Adamuz: cuando una tragedia te toca en tu casa, solo oyes gritos, nada tiene sentido y tras la pena va la rabia

En las primeras horas, cuesta entender que esas noticias que lees apelan directamente a gente a la que quieres

21 de enero de 2026 a las 11:59h
El tren Iryo, en Adamuz.
El tren Iryo, en Adamuz. JUAN CARLOS TORO

La empatía es lo mejor del ser humano: el hacer sentir como propio lo que siente el otro. Es un ejercicio intelectual, basado sobre todo en la bondad. Sirve para anticipar, para aprender. La empatía crea sociedad, familia, cercanía. Sin empatía no existiría el periodismo, porque conocemos historias de otros en tanto nos podemos sentir reflejados. Por eso sufrimos aunque no nos toque hacerlo.

En esta tragedia de Adamuz, en cierta forma he experimentado una conexión con las familias que acudieron al rescate de afectados y con una de las víctimas. Hay algo que va más allá de lo periodístico. Pero hay que entender que para las familias verse reflejadas en un dolor que está siendo necesariamente narrado por la prensa lo hace todo distinto. No perdieron la vida en un accidente de coche anónimo, ni por una enfermedad. 

Al otro lado, cuando estás viendo lo que ocurre y una llamada te transmite que iba cierta persona en ese tren, todo cambia. Ya las noticias te han venido a buscar. Son esos gritos iniciales de sorpresa, esos mensajes inesperados. Contaba una psicóloga en una radio que el primer pensamiento de las familias es por qué a él o ella.

Hay una reflexión anterior a eso, y es una etapa en la que tu cerebro aún no sabe relacionar lo que lee en las noticias con lo que te están contando particularmente. Que a uno de esos números le pones nombre, cara, historia. Eso lo vivió mi familia política, que es mi familia también a secas, este lunes. Contándolo con rubor pero tratando de transmitir algo que no querría contar. Guardando mucho de lo visto, pero entiendo muchas cosas por primera vez de otra forma. Algo similar le ha pasado a muchos profesionales onubenses que querían a Óscar Toro y María Clauss, que están en esa doble condición de testigos de hechos y de amigos de víctimas.

El cerebro finalmente acaba asimilando las noticias del día con la propia historia de quien ha muerto, que es protagonista. Es una muerte mediatizada sin remedio porque lo que ha ocurrido es muy grave y debe contarse. Y cuanto más vas sabiendo, menos sentido tiene todo. En un accidente de tráfico puntual, podrás seguramente preguntarte qué pasó y por qué. Cada fin de semana hay muertes en carreteras. Pero lo cambia todo formar parte de una tragedia colectiva. 

Y es que nada de todo esto tiene sentido. ¿Cómo pudo ocurrir lo que ocurrió? ¿En esa vía por la que tantos millones de personas han pasado alguna vez? ¿Pero no son seguros los trenes? 

Hay que evitar precipitarse para encontrar culpas, porque esas prisas suelen resultar engañosas. Tocará confiar en las investigaciones, en que las cosas se acabarán sabiendo a pesar de lo ruidoso y doloroso. De la dana de Valencia aún no hay responsabilidades claras de quién se equivocó en sus políticas de largo plazo para que aquello pasara. 

Estos días toca prudencia y pena. Pero tras ella irá la rabia. Y esa rabia necesitará respuestas. No por política ni politiqueo. Sino porque más de 40 familias necesitarán saber qué ocurrió. 

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