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El jueves, a partir de la una y veinte de la tarde, empezaron a llegarme varios mensajes enviados por algunos buenos amigos comentándome la noticia de que el Nobel de Literatura se lo habían concedido a Bob Dylan. El primer mensaje pensé que era una broma, pero cuando fui recibiendo los demás ya no tuve dudas sobre la veracidad de la noticia.

Yo siempre he admirado la obra del cantautor estadounidense, el Bob de las décadas de los 60 y 70 es el que a mí, particularmente, más me atrae. Lo considero uno de los mejores compositores de la música popular del siglo XX. Alguien que consiguió influenciar a gente como John Lennon, Paul McCartney, Lou Reed o Roger Waters es sin duda alguna y por méritos propios todo un gigante.

Robert Allen Zimmerman, así se llamaba aquel chico que abandonó su pequeño pueblo en Minnessota para trasladarse a Nueva York, con la esperanza de poder dedicarse por entero a la música y conocer en persona a su gran ídolo Woody Guthrie, un cantautor folk muy revolucionario, el cual llevaba escrito en su guitarra aquella mítica frase: "This machine kills fascists". Dylan emprendió aquel viaje con tan sólo una vieja maleta, una gorra y una guitarra acústica. Por aquella época escuchaba a Pete Seeger y a otros cantautores que actuaban por los clubes de Manhattan, y leía, según cuentan, a los poetas surrealistas franceses. A partir de ahí, Bob Dylan compondría canciones que se convertirían, qué duda cabe, en auténticos himnos para muchas generaciones, como Blowin in the wind, The times they are a changing o Like a Rolling Stone. Sus discos, más que discos, bien pudieran llamarse audiolibros. Canciones que cuentan historias —pero historias interesantes—, canciones que contienen poesía, versos que llenan de imágenes todas las canciones del bueno de Bob. También, además de discos, publicó una novela titulada Tarántula, la cual fue una frustración, pues pretendía emular, de alguna manera, a escritores como Burroughs o Ginsberg y eso, queridos míos, no es algo fácil de conseguir.

En fin, me estaría escribiendo sobre Dylan hasta mañana, pero tampoco quiero aburrir demasiado. Ahora, llegará la polémica entre el respetable, unos estarán de acuerdo con la concesión de este premio, otros estarán en contra. A mí me cuesta mucho, por mi afición a la música de Bob Dylan, decir que una vez más la Academia Sueca ha patinado un poco, pues hay muchos escritores excelentes que se lo merecen, a mi humilde opinión, mucho más, pero a pesar de eso, uno escucha el Knockin' on heaven's door y… ¡Hasta el próximo artículo!

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