La música enlatada del abarrotado puesto de patatas fritas, el relincho eléctrico del caballo indio que se volvía loco con una simple moneda de cien pesetas y el griterío de aquel ejército de turistas de poco kilometraje no eran capaces de silenciar el oscuro y cadente oleaje que se quebraba a escasos metros de donde estábamos escondidos del mundo..., tumbados sobre una arena empapada de madrugada entre el bullicio del paseo y el mar.

Tengo que reconocer que no la conocía de nada..., salvo por varios encuentros furtivos (y en sueños mil veces previstos) en esa piscina de Valdelagrana con forma de corazón exprimido mientras corría, como gallo sin cabeza y devorado por la fiebre, hacia los baños..., ya que nunca fui amante de las chanclas de plástico que destrozan las plantas de los pies y los pasos futuros.

No la conocía de nada y allí me veía yo -a veinte dolorosos centímetros de ella- sobre aquel trampolín invisible que me lanzaría de cabeza a otra vida que aún, con mis catorce años, no poseía..., una nueva vida posiblemente llena de citas nocturnas diseñadas a golpe de calentón, de sábados de cine Delicias y de ciclomotor con olor a aceite quemado.

Allí se encontraba -toda entera hecha sombra- ocultando sus dientes y su lengua en aquel extraño y repentino mutismo glacial que no nos conducía a ningún sitio salvo a mi propia desesperanza..., ya que nací desprovisto de la dudosa virtud del avasallamiento que cada uno de nosotros -siempre- termina ejerciendo descabelladamente tarde o temprano.

Estaba paralizada, tanto o más que yo, y la oportunidad de arrancarnos un beso se disolvía en aquel azul prusiano digno de la escena más triste del siempre joven Van Gogh..., sería ahora o nunca.

Le pregunté si podía besarla y me ofreció su mejilla..., en un acto instintivo pero carente de ese animalismo que necesitan dos niños para poder besarse. Y la besé, la besé forzosamente en su mejilla insípida y vacía de fantasías, al tiempo que el mar se tragaba mi juventud para alejarla de mí a años de distancia..., a seis concretamente; el tiempo que tardé en recorrer -acompañado de mi soledad y mis convicciones- mi desierto de años baldíos.

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