Bases, OTAN y una abstención que lo dice todo

A las cosas hay que llamarlas por su nombre: el no a la guerra es una falacia si no va acompañado del no a la OTAN. La OTAN no es una alianza defensiva, es una maquinaria de guerra

26 de abril de 2026 a las 13:17h
Donald Trump, en una imagen reciente.
Donald Trump, en una imagen reciente.

Vivimos tiempos convulsos, sí, pero sobre todo vivimos tiempos de una coherencia esquiva. El poder nos habla de paz mientras factura con la guerra. Nos muestra el titular contra el genocidio mientras mantiene viva la firma en los contratos de armamento con el estado genocida. Así, se condena a Israel en las declaraciones y se le sigue vendiendo material para sus F-35. Se condena a Estados Unidos, pero no se cierran las bases de Morón y Rota, donde el delincuente condenado por 34 delitos graves —alias ‘el Trump que no cesa’— sigue teniendo su pista de aterrizaje en suelo español, bombardea una escuela en Irán y resultan 175 niñas asesinadas y se amenaza con hacer desaparecer toda una civilización. Mientras tanto, se siguen manteniendo relaciones diplomáticas con ambos estados al tiempo que se afirma que sus actos son ilegales, contrarios al derecho internacional y los derechos humanos. Eso no es realismo geopolítico. Es complicidad con zapatos de domingo.

En Gaza, los hospitales ya son fosas con paredes blancas. Los periodistas, el personal sanitario, dios apaguen la luz, son objetivos militares. Cruda estadística para una crónica que apenas ha ocupado ahora algunos minutos en los informativos.

El derecho internacional, ese viejo pergamino ha dictado órdenes de detención. Pero gobiernos occidentales no las secundan, miran para otro lado. Porque la Corte Internacional solo sirve cuando el enemigo no es socio comercial. Simultáneamente, en Líbano, Irán, Palestina... siempre la misma mecánica: invasiones, bombardeos, genocidio y mientras se muestra “preocupación” se hace una llamada a la “contención del agredido” que suena a: “no te defiendas, que te vendemos nosotros”.

La paz no se construye con eslóganes ni con declaraciones institucionales en cadena. La paz se hace cada día en el Parlamento, en cada voto, en cada partida presupuestaria. Y ahí es donde el relato se rompe pues, el pasado sábado, desde Morón hasta la base militar, caminaron miembros de Izquierda Unida con sus banderas, sus kilómetros, su hartazgo. Gritaban: "No a la OTAN, fuera las bases". Pero esta semana, en el Congreso, Sumar (IU) se ha abstenido ante la propuesta de Podemos de convocar un referéndum para salir de la OTAN. Abstenerse, en este contexto, no es neutralidad. Es un gesto cargado de significado. Es querer estar en la foto de la marcha, pero no en la decisión. Es decirle a la calle “te escucho” y decirle a la Moncloa “no te preocupes”. Es la hipocresía hecha papeleta de votación.

A las cosas hay que llamarlas por su nombre: el no a la guerra es una falacia si no va acompañado del no a la OTAN. La OTAN no es una alianza defensiva, es una maquinaria de guerra, de ocupación, destrucción y, mientras España siga dentro, cada bomba que caiga en Oriente Próximo llevará silencio cómplice. La paz no es una opción, es una necesidad. Construir la paz suena bien, pero para que no sea solo una frase hueca, viene al caso las enseñanzas que nos han dado Blas Otero y Gabriel Celaya —tan incómodos para el poder como para la izquierda domesticada—, caminar sin rumbo es condenarse a dar siempre la misma vuelta. Ellos usaron la imagen del andar circular para denunciar la inmovilidad política, esa que disfraza de prudencia lo que en realidad es sumisión. Y hoy, mientras se abstienen en sede parlamentaria al tiempo que gritan en las calles, se sigue girando alrededor de la OTAN. Como un laberinto sin salida. Como un poema que no termina de escribirse.

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