La Basílica de Valencia, abierta mostrando a la Virgen de los Desamparados.
La Basílica de Valencia, abierta mostrando a la Virgen de los Desamparados.

Dos novios con mascarilla y en público, en el mercado, se besaron acariciándose sus narices, e inauguraron la nueva normalidad: la de la fantasía y la imaginación para superar los límites de la pandemia. Las series tienen, muchas, un grupo inquebrantable de amigas en el que una es lesbiana y la sexualidad se practica por puro placer, aunque siempre haya alguna que lo prefiera más sentimental; aspiran a ser el entretenimiento estrella durante la pandemia. Tanta sexualidad empoderada y tanta mujer soberana, aunque lo sea para el consumo de masas, no está gustando a los más carcas. Quien gobierna la vida sexual gobierna el mundo.

Un grupo alrededor de Vargas Llosa, y Aznar se autobautiza liberal, en la llamada Fundación Internacional Liberal, y advierte al mundo de una confabulación sin nombrarla, pero señalándola país por país, excepto a los países en una dictadura de facto y neofascista.

El viernes pasado apareció un documento de altos cardenales ultraconservadores que insisten en una confabulación universal usando la pandemia como coartada. Un cardenal de la curia, Müller, se une al francés Viganò y al guineano Sarah, que sin firmar participa de tales preocupaciones. El documento cita ‘fuerzas interesadas en crear el pánico entre la población, para así establecer inaceptables y duraderas formas de limitar las libertades y poner bajo control a las personas, así como seguir todos sus movimientos”. El documento fue rotundamente rechazado por el vicario general de Essen. El obispo Bätzing, presidente de la conferencia alemana, no tardó más que unas horas en afirmar que “la valoración que los obispos alemanes hacen de las medidas sobre la pandemia se diferencian fundamentalmente del documento publicado ayer”, por Viganò, Müller, etc.

Una vez más observamos que el discurso pretendidamente liberal está íntimamente unido al pensamiento más ultraconservador: de Vargas Llosa a Viganò, pasando por Sarah y Müller o Aznar. Los dos documentos parecen estar escritos por la misma pluma.

Hoy, el cardenal Cañizares abre la basílica de Valencia en contra de las órdenes del Gobierno, habilitado por el Parlamento para ello, para sacar a la Virgen de los desamparados. Aunque la que sale es la virgen negra de Chamberí en un reportaje fotográfico. Con un deje de astracanada, lo mismo aparece como una Inmaculada Concepción, a lo Murillo, que como una santa Teresa en su éxtasis, a lo Bernini. Ya tuvo la ocasión de que una lágrima azabache surcara, con lápiz de ojos, su cara de mármol.

Estas fotos, como la de Casado frente al espejo de un retrete, buscan que la parroquia no se les escape. Buscan la bronca, para pescar en las aguas revueltas de la bronca. Fotos que buscan distraer y centrar la conversación en sus astracanadas dramáticas infantiloides y poco creíbles, que buscan el luto y el dramatismo sentimentaloide, y que en el pasado llenaron de risas vanas no pocos teatros de principios del XX. Han transformado el teatro de la risa fláccida en la escenificación del luto más falso e impostado.

Las derechas están en sesión continua de teatro de la astracanada luctuosa. Salen a posar ante una cámara como quien posa para una boda imposible y cómica. Yo nunca había visto posar así en un funeral. Sí conocía a las plañideras de pago: las que cobraban por fingir sus lágrimas para que hubiera lloros en el velatorio, mientras los deudos echaban los tragos y el tabernero cobraba las botellas para no tener que cerrar.

El grado de impostura va aumentando la repugnancia que provoca el mal uso de los sentimientos nobles de pena y sufrimiento como simples artefactos cómicos. Se trata solo de producir emociones sentimentales elementales como en el teatro de la astracanada: desde sembrar la Gran Vía de ataúdes hasta hacerse pasar por una virgen compungida sin ningún pudor teatral. Si ese teatro se llama de astracán es muy probable que sea porque su público adornaba los cuellos de sus abrigos de pieles que lo parecían.

Una pandemia es la ocasión perfecta, con una población temerosa y desorientada, deseosa de una explicación rápida y sencilla que le alivie de tanta preocupación ante su posible muerte trágica. Lo mágico es más poderoso que una ciencia que admite desconocimiento sobre lo que ocurre, aunque sea esa misma ciencia la única que está salvando miles y miles de vidas. La ultraiglesia no ha salido en rogativas y su reivindicación de las misas es discreta, así como su desobediencia es testimonial. El discurso de la ultraiglesia no es religioso, sino puramente político y está disfrazado de democrático y amante de la libertad. Libertad que esa misma ultraiglesia impide, constantemente, en la vida sexual, en el celibato, el matrimonio o el aborto.

A mí no me crece la indignación, si digo la verdad, y más bien vivo expectante ante cuál será el próximo disparate, absurdo y sin contexto, que pasearán por las tablas de su teatrito. Veremos cuántos votantes desean la vuelta del astracán, pero no estoy tan seguro de que vayan a ser tantos. Se han metido en un jardín demasiado grande para ellos. La suplantación de la virgen y del sufrimiento y el luto puede ser que haga espantarse incluso a sus parroquianøs más fieles. Creo que han ido demasiado lejos con su astracanada, aunque ya no pueden parar: veremos hasta donde llegan. Para esto llega Arrimadas, antes su socia, para presenciar su caída y recoger lo que quede.

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