Algunas lecciones para después de una guerra

Resultará indispensable avanzar, después de la guerra, hacia una nueva cultura de la economía productiva, de la ciudad, del Estado, de la protección social, de los límites del crecimiento, etc. Así, la vida retornará con sus encuentros, su alegría y su plenitud, con mejores garantías

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

Como muchos españoles, vivo desde hace 15 días agazapado detrás de la puerta de mi casa, con temores varios sobre el futuro, acrecentados por mi pertenencia a varios grupos de riesgo, lo que me clasifica como “polivulnerable”, fea palabra.

 

La presente tragedia global tiene varias características comunes a anteriores epidemias, pero con la nueva característica de su extensión en un mundo que tiene hoy un nivel nunca conocido de interconexión: los humanos transmitimos hoy información a la velocidad de la luz, y en proporciones nunca vistas, y ese aspecto tiene —como casi todos— una cara positiva y otra negativa. Y físicamente vivimos en un mundo con una enorme movilidad geográfica, que no tiene parangón con ningún momento anterior de la historia.

 

Por ello, creo que conviene ir señalando entre todos las lecciones que ya nos va dejando la presente situación y su gestión, para mejorar algo un futuro que hoy parte de una muy difícil encrucijada. Aquí dejaré algunas reflexiones sugeridas en la primera quincena del estado de alarma.

 

El actual momento plantea retos futuros de dimensiones colosales, a los que habrá que responder con lo mejor de nuestra inteligencia colectiva. Entre ellos, algunos retos morales, donde lo que nos hace más brillantemente humanos debe encontrar un nuevo impulso: creo que lo mejor de nosotros puede concretarse en el altruismo, la solidaridad y la empatía, y en la cooperación como forma de organización. Con la educación y la ciencia como grandes vías de desarrollo humano, y con la salud integral de la comunidad como primera prioridad. Y al servicio de estos grandes fines habrá que reorientar el esfuerzo futuro, hacia una economía más inteligente, sostenible en sus recursos, de escala humana, que aproveche las posibilidades actuales de la tecnología para la manufactura, y expanda a la vez el potencial creativo humano.

 

Se ha abierto igualmente —fruto de la necesaria cooperación— un camino de resignificación del papel del Estado y de lo público como garante del bien común, como agente impulsor de una nueva cultura colectiva. Y los Estados nación —en crisis desde hace medio siglo, con la progresiva globalización económica— deberán redefinir su futuro en cuanto a las relaciones internacionales, y avanzar también de forma inteligente en modos de federación más globales, funcionales y eficaces para responder a futuras crisis mundiales. A este respecto, el papel de la Unión Europea está resultando hoy bastante triste, aunque creo que retrotraernos a un mundo de fronteras cerradas, muros y sacos de arena no es la solución. El nacionalismo feroz es una particular miopía que quiere pescar de nuevo en el río revuelto de los nuevos miedos colectivos.

 

Se ha abierto igualmente —fruto de la necesaria cooperación— un camino de resignificación del papel del Estado y de lo público como garante del bien común, como agente impulsor de una nueva cultura colectiva

 

Las actuales restricciones sociales, de efectos económicos y psicológicos indeseables, son hoy, según consenso actual de los expertos, la única manera de contener —en el tiempo— la curva de la pandemia, para que no se desborden por completo los sistemas sanitarios de cada país, en cuyo caso entraríamos en situación de desatención y caos. Pero parece que la incertidumbre continuará, más allá del posible control de la curva de contagio, porque, de momento, no hay una vacuna, y no se sabe nada sobre futuras mutaciones o recurrencias estacionales de este nuevo virus.

 

Desgraciadamente, este escenario requiere de una potente respuesta sanitaria, frente a la cual cada país está en condiciones muy desiguales en cuanto a sistema de salud, número de recursos humanos, material específico de protección, diagnóstico, tratamiento y hospitalización, para atender una oleada creciente del virus y sus consecuencias. Algunos virólogos indican con claridad la posibilidad de un contagio masivo mundial, con escenarios de desborde de los sistemas de salud. El peligro es, pues, muy real.

 

Todo esto nos sitúa en un territorio psicológico donde surge ya una urgencia: la necesidad de información y pedagogía para administrar la ansiedad, ese malestar psicológico que no es posible eliminar, pues se fundamenta en peligros latentes pero reales. Y esta —todavía pequeña—ansiedad del confinamiento, esa sensación —aún pequeña— de duelo y pérdida irá creciendo con el paso de las semanas, por el propio confinamiento, y aumentará por los múltiples escenarios de incertidumbre sobre la propia economía personal. Ningún Estado puede soportar períodos indefinidos de parálisis económica, ni abastecer con ayudas públicas durante largo tiempo a la mayoría de la población. Y habrá que conjugar el obligado apoyo a los sectores más vulnerables con medidas generales de solidaridad fiscal y de un decrecimiento inteligente, que permita sostener a la comunidad en unos límites de dignidad aceptables. Probablemente, la era del despilfarro se ha acabado, y se reabren debates, como el de la renta básica universal, que encuentran hoy un nuevo y sorprendente contexto.

 

Esta es una tragedia global que no proviene de una decisión humana —a diferencia de todas las guerras—, sino de un factor externo a la humanidad que nos está dando, entre otras, una enorme lección de humildad, y de reconsideración sobre la fragilidad de nuestro poderío en el planeta. De ello también convendrá sacar conclusiones futuras, en relación a la explotación de los recursos naturales y a nuestra relación con la vida salvaje.

 

El miedo es una de las grandes emociones del ser humano, que anida junto con la ira en el cerebro límbico o reptiliano, mientras otras emociones como el orgullo o la vergüenza dependen mucho más del contexto cultural y se ubican en el neocórtex. Pero el miedo, a veces tan denostado, es una de las emociones esenciales, pues es la que propicia salvarnos en casos de peligro. En ese sentido, conviene aceptar una dosis de ansiedad razonable por un peligro del que tenemos datos fehacientes, y conviene estar preparados para los peores escenarios. A título individual y social. Y la disciplina social no puede, en casos de peligro, ser una mera apelación a la responsabilidad ciudadana, sino un deber general que todos tenemos por nuestro propio interés colectivo. Todos debemos cumplir las medidas que establezca nuestro Gobierno. Y esas medidas deben combinar mesura, proporcionalidad, pedagogía y coerción, para garantizar su éxito total.

 

Otra de las lecciones tempranas de esta crisis en España es la necesidad de mantener una producción nacional propia —y constante en el tiempo— de elementos de protección que hoy están faltando. También la necesidad de aumentar la planificación de emergencias sanitarias, con su consiguiente dotación de almacenes, recursos técnicos y humanos, en un mundo donde pueden repetirse cíclicamente situaciones de pandemia. España debe tomar buena nota de esta necesidad imperiosa. Y también de la conveniencia de orientar las altas capacidades que en recursos telemáticos ya tiene este país —en telecomunicaciones, fibra óptica, equipos, extensión de la telefonía de última generación, etc.— para poner esa inmensa red, con creatividad y pedagogía, a funcionar en la prevención y tratamiento de pandemias como esta: existen múltiples aplicaciones que serían de notable ayuda y no son usadas por los ciudadanos españoles, generalmente por desconocimiento.

 

Utilizamos un ancho de banda cada vez mayor en cháchara y entertainment, que está bien, pero nuestros avanzados móviles permiten otras muchas utilidades críticas en situaciones de emergencia. Conviene puntualizar que no hablamos de un sistema totalitario de televigilancia como en China, pero sí de un uso mucho más intenso de las posibilidades de prevención y tratamiento, aunque una sociedad democrática debe mantener el consentimiento explícito en relación al uso de datos biológicos: hay que poner ciertos límites al biopoder.

 

Por otra parte, la cultura nos muestra, en el momento presente, que alcanza su mejor capacidad de consuelo en la actividad presencial, no sólo en el teatro, sino en la música, en el arte e incluso en la literatura y el cine. Hay una carga emocional añadida ante la presencia viva humana y ante la presencia directa de la obra de arte, e incluso ante el hecho de ver juntos una película. Son, todas, expresiones culturales que mejoran con la sociabilidad, y que pueden deslindarse del hiperconsumo.

 

También el trabajo necesita en España adecuar realmente la prestación de múltiples tareas con las posibilidades que ya ofrece la telemática: hay muchos servicios presenciales imprescindibles, por necesidad de los procesos de producción o por el plus de la atención personalizada, pero otras muchas tareas no requieren el tradicional —y muchas veces improductivo— presentismo español en las empresas. Es hora de avanzar en ello, lo que no requiere tanto —hoy— de nuevos medios técnicos, sino de una adecuada planificación inteligente de procesos y tareas.

 

Por otra parte, los datos en el mundo entero sobre la evolución positiva de la atmósfera en estos tiempos de confinamiento son un argumento de peso sobre la posibilidad de reconducir nuestras emisiones, y demuestran que los efectos pueden notarse en un breve plazo de tiempo. Creo que el futuro instalará ese debate también en el corazón de países emergentes, y en las megalópolis de todo el planeta. El desarrollo sostenible impone condiciones que hoy permite la tecnología. Y la tecnología ya no es inalcanzable económicamente. Los gobiernos deberán poner más límites al impacto ambiental de cada sector productivo, y también legislar sobre protección de los precios para impedir la brecha tecnológica.

 

Estamos en una era signada por una gran incertidumbre, que no acabará con el fin futuro de esta pandemia. Vivimos un momento crítico y creo que resultará indispensable avanzar, después de la guerra, hacia una nueva cultura de la economía productiva, de la ciudad, del Estado, de la protección social, de los límites del crecimiento, etc. Así, la vida retornará con sus encuentros, su alegría y su plenitud, con mejores garantías. Aún estamos a tiempo.

Postdata: 

Hoy, 1 de enero de 2021, vuelvo a leer este artículo, publicado hace ahora nueve meses. Para mi un  solo avance es claro: hay ya varias opciones de vacuna al parecer de alta efectividad, si bien no ha comenzado realmente aún su distribución en España, más allá de unos pinchazos simbólicos del día de los inocentes. Y gran parte del mundo no sabe aún  cómo podrá acceder económicamente a un plan general de vacunación. Esta pandemia no cesará porque el primer mundo -una minoría de la población mundial- se vacune, si no simultanea la vacunación con el resto de la población del planeta.

En cuanto a avances hacia una economía signada por la sostenibilidad y por una nueva relación con los recursos naturales, el desarrollo real del trabajo telemático, el aprovechamiento sanitario preventivo de los inmensos recursos tecnológicos que ya tiene España -y que sigue dedicando a cháchara y entertainment-, en cuanto a los procesos de creación de nuevos servicios  digitales, en cuanto al aumento de las funcionalidades del Estado y sus capacidades de respuesta rápida en crisis como esta, en todos esos grandes retos, el camino sigue enteramente por andar, un año despues. Temo que volveremos a las andadas, malgastando  - o ni siquiera consumiendo al 100%- los futuros fondos Next Generation de la UE, que podrían suponer una oportunidad de impulso. Y temo que volverán paulatinamente los vicios de la vieja normalidad.

 

José Joaquín Carrera Moreno es presidente de Comunicasur Media SL, empresa editora de lavozdelsur.es

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