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Es bueno que un ciudadano normal se proponga una heroicidad tan solo para llamar la atención sobre estos problemas, poniendo una equis en el mapa de nuestras conciencias.

Cuando nos desayunamos día sí y al otro también con historias de corruptelas, sinvergonzonerías, desfalcos, fraudes y otras miserias, es de agradecer que el ser humano dé muestras de que no todo está perdido.

Quedan motivos, aunque éstos sean minúsculos e insignificantes para una opinión pública que prefiere debatir cuestiones territoriales y puramente políticas, a pesar de que la gente de la calle demanda hechos y actos de los que sentirse orgullosos e identificados.

Si además estos gestos vienen de un jerezano como el “ultraman” Humberto Otero y su reciente hazaña deportiva (el reto Hispano 2015), solo queda quitarse el sombrero ante una persona que abandera lo que todo un pueblo debe admirar: la lucha, la capacidad de sacrificio y el altruismo.

Nuestro paisano se ha metido entre pecho y espalda nada menos que 454 km de competición durante tres días consecutivos. 10 km a nado, 360 en bicicleta y 84 de carrera.

Y nada sería quizás reseñable más allá del puro hito deportivo que tal reto supone… de no ser porque Humberto no lo hace con vistas a participar en unas Olimpiadas. O por protagonizar un anuncio de zapatillas, de natillas, o de alguna aseguradora o entidad bancaria de arraigo y poder.

No. Lo único que ha impulsado a Humberto a dejarse la piel (literalmente), el corazón y el alma, no es otro motivo que concienciar a la población de que hay problemas más allá de los que vomitan los telediarios (que tienen su importancia, y nadie lo niega). Que a veces, a pesar de que nos remuevan las entrañas los problemas que vienen desde fuera de nuestras fronteras (e incluso desde dentro de ellas), es el vecino que vive en la puerta de al lado el que vive un drama de difícil solución. Es un hijo, un sobrino, un tío, un primo… Son víctimas que se han ganado el anonimato de su desgracia porque la cercanía nos familiariza con sus problemas, restándole quizás el impacto de lo que nos resulta ajeno. 

Y la realidad es que quien más o quien menos ha vivido de primera mano lo que supone tener un familiar, amigo o conocido afectado de autismo o de parálisis cerebral.

Problemas que conmueven a una sociedad hastiada de la superficialidad de la clase política y de unas instituciones que penalizan al enfermo crónico y dependiente negando ayudas, a veces disminuyéndolas… muchas, suprimiéndolas.

Y es bueno que un ciudadano normal se proponga una heroicidad tan solo para llamar la atención sobre estos problemas, poniendo una equis en el mapa de nuestras conciencias.

Eso es lo que hace de la hazaña de Humberto un verdadero hito que debiera servir como guía o faro para todos, ahora que los tiempos de la solidaridad tienen límites difusos y motivaciones cuando menos, sospechosas.

Ojalá sirva de reflexión sobre lo que seríamos capaces de conseguir si TODOS pusiésemos un grano de arena para construir un mundo mejor.

Humberto ya lo hizo. ¿Qué tal si lo imitamos?

Basta con colaborar con lo poco que seamos capaces de aportar a causas tan nobles y necesitadas como Autismo Cádiz y el Colegio Virgen del Amparo de La Línea de la Concepción (niños con parálisis cerebral).

Créanme. Por un instante, se sentirán capaces de cambiar el mundo.  De hecho, aun siendo en un rincón aislado de sus almas… lo habrán conseguido.

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