Un pescadero de la plaza de Abastos de Jerez, sirviendo a una clienta. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Un pescadero de la plaza de Abastos de Jerez, sirviendo a una clienta. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Después de muchos años de deterioro, de división física entre las partes de intramuros, de foco de infección e incendios; después de reivindicarlo durante años como una de las mayores vergüenzas de esta ciudad y de darle visibilidad a un problema gordísimo, soportando que muchos paisanos, de esos que no pisan el centro en años, nos llamen derrotistas y negativos, por fin hoy se reabre la plaza Belén. He escrito ya tantas veces sobre ello, que no me quiero repetir en exceso, pero sí considero oportuno hacer una mínima mención y agradecer una vez más al gobierno municipal la iniciativa.

Pero la recuperación de ese inmenso espacio, el corazón del corazón de la ciudad, significa algo más: se traduce en un espacio de convivencia, de relación entre los pocos vecinos que aún resisten y entre ellos y los que visiten la zona; se trata de un lugar que, con cada vez más indecisión y sombras sobre el Museo Flamenco de Andalucía, se presta absolutamente a convertirse en un foco artesano de primer nivel donde, si se piensan bien las cosas y se diseñan actuaciones con verdadera perspectiva, por ejemplo, se podría, se debería incentivar la adquisición de casas por parte de esparteros, joyeros, ceramistas, cristaleros, pintores, orfebres, bordadores…, que pudiesen montar en la planta baja su taller y tienda y en la planta de arriba su propia vivienda. Lógicamente quien dice esta idea puede proponer otras, pero siempre observando cierta exclusividad, lo que se traduciría en mayor atractivo sin perder esencia ni verdad. Sin perder patrimonio social.

¿Qué es el patrimonio social? Pues verás, si hablamos de patrimonio histórico, todos pensamos en iglesias, palacios o edificios de gran singularidad; si hacemos referencia al patrimonio inmaterial, al flamenco y a todo lo que abarca, como las zambombas. Bien, el patrimonio social es el que sustenta a los otros dos, no sólo quien mantiene el histórico con su esfuerzo y dinero o el que vive del cante o el toque: somos tú y yo como individuos, como sociedad; es el vecino que aún sale a la fresca con su silla a charlar con su semejante, que encala la fachada de su casa o que barre la parcelita de calle que rodea su portal; es el pescadero, el frutero o el carnicero que canta mientras atiende; son las personas que se cruzan y se dan los buenos días sin conocerse de nada. El patrimonio social son los vecinos que quedan y las personas que, no siendo residentes, se identifican e intentan concienciar a los demás de la importancia del centro histórico.

Y eso es muy importante, ya que es mantener la personalidad del lugar, identificarse y enorgullecerse de él y con él. Es lo opuesto a lo impersonal, a la globalización que lo llena todo de multinacionales sin ningún tipo de arraigo en los lugares donde se establecen. Para muchos tal vez sea estancarse en el pasado, en otro tiempo, cuando en realidad están dando la espalda a su propia idiosincrasia. Hoy en día podemos encontrar las mismas tiendas en Nueva York, Buenos Aires, Sydney o París o Jerez; podemos ver cómo nos meten el inglés en escaparates o anuncios de la tele continuamente, hasta en las ropas de los dependientes que, por cierto, tienen hasta la misma apariencia aunque se encuentren en lugares opuestos del mundo. Se podría decir que esa globalización destruye el patrimonio social de las ciudades.

Pensadlo bien: hoy día ya nos hemos habituado a comprar en lugares donde en la etiqueta del precio te enteras también cuánto cuesta lo mismo en Suecia o en Reino Unido, de hecho tienes que buscar la bandera de España para enterarte bien del tema. Al mismo tiempo, consideramos especial y toda una experiencia ir a comprar una vez al mes, o menos, a la plaza o en los comercios del centro e interactuar con los dependientes y reír con ellos, porque así nos damos cuenta de que captamos algo que es nuestro, sólo nuestro.

Este proceso debería ser al contrario: convivir con lo nuestro, con aquello que nos convierte en jerezanos y andaluces, dejando lo otro como una experiencia puntual, exótica incluso. Pero nos la han colado y nosotros hemos consentido, lo que lleva a una falta de identificación total con nuestro propio entorno y nuestras propias tradiciones. Es por eso que, por ejemplo, las grandes fiestas de todas las ciudades se han convertido en un botellón inmenso, independientemente de lo que se celebre. Lo vemos cada vez con más frecuencia en la Navidad jerezana y en la propia Feria del Caballo.

El patrimonio social es incluso un valor turístico, ya que el que nos visita no quiere ver el mismo Zara o comer en los mismos restaurantes de comida rápida que ya existen en sus ciudades, sino conocer lo que de exclusivo podemos ofrecer, lo que nos convierte en diferentes. Cada vez más, y eso lo saben bien las empresas turísticas, buscan interactuar con el autóctono, conocer cómo habla, cómo se desenvuelve en su día a día. Y en un lugar como Jerez, donde el patrimonio histórico es importante pero que no está al nivel de otras ciudades andaluzas de renombre mundial por ello, la gente, el patrimonio social, es la gran baza.

Pero eso no se ve, parece como si se quisiera erradicar todo lo relacionado con las personas: cada vez se le privatiza más espacio público, se le priva de lugares donde seguir relacionándose; cada vez salen menos personas a tomar el fresco en verano y no sé quién seguirá encalando sus fachadas. En lugar de potenciar el patrimonio social como garante de los demás patrimonios y de la exclusividad de lo que nos hace únicos, se desprecia y no se hacen esfuerzos por mantenerlo. Y eso, querido lector, que eres patrimonio social al igual que yo, es un inmenso error del que nos podemos arrepentir muchísimo, si no revertimos esa situación.

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