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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Desde hace unas semanas tengo un móvil de lo más completito, con multitud de pijadas absurdas, pero que oye, te complican la vida la mar de bien.

Desde hace unas semanas tengo un móvil de lo más completito, con multitud de pijadas absurdas, pero que oye, te complican la vida la mar de bien.

Tengo una aplicación que me manda un mensaje si es el cumpleaños de alguien importante en mi vida (las más de las veces son desconocidos). Otra que me notifica que mi cuenta bancaria está a punto de ser roja, e incluso, un programita que me indica el primer día de mi ovulación y mis días más fértiles (ya podía haber una para indicar qué días son los adecuados para quedarse en la cama, pero para morirse, ya puestos).

La cuestión es que no se puede criticar, que todo cae encima, y yo, que soy muy sensata y  me he resistido al máximo a tener un cacharro de estos, ahora duermo con él bajo la almohada, le susurro palabras de amor y vibro (en realidad vibra él) cada cinco segundos al tenerlo cerca, concretamente en el bolsillo trasero del pantalón.

Pero no todo es felicidad táctil e inmediata. También es fuente de sinsabores. Se sufre mucho si se descubre que alguien a quien le mandas un whatsapp, de lo más currado, e incluso poético, con sus recursos literarios y sus tiernos iconos amistosos, tiene más guasa de la que podías imaginar.

Esperas un tiempo razonable. No contesta. Tienes la certeza de que sí que lo ha visto y lo ha leído. No contesta. Pasan dos horas. No contesta, y ves que el malvado sujeto en cuestión está “en línea”, con alevosía, ignorando de manera cruel, adrede, completamente adrede, tus muestras de cariño.

Para estos casos también hay una aplicación que avisa de la taquicardia aguda que vas a sufrir en breve, y que ya sientes, mientras no se sabe cómo, llega un correo nuevo, justo a tiempo: será ÉL.

El dedo índice derecho, cobra vida propia y toca la pantallita para abrir la novedad, y es un spam, horror, que reza así: ¿Tienes problemas de autoestima? Con nuestro equipo de coaches especializados, por 200 euros, te ayudamos. ¿Un coach? ¿Qué es un coach? ¿Y qué tiene que ver conmigo?

Descorazonada y deprimida, entro en otro vergel de exhibicionismo pasional, a ver si encuentro algo que me permita evadirme de mi terrible padecimiento: Facebook.

Ahí descubro que el sujeto que sigue sin contestarme, ha subido ocho fotos hace veinte segundos, desde un bar con un grupo de personas, y ninguna soy yo, porque no estoy, porque estoy en un habitáculo cerrado pegada a un móvil con una hipnótica luz azul.

Llega un mensaje nuevo a la red social. Tampoco es el ÉL. Una página de psicología e inteligencia emocional solicita mi amistad. ¿Qué es esto? ¿Cómo lo saben? ¿Quién me espía los pensamientos? Es de locura, pero sí, lo saben. Todo es un complot.

No quiero llorar, por si las lágrimas dañan el LCD de mi pequeño Smartphone. Me contengo, pero borro, elimino, bloqueo y suprimo, con saña, al sujeto que está en el bar con personas, en las fotos, y que no me contesta.

Tengo hambre. Entro en google y busco “restaurantes”. Aparecen todos los que hay alrededor de mi casa, y eso que vivo en las afueras de la ciudad, y el gps se pierde para llegar a mi calle. Será casualidad.

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