Alatriste, maestro de ética

Nos hemos vuelto tan políticamente correctos que toleramos mal que los personajes de ficción actúen contra la moral establecida

El actor Vigo Mortensen interpretando al capitan Alatriste.
El actor Vigo Mortensen interpretando al capitan Alatriste.

Nos hemos vuelto tan políticamente correctos que toleramos mal que los personajes de ficción actúen contra la moral establecida. Parece que todo debe ser ejemplarizante, como en los viejos libros del realismo socialista. Así, hasta en Un plan brillante (2007), una estimable película de ladrones, los guionistas estropean el final haciendo que Demi Moore, en lugar de darse la gran vida tras robar a la Compañía de Diamantes, pase el resto de su vida dedicada a las obras de caridad. Eso, más que moral, es moralina. Lástima, porque el mérito artístico casa mal con el adoctrinamiento. 

Por suerte, entre las criaturas y los demonios sin paliativos, se alzan esos seres turbios que se mueven en ese espacio impreciso y gris que hay entre el cielo y el infierno, y que nos fascinan por su misma complejidad. Ese es el caso, sin ir más lejos, del capitán Alatriste, un tipo silencioso “difícil de verbos y fácil de acero”. Soldado profesional, asesino a sueldo en ocasiones, representa a un perfecto antihéroe. O, a menos, eso es lo que parece a primera vista. 

Pero ocurre que este hombre duro y frío, tiene sus propios principios, su peculiar sentido de la ética. Sabe, por ejemplo, que hay límites que es mejor no traspasar. Estará dispuesto a hundirte en el pecho dos palmos de acero, y a veces por motivos fútiles, como tratarle de tú y no con el debido “vuestra merced”, pero no pisoteará tu dignidad. Si hay que matar a alguien, se le mata. Cosa muy distinta es humillarle, peor aún si es delante de sus seres queridos. No sé parece en esto a ciertos terroristas que, en nombre de causas pretendidamente nobles, son capaces de cruzar cualquier línea roja. 

Las reglas de Alatriste, aunque sean muy particulares, siguen siendo reglas. Es un hombre de honor, esa cualidad que en el siglo XXI nos parece rancia y sin la que, en realidad, la vida no merece vivirse. Honor implica autoestima a la vez que respeto a un determinado código social, un código que, como producto histórico, varia con las épocas, pero es lo que hace que no caigamos en el ultraegoísmo de una filosofía para la que solo cuenta la “realización” personal. Alatriste busca su conveniencia, de acuerdo, pero no a cualquier precio. En su universo hay espacio para el orgullo lo mismo que para la piedad. Eso es lo que se refleja en un consejo, un auténtico programa de vida, que da a Íñigo, su protegido: “nunca pidas la vida a quien te venció, ni la niegues a quien te la pida”. 

Ahora, con este empeño nuestro en valorar a nuestros antepasados con criterios del presente, los piratas no tienen buena prensa. Podemos disculpar, como mucho, a Jack Sparrow, pero no a tipos de la vida real que nunca habían oído hablar de nada parecido a los derechos humanos. Y, sin embargo, algunos protagonistas de las novelas de Pérez-Reverte, como algunos compañeros de Cortés o como los legionarios de Julio César, igualmente brutales en la Galia, merecen un mínimo de indulgencia. Vayamos, sin más lejos, a Nápoles. Allí encontramos, en Corsarios de Levante, al esforzado Alatriste, junto a su fiel Íñigo. Se dedican a practicar el corso por todo el Mediterráneo, lo mismo en el Adriático que en Berbería, es decir, en el norte de África. La idea les viene de un buen amigo suyo, Alonso de Contreras, un capitán auténtico que dejó unas interesantes memorias.

La piratería sirve para un fin esencial, hacer dinero. El narrador, Iñigo, lo cuenta sin pelos en la lengua. Cuánto más prisioneros, más esclavos. Hay que ir con cuidado porque matar a un turco en la refriega equivale a perder más de mil reales. Así, aunque sea por egoísmo económico, la vida del enemigo merece un mínimo respeto. En la actualidad, en cambio, las ideologías supremacistas proponen la eliminación de los otros solo porque son diferentes. Deportamos así a los que tocan a nuestra puerta en demanda de socorro y alzamos murallas para proteger nuestros privilegios frente los que sueñan con unas pocas migajas de nuestro banquete. 

Tiene razón la académica Carmen Iglesias cuando precisa que nuestro héroe es leal, pero no fiel. “En la antigua Castilla la diferencia entre el terreno de la lealtad y el de la fidelidad está bastante claro: fiel es el que sigue a su Señor sin preguntarse por la justicia de su causa, leal es aquel que procura que el señor no cometa injusticia". 

En el mundo del siglo XXI, lo que vemos cotidianamente es justo lo contrario: debemos apoyar a los nuestros porque son los nuestros, sin preguntarnos si tienen o no razón. El tribalismo lo inficiona todo. Lo mismo que la falta de matices. Todo ha de ser tan ejemplarizante que no somos capaces de imaginar que podamos imitar algo de quien no sea del todo intachable.

No obstante, la verdad es la verdad y, como reza un viejo adagio, da lo mismo si la dice Agamenón o su porquero. De ahí que los santos no sean los únicos de los que podamos extraer lecciones. Por paradójico que resulte, Alatriste, con todo lo discutible que pueda ser como ser humano, sería un modelo perfecto para una clase educación en valores a unos estudiantes de secundaria. Con un maestro así aprenderían, como bien nos dijo Calderón, no a reñir sino a por qué se ha de reñir. 

 

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Comentarios (1)

Alfredo Barcia Hace 2 meses
Esta nota periodística es una disimulada (?) apología del relativismo moral. Mencionando una moralina victoriana por cierto inaceptable, inclina sesgadamente la opinión de los lectores usando la "simpatía" hacia el héroe Alatriste -" hombre duro y frío - que tiene SUS PROPIOS PRINCIPIOS (morales), su peculiar sentido de la ética" (sic). ¡Viva la moral personal que nos trae el caballo de Troya del carilindo Alatriste! No es otra cosa que consagrar el tan actual "a mi parece que"; nada men
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