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Cuando se hace un “ozores” o un “groucho marx”, el propósito es vencer al otro mediante su confusión.

Llamo hacer un “ozores” o un “groucho marx” a una corrupción del lenguaje, un remedo de comunicación cuyo único fin es conseguir que el receptor se enrede en las palabras de manera que no logre sacar ningún mensaje en claro.

En estas ocasiones, el emisor utiliza la verborrea, los gestos, las medias palabras, las grandes frases, las amenazas veladas, sacar las palabras del contexto, tomarlas por los pelos, retorcer su sentido, utilizar obviedades presentándolas como un descubrimiento…para no decir nada o para precaverse de no permitir un diálogo eficaz, una comunicación verdadera. En general, para conseguir una finalidad espúrea más allá de ese diálogo remedado.

Es un mensaje que es un sí pero no -pero sí-, qué le voy a decir a usted, por una parte depende y por otra qué quiere que le diga.

Cuando se hace un “ozores” o un “groucho marx”, el propósito es vencer al otro mediante su confusión. Se trata de imponer tu opinión, no de convencer; por eso es uno de los recursos preferidos por muchos políticos y por todos los maltratadores. A veces, lo utilizan hasta el hastío. Y lo repiten mil veces porque han constatado su eficacia para construir verdades falsas convirtiendo la comunicación en propaganda, en unos casos; en pura manipulación, en otros.

En mi opinión, manosear las palabras, alterar intencionadamente su significado es el primer paso imprescindible para crear una situación de violencia. Social o interpersonal.

A veces, un mandatario político acostumbra a aparecer en público diciendo obviedades o lugares comunes o, incluso, mentiras y balbuceos ininteligibles que hace pasar por verdades incontestables…igual que un maltratador utiliza el contexto y los sentimientos para crear una situación de dependencia. Ni uno ni otro es tonto ni inocente. Despliegan esta estrategia con cinismo al servicio del propio poder.

Cuando se hace un “ozores” o un “groucho marx”, el propósito es vencer al otro mediante su confusión

Debemos estar alerta. Si me dejo manipular, si me callo, la derrota está servida. Nada hay más revolucionario que la verdad. Estar de pie. Defender nuestra dignidad. Resistir. Oponer firmeza, claridad y monosílabos a las advertencias amenazadoras, al alboroto de los megáfonos, a la farfolla de las tertulias teledirigidas, a los editoriales sicarios de los periódicos y a la turba enardecida de cualquier signo.

Aunque les va quedando poco para corromper la esencia de la convivencia -el diálogo honesto (si es que hay otro)-, todavía no nos han robado todas las palabras a pesar de que las esconden tras el barullo de las banderas y el convencimiento de que somos menores de edad y muy influenciables. De todas las palabras que tratan de desprestigiar, hay una que vale su peso en oro: “No”.

Los sectarios (y los maltratadores) no hablan y mucho menos razonan; los sectarios gritan. Es un narcisismo que crece y se alimenta del sometimiento del otro. Es su único fin. Sometimiento a toda costa.

¿Nos resignamos a este tsunami prebélico? Yo creo que el futuro de nuestros hijos merece un esfuerzo más para escuchar, entender, y resistir. Nos interesa la justicia, no las banderas; las necesidades de las víctimas, no la egolatría de los verdugos.  A mí, al menos.

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