres horas encerrados, para que ellos y sus padres se pudieran ganar los insultos proferidos desde ventanas y balcones, dónde los demás se sentían discriminados, más que eso: atacados. Y todavía esas autoridades “no han caído” en que las personas con hipertensión pulmonar son víctimas de la falta de oxígeno y pueden serlo de muerte súbita por esa falta. Que el cuerpo humano necesita oxígeno y que el CO2 es perjudicial para la salud. Los virus no desaparecen, se debilitan y mutan. Sin embargo, a pesar de su pérdida de fuerza, intentan mantener uso permanente de la mascarilla y, si fuera imposible imponerla, el uso prolongado. Los virus se transforman pero en ninguna gripe intentó imponerse, porque en situación normal hace más daño el exceso de CO2.

Unos han preferido provocar insolaciones y golpes de calor, otros han preferido envenenamiento lento, para mantener vacíos los centros públicos y combatir supuestos contagios cada vez más imposibles. No es que no se den, no se practica aquí negacionismo. Es que todo tiene una medida y todos los virus pierden fuerza, sin embargo da la impresión que la inexistente cuarta ola y hasta una imaginada quinta, parecen ser más festejadas que anunciadas. También es plenamente increíble que las autoridades sanitarias puedan ignorar el comportamiento habitual, normal, de los virus y arroguen a la vacuna la única responsabilidad de una pérdida de fuerza, común a todos los virus. Pero ¿cuándo dicen “autoridades sanitarias” se refieren realmente a autoridades sanitarias, o es como el llamado “comité de expertos”? Pues ¿Quién son esas autoridades para prohibir hablar en el autobús?

No es posible acabar con la gripe por las continuas mutaciones, dicen. Pero sí pueden prometer que la vacuna del covid “las combate todas”. ¿En qué quedamos? Los laboratorios retiran medicamentos eficaces, pero “hay que confiar” en ellos, en sus fallos y en los brutales beneficios de sus patentes en una administración a miles de millones de personas. Una cosa está haciendo bien el virus después o además de llevarse a varios miles de personas por delante: justificar todas las medidas arbitrarias, totalitarias, todas aquellas que no hubieran podido justificarse sin su presencia, para anunciar, ya desde el principio, una “nueva normalidad”, parte indivisa de un “Nuevo Orden Mundial”, que algunas ministras, pretendidamente progresistas, reclaman y celebran.

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