Aletta recibe permiso del ministro para cursar medicina, los profesores quieren darle clases particulares pero ella pide ser una más entre sus compañeros. Se licencia y doctora en un país donde las niñas aún no cursan la enseñanza Secundaria. Ha empujado las puertas para que las jóvenes holandesas puedan formarse pero es tan excepcional que busca ser útil entre las más vulnerables: obreras y prostitutas. Para ellas abre su consultorio y por ellas se rebela contra la trata de blancas y la impunidad con que se lleva a cabo. Cuando todo le parece escaso, su compromiso la lleva al feminismo, sin derechos no se puede cambiar nada. En ese camino estrecha lazos con mujeres de otros países, comprende que lo primero es organizarse y lo segundo acabar con un sufragio universal que excluye a la mitad de los seres humanos. Los políticos holandeses se refuerzan consagrando el sufragio masculino pero veinte años después Aletta y sus conciudadanas votan por primera vez.
No se resigna a que los numerosos partos minen y condenen la salud femenina y se interesa por el control de la natalidad. Trabaja para perfeccionar el diafragma y extender su utilización, lo que la convierte socialmente en persona de moralidad dudosa, la acusan de poner en peligro el futuro de Holanda. Pero ella no ha llegado tan lejos para verse frenada por la tradición, vive para dejar el mundo mejor que lo encontró y lo consigue. Organiza y asiste a un congreso que crea la Organización Internacional Femenina por la Paz y la Libertad que se opone a la Primera Guerra Mundial. Nunca abandona, por defunción deja sus causas en las manos que ayudó a sembrar.
Inspirado en Aletta Jacobs (1854-1929).
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