¡Qué difícil es conservar algo de dignidad humana delante del objetivo de un móvil!

En cualquier parte, sea en Jerez como en Tokio, puedes ser cazado de la forma más estúpida y vergonzosa que te puedes imaginar.

Te pueden coger haciendo el idiota en Nochevieja; diciendo barbaridades de tu cuñada en una graciosa borrachera; pegándote la de Cristo en la playa de las Tres Piedras o a punto de morir devorado por un tiburón blanco en Sudáfrica... Algo que, según nos enseñan en las redes sociales, parece estar a la orden del día.

Sí, lo digo a boca llena y sin miedo a equivocarme: el carácter vertiginoso y directo del móvil ha destrozado el arte de la conversación; el sabor del momento; ha desmontado toda la maravillosa parafernalia que acompañaba a una buena historia y le ha restado el gusto a eternidad que le añadíamos a un encuentro... Y ocurre porque ahora se lleva lo instantáneo, lo efímero y el carpe diem -sin que la mitad de la gente sepa lo que significa-  y todo para atiborrarse -bulímicamente- de nuevas experiencias y sensaciones, sumando -sin que nos demos cuenta- sucesos intrascendentes a una vida que nos pasa por delante sin que hagamos algo para remediarlo.

Los artistas son del grupo de personas que más sufren esta alocada moda de guardar y conservar toda experiencia en una tarjeta de memoria. La vanagloria y ego del vago estudiante que no tiene el mínimo de interés en registrar en su cabeza lo que se le enseña -porque sólo le importa su diploma de cartón- o la poca vergüenza del espectador que no presta atención al espectáculo -salvo con su ojo digital de cuatro megapíxeles- hace que el artista se sienta cada día más solo sobre la tarima de un escenario o entre las paredes de un estudio.

Actualmente es una pena observar como todo lo que sucede sobre las tablas de un teatro es pasado a cuchillo por este público enfermo y con el síndrome de Diógenes al que sólo le vale proclamar a los cuatro vientos en las redes sociales “ahí estuve yo”.

Afortunadamente hay artistas que no pasan ni una y públicos que temen que su ídolo salga por patas de un escenario.

Sucedió en la Plaza de la Asunción de Jerez, durante la celebración de un ciclo otoñal que organizaba nuestra empresa Morenolé. Esa noche cantaba el gran Agujetas y la expectación, como siempre que actúa el genial cantaor, se sentía entre el gentío que abarrotaba la plazoleta.

Se subió a las tablas, consiguió detener a la noche, habló como sólo él tiene el valor de hablar y amenazó al público: “No quiero ver a nadie grabado mi cante. Mi cante le da de comer a mis hijos”..., y mientras lo decía, viendo que pocos le hicieron caso, se levantó de su silla y empezó a rebuscar entre las filas.

El pánico se implantó, de un mazazo, entre los asistentes. Todos comenzaron a guardar sus cámaras, apresuradamente, para no enfadar al prediluviano cantaor flamenco. Nadie logró grabar nada de aquella majestuosa actuación..., pero todos -artista y público- pasaron a la historia grande de nuestro arte..., que tanto gusta de la improvisación y del respeto.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído