La razón de la ratio en educación

Cuando la ciencia se pone al servicio del poder, (señor, cacique o tirano, tenga apariencia de gobierno o consejería), deja de ser ciencia y se convierte en servilismo (señores y lacayos)

13 de marzo de 2026 a las 09:25h
Un aula en un colegio de Andalucía.
Un aula en un colegio de Andalucía.

Según leemos en el diccionario de la Real Academia Española (RAE), ratio procede de Ratio, rationis, palabra latina que significa "razón, cálculo, facultad de pensar" y alguna cosilla más. Hoy, este cultismo es un término matemático que designa, con la neutralidad de las matemáticas, quiero decir con ello, carente de interés personal, la relación que existe entre dos magnitudes, cantidades o elementos. Tal relación se establece en función del objetivo que se busque, aplicando, como la propia palabra guarda en su interior (en su sema, en su significado), esa facultad de pensar con la razón. En el equilibrio racional entre sus partes está la clave del éxito.

En educación, es una práctica utilizada para determinar la relación numérica que ha de haber entre aprendientes y enseñantes en un aula, con el propósito único de obtener la eficacia docente. Si calculamos bien la ratio, tendremos muchas papeletas para conseguir que todos sus elementos, alumnado y enseñantes, trabajen y aprendan a pensar.

Pero como tantas cosas en este mundo, también este concepto matemático, neutro en su naturaleza, puede, estando en malas manos, manipularse con fines partidistas. Un estudio realizado en colegios de Primaria de la Comunidad de Madrid concluye, según la noticia aparecida la semana pasada en el diario El País, tras un análisis de dudoso cientifismo, que bajar la ratio en los grupos escolares no mejora el aprendizaje.

Aunque donde dijo digo dice Diego, pues el mismo estudio ha observado que reducir el número de alumnos por clase supone menos casos de disrupción en el aula, mejora el bienestar de los profesores y, sobre todo, hace que las familias disminuyan el gasto en clases particulares, es decir, ayuda a la economía familiar. Además de todo lo anterior, permitiría reducir el tiempo que nuestros hijos dedican por las tardes a las tareas y el estudio. Y yo me pregunto, ¿de verdad que no es necesario bajar la ratio en las aulas?

El autor de este precario estudio considera que habría que mantener las aulas masificadas, pues reducir la ratio obligaría a aumentar la plantilla de profesorado con el consiguiente incremento de presupuesto para Educación, y, al mismo tiempo, para contrarrestar la masificación, crear unas tutorías individualizadas o con grupos pequeños. Ante esta propuesta me quedo perpleja, porque esa solución de sainete, ¿no viene a negar los resultados de su análisis? Aparte de la incoherencia, su plan de actuación es absurdo y contraproducente: con su aplicación, aumentaría el número de horas de escolarización. Por la mañana, durante seis horas, los niños compartirían ruidos y cállate, niño. No juegues, Iván, con la pelota, que estamos en clase.

Y, por la tarde, ¿recibirían esas bucólicas tutorías? ¡todo el día en el cole! ¿Queremos matarlos? ¿convertirlos en carne de tratamientos psiquiátricos? Y otra pregunta, ¿quién va a impartir esas tutorías? No sería una ni dos horas más, serían muchas, tantas como alumnos haya en el centro. ¿Dónde está el ahorro? Habrá que contratar, se baje la ratio o se constituyan tutorías personales, más profesorado. Ante tanto desvarío, mejor será que hagamos las cosas bien, pensando en ellos y ellas, que son los hijos de todos nosotros, y busquemos la eficiencia y eficacia de las medidas.

Cuando la ciencia se pone al servicio del poder, (señor, cacique o tirano, tenga apariencia de gobierno o consejería), deja de ser ciencia y se convierte en servilismo (señores y lacayos). La ciencia no se construye con prejuicios, con ideas previas a la investigación, sino que investiga, toma muestras, las analiza, las coteja, compara y llega a una conclusión, pese a quien pese.

Pero este estudio de dudoso cientifismo se ha llevado a cabo con un número de muestras insuficientes (tanto por el número de alumnos y alumnas como por observar solo una etapa educativa y tomar las muestras de un único espacio geográfico), y no indicativas ya que se ha hecho sobre grupos que no son lo suficientemente distintos: unos están formados con alrededor de 25 y otros con unos 30, vamos con una diferencia entre 5 y 7 estudiantes. En la realidad del aula, ni fuera de ella, no son diferencias remarcables.

Por otra parte, no podemos afirmar y negar la misma cuestión, que es lo que parecen haber hecho en este estudio. ¿Cómo entender este rompecabezas? El estudio defiende que por reducir la ratio no mejorará el aprendizaje, pero apostilla que mejor que reciban tutorías personalizadas (que es admitir la necesidad de una enseñanza en grupos reducidos); la reducción de la ratio no implica cambios en el aprendizaje, pero mejora el trabajo diario en clase (es decir, menos alumnos por aula reduce las disrupciones, el profesor puede dedicarle más tiempo de forma individualizada a cada alumno, se reducirían las tareas para casa, y las familias no tendrían que recurrir a profesores privados ni academias.

Conclusiones todas ellas dadas por el mismo estudio, ¡ojo!) Entonces, ¿debo creer que el Centro de Políticas EsadeEcPol que opera en Madrid no sabe hacer su trabajo? ¿No será que tan solo pretendía un titular que negara los beneficios educativos que reporta la bajada de la ratio? Luego —debieron de pensar—, en el desarrollo del informe, nos desdecimos, no abiertamente, sino con ambigüedades, de todas formas, ¿quién se lee las noticias enteras? Menos aún un informe; desde luego, los padres, no. Así que a lanzar bulos en estos tiempos en que el Ministerio anuncia rebajar la ratio.

¿A qué este interés en malmeter en un asunto tan importante y urgente de reforma? ¿Para reducir costes a la Administración? ¿Para favorecer la enseñanza privada que ofrecerá una docencia más personalizada con reducción de alumnos por profesor?

La experiencia es la madre de la ciencia, e impartir clase a 30 alumnos de 12 años no tiene nada que ver con impartir clases a grupos de 15. Con treinta, guardamos niños; con 15, educamos y formamos a nuestros hijos, a los ciudadanos del mañana.

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