Acerca de los bulos sobre Blas Infante de la ultraderecha

De un plumazo, estos políticos con pretensiones de historiadores borran ochos siglos del pasado y proclaman a los españoles del siglo XXI herederos directos de romanos y visigodos

La casa museo de Blas Infante en Coria del Río.

Con motivo de la decisión del Ayuntamiento de Alcalá de Guadaira de incorporarse a la red de municipios de la Ruta Blas Infante tuvimos la ocasión de sufrir una insoportable intervención de un concejal de la extrema derecha que, como es costumbre entre los jerarcas de esa organización, se dedicó a difundir los más variados bulos y falsedades sobre la persona de Blas Infante, sus ideas y su obra.

Antes de que se fundara Vox, los militantes del PP que consideraban a ese partido como la “derechita cobarde” y del que se escindirían para crear una nueva organización extremista, ya se dedicaron a calumniar a Blas Infante difundiendo el bulo de su conversión al islam.  El origen de este bulo lo podemos rastrear en el filósofo de raíz falangista y notorio islamófobo Gustavo Bueno (cf. ABC, 26 de enero de 2007), cuya estela fue seguida por el eurodiputado del Partido Popular Vidal-Quadras (cf. El País, 31 de octubre de 2007). Un documentado desmontaje de este tipo de infundios lo podemos encontrar en el siguiente artículo de Manuel Ruiz Romero.

Hemos dudado de si merecía la pena contestar a bulos de tan escasa calidad científica, pero nos parece que el riesgo de expansión de estos mensajes neofascistas va creciendo por momentos y es responsabilidad de todos poner las cosas en su sitio, con la verdad y con datos objetivos. Estos ataques a Blas Infante se enmarcan en una visión de la historia de España por parte de esta ultraderecha que es continuadora de la historiografía nacionalista española aparecida en el siglo XIX, imprescindible, como pasaba en toda la Europa de la época, para la construcción de los estados-nación.

Pero a diferencia de lo sucedido en el resto de Europa donde la ciencia histórica fue liberándose de esas adherencias ideológicas, sobre todo a partir de la II Guerra Mundial, la excepcionalidad española del franquismo supuso la pervivencia hasta tiempos relativamente recientes de una historiografía fundada en mitos y leyendas que, aunque en general está muy superada en el ámbito académico, pervive en determinados círculos reaccionarios de escasas lecturas y que, sobre todo, penetra en el ámbito del debate político para excitación del populismo de derechas causando serios daños al conocimiento académico. La libertad de expresión de la que todos gozamos no ampara la veracidad científica de lo que se exprese.

Ejemplo de esto que decimos es la enmienda que en el XVI Congreso del Partido Popular (2008), un grupo de compromisarios encabezados por reconocidos extremistas de derecha como Santiago Abascal y Alejo Vidal-Quadras presentaban a la ponencia política en la que, enlazando briosamente con aquella historiografía decimonónica, proclamaban:

La Nación española, como realidad histórica y cultural, tiene su raíz plural en los Reinos cristianos medievales, pero se basa ante todo en la herencia de la Hispania romana y visigoda común a todos ellos y en la unidad política establecida desde hace quinientos años por la integración de esos Reinos en la Monarquía de España, mediante la unión de las Coronas de Castilla y Aragón y el Reino de Navarra. Esta unión quedó definitivamente consolidada a partir de 1516, con la llegada al trono de Carlos I. Tres siglos después, en la Guerra de la Independencia, la Nación adquirió como tal plena conciencia de su soberanía, proclamándola por vez primera en la Constitución de 1812.

De un plumazo, estos políticos con pretensiones de historiadores borran ochos siglos del pasado y proclaman a los españoles del siglo XXI herederos directos de romanos y visigodos. Y si bien es cierto, como ya hemos dicho, que el valor científico de este tipo de exabruptos es escaso, no debemos olvidar que entre algún sector de la historiografía más rancia siguen encontrando eco, y que su difusión a través de artículos periodísticos, tertulias o redes sociales, generalmente de ínfima calidad, permiten su supervivencia. En definitiva, pasados más de dos siglos, los mitos sobre los que se forjó el nacionalismo español siguen perviviendo, apoyados en importantes sectores políticos, mediáticos e, incluso, académicos, algo que, sin duda, es signo de su perdurabilidad.

Algunas de las perlas del discurso de este conspicuo ultraderechista alcalareño, que es común a todos sus correligionarios y que no pueden dejar de ser pasadas por alto fueron las siguientes:

1. Se sorprende y se mofa de que a Blas Infante se le considere Padre de la Patria Andaluza: aunque sea algo natural en quien no comparte los valores de la democracia y la soberanía popular, no está de más recordarle de que tal denominación fue consecuencia del acuerdo unánime del Parlamento de Andalucía de 14 de abril de 1983, y se encuentra recogido además en el Estatuto de Autonomía de 2007 aprobado en referéndum por el pueblo andaluz.

2. Cada uno está en su derecho de elegir como figuras de referencia a quien estime oportuno, pero esas elecciones retratan los valores que a cada uno inspiran. Los que elegimos como referente a Blas Infante tenemos como marco ideológico el establecimiento de un estado democrático basado en los principios de libertad, igualdad, justicia y pluralismo político, entre otros. Los que eligen a Primo de Rivera y Ledesma Ramos aspiran a un estado totalitario regido por un partido único, del que “ejemplos mundiales de esa ruta son hoy el partido fascista italiano y el nacional-socialismo alemán” (Ramiro Ledesma Ramos, “Ideas sobre el Estado”, Acción Española, 1 de marzo de 1933).

3. Es absolutamente falso que Blas Infante se manifestase contra el sistema político democrático y contra los partidos políticos. Por el contrario, concurrió a distintos procesos electorales tanto durante el periodo de la Restauración (elecciones de 1918, candidato por el distrito de Gaucín) como en las elecciones a las Cortes constituyentes de 1931 (candidato por la circunscripción de Sevilla y provincia). Y también promovió y militó en partidos políticos durante la II República: Candidatura Republicana Revolucionaria Federal Andalucista, Partido Republicano Federal, Izquierda Radical Socialista, Junta Liberalista de Andalucía. Pero, al mismo tiempo, fue reiteradamente crítico con los partidos dinásticos que sostuvieron el sistema caciquil corrupto de la Restauración, y advirtió de que, llegada la II República, los nuevos partidos protagonistas de la situación fueran a convertirse en mantenedores de ese mismo modelo caciquil ajeno a los intereses de la mayoría social, algo que, al contrario de lo que pretende el portavoz de la extrema derecha en Alcalá, no sólo no lo denigra, sino que eleva su altura moral. Esta posición de Infante sobre la democracia y los partidos está en las antípodas de sus admirados Primo de Rivera y Ledesma Ramos, que reiteradamente se manifestaron durante los años de la República por la abolición de la democracia, los partidos políticos y las elecciones, por medios violentos si fuese preciso.

4. Eso de la pretensión de Blas Infante de convertir a Andalucía en un “anfictionado islámico” para volver a los reinos de taifas es una absoluta invención. El término “anfictionado” no lo tomó Infante de ningún modelo político islámico, sino de las anfictionías (alianzas) de las distintas polis griegas para ocuparse de asuntos comunes (la más famosa la de Delos). Con ello quería referirse a la importancia que en Andalucía tenían sus antiguas ciudades, y que la región autónoma no debería ser un poder que se impusiera en el conjunto del territorio sino una libre federación de esas ciudades, en las que ninguna prevaleciera sobre las demás. Por cierto, algo muy necesario en los tiempos que vivimos. 

5. En 1924 Infante fue a Agmat a visitar la tumba de al-Mutamid, pero allí no realizó ninguna shahada (proclamación de la fé islámica). La fuente que utiliza este concejal para esta afirmación es Gustavo Bueno, ideólogo de cabecera de la extrema derecha hispánica. No hemos encontrado en su bibliografía la menor investigación sobre andalucismo y andalucistas. Citar como fuente de autoridad en una materia a quien no ha investigado nada sobre esa materia, no tiene el más mínimo valor científico. Ya lo dijimos antes: la libertad de expresión no ampara la veracidad científica de lo que se exprese, por muy catedrático de universidad que se haya sido.

De otra parte, no existe ni en la obra de Infante, en sus entrevistas o artículos en prensa, ni en sus manuscritos inéditos, ninguna referencia que demuestre su vinculación a ninguna creencia en concreto. Cuestión ésta que, por otra parte, forma parte de la libertad personal, posiblemente algo extraño para quienes perciben la realidad bajo un solo color o una obligada dirección. Otra cosa es el especial interés que, como muchos investigadores y nosotros mismos, tuvo sobre Al-Ándalus como periodo fecundo en ciencias y artes que significó un prólogo al renacimiento europeo. Un mínimo acercamiento con seriedad demostraría el sincretismo de un Ideal impregnado de humanismo, libertad y un alto sentido ético de la Vida -con mayúscula, como él gustaba escribir- entendida como una dimensión social y bondadosa más allá de la mera existencia biológica.

Este viaje de Infante a Agmat, en el que hay que insistir que no hay ningún testimonio de una presunta conversión al islam, se debe enmarcar en el esfuerzo que hace Infante en la recuperación de la historia de al-Andalus como parte de nuestra propia historia y no como un fenómeno exógeno a la historia de España. Este asunto, al que ya nos hemos referido antes y que está bastante consolidado en los ámbitos académicos actuales, en su época aún estaba lejos casi de imaginarse. Blas Infante no era historiador, pero reflexionó repetidamente a lo largo de toda su vida sobre la historia de Andalucía, dando a luz a interesantes intuiciones. La primera de esas intuiciones aparece cuando, al expresar su rebelión contra el ocultamiento de su historia, repara en que la continuidad es el elemento sustancial de los procesos históricos:

 […] es lo cierto, que Andalucía tiene una historia privativa, absolutamente ignorada, por lo menos en su ininterrumpida sucesión.

A partir de ese principio básico realizará una interpretación de la historia de Andalucía en la que, poniendo el acento en el novedoso concepto de pueblo cultural, va desgranando las distintas capas de ese proceso histórico («jalones» las llamó Infante) desde el Neolítico hasta las revueltas campesinas de los jornaleros andaluces de los siglos XIX y XX, que conoció directamente. 

Esta vocación sintética respondía, acaso, al acogimiento y libertad de convivencia social, que en su solar tuvieron siempre las razas más opuestas, africanas, orientales y europeas, desde los más lejanos tiempos de su historia. […] en al-Andalus, convivían perfectamente dentro de nuestra sociedad varias razas y religiones: bereberes, árabes, gallegos, catalanes, eslavos o centros europeos, y las tres grandes religiones de carácter universal: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo; además de innúmeras heterodoxias. Por consiguiente, el regionalismo andaluz tenía que ser antirregionalista o antinacionalista, en el sentido de haber de repugnar los exclusivismos económicos y políticos. "Andalucía, por sí, para España y la Humanidad", no es una fórmula arbitraria. Es una expresión síntesis de la Historia de Andalucía. "En Andalucía no hay extranjeros", no es un esnobismo, es una tradición. El libre cambio como regla en contradicción con los nacionalismos proteccionistas son las nuevas palabras que vienen a traducir la aspiración constante de un pueblo universalista, comerciante y marítimo o navegante, cual ningún otro, durante sus períodos de libertad, y como ningún otro, cual hemos ya visto, acogedor. 

Y aunque, reiteradamente a lo largo de toda su bibliografía, Infante insistía en la vocación universal del andalucismo, la Humanidad del lema y el Himno, la obvia naturaleza nacionalista de sus planteamientos ideológicos le impulsaba a buscar, como a otros nacionalismos, las señas de identidad de los andaluces a lo largo de su milenaria historia. Y en esta búsqueda del ser nacional andaluz nos encontramos ante otro hallazgo de Infante que lo distancia definitivamente de las corrientes de pensamiento del primer tercio del siglo pasado, obsesionadas con la cuestión de las razas, su pureza y la superioridad de unas sobre otras. Blas Infante proclama las bondades del mestizaje:

Pues bien, la vida original, cuya continuidad perpetúa el genio de su antigua ascendencia, es alentada todavía por el pueblo andaluz. El espíritu de un mismo pueblo ha flotado siempre, flota aún, sobre esta tierra hermosa y desventurada que hoy se llama Andalucía. Su sangre ha podido enriquecerse con las frecuentes infusiones de sangre extraña; pero sus primitivas energías vitales se han erguido siempre dominadoras; no han sido absorbidas, como simples elementos nutritivos, por las energías vitales de una sangre extranjera.

Nosotros no podemos, no queremos, no llegaremos jamás a ser europeos. Externamente, en el vestido o en ciertas costumbres ecuménicas impuestas con inexorable rigor, hemos venido apareciendo aquello que nuestros dominadores exigieron de nosotros. Pero jamás hemos dejado de ser lo que somos de verdad: esto es, andaluces; euro-africanos, euro-orientales, hombres universalistas, síntesis armónicas de hombres.

Su reivindicación de al-Andalus, rastreando en ella las raíces de la Andalucía de su época, exaltando su cima cultural y reivindicando su legado, frente a una Academia que casi unánimemente trataba los siglos andalusíes como algo ajeno a la historia de España, era verdaderamente revolucionaria. Pero de esa reivindicación de la historia de al-Andalus como parte de nuestra propia historia (algo hoy aceptado por los académicos más solventes) a que defendiera la islamización de Andalucía, como anatemiza con supina ignorancia y desvergüenza el portavoz de Vox, media un abismo.

En esa misma línea de sacar de contexto, manipular y confundir con medias verdades, que hace de esa intervención una espléndida muestra de los métodos dialécticos de los populismos reaccionarios, recoge este individuo uno de los textos con los que Blas Infante ilustra la tradición de los colores verde y blanco en la historia de Andalucía (principios del siglo XIII), en este caso el de una crónica de los califas almohades que Infante transcribe, pues no es su autor como intenta hacer creer el alguacil alguacilado. La pena es que Infante no conoció otros versos más antiguos, en este caso del reino taifa de Almería (siglo XI) que también evocan esos colores:

Una verde bandera
que se ha hecho de la aurora blanca un cinturón,
despliega sobre ti un ala de delicia.

Que ella te asegure la felicidad     
al concederte un espíritu triunfante

De cualquier forma, el uso del verde y blanco para la enseña andaluza no es una simple casualidad sólo coincidente con la época andalusí. Alguien tan poco susceptible de ser interpretado como un exaltado infantiano, el militar e historiador Julio Fernando Guillén y Tato en su asesoría previa a la Exposición Iberoamericana de 1929, ya apuntaba el verde y blanco como colores que acompañaron la enseña de Isabel y Fernando en el nuevo mundo que España conoció con Colón. Cuestión muy representada en la iconografía de la época, como es el caso de la Virgen de los Navegante de Alejo Fernández; y que, más tarde, serían colores destacados en la citada muestra además de alguna propuesta durante la I República. Cromatismo recuperado incluso por las ultimas diputaciones franquistas en febrero de 1977 reunidas como ente mancomunal andaluz.

Y, sin embargo, ya que no resultan útiles a sus intereses, el admirador de Primo de Rivera y Ledesma Ramos no hace referencia a otras reflexiones de Infante sobre los colores de la bandera, estas sí de su propia pluma y no de la de otros cronistas:

“Fueron los colores preferidos por nuestros padres (...). Verde es la vestidura de nuestras sierras y campiñas prendida por los broches de las habitaciones campesinas blancas (...), blancas son nuestras villas y antiguas ciudades de blancos caseríos con verdes rejerías orladas de jazmines. Pura y blanca como un niño, es la Andalucía renaciente que nuestro regazo calienta. Y es aquella esperanza siempre reverdecida y ya conscientemente sentida y definida por los nacionalistas andaluces (...). La bandera blanca y verde enseña de esa pureza y de esa esperanza” (Las insignias de Andalucía, revista Andalucía, 31 de diciembre de 1919).

El colmo de la ruindad o de la ignorancia de este individuo que, por supuesto, no ha leído de Blas Infante más que el libelo de su filósofo falangista de cabecera, o alguna otra patraña de sus conmilitones de Vox, es la referencia a la posición de Blas Infante sobre la pena de muerte. Esas líneas, recortadas y mutiladas están sacadas de una obra titulada La dictadura pedagógica. Infante está haciendo una crítica a… la Unión Soviética

Aunque posiblemente hayamos dedicado a desmontar el indecente discurso que tuvieron que soportar los ediles alcalareños más tiempo del que se merece, los que entendemos que la reconstrucción de la historia es ciencia y no propaganda debemos ser conscientes del grave riesgo que todos corremos si permitimos que los bulos y las insidias que la extrema derecha está propagando circulen por la sociedad sin una respuesta científica y documentada.

Los ataques de la ultraderecha a Infante suponen en esencia un ataque a la propia identidad de Andalucía, al legado que aquel primer andalucismo recuperado por la segunda generación como memoria activa y orgullosa con las que los andaluces y andaluzas vivimos el 4D y el 28F y reivindicamos hoy su significado político y popular. No es casual que quien no cree en las instituciones de autogobierno logradas a pulso por el pueblo andaluz, intente denigrarlas, cuestión que no deja de ser paradójica e incoherente por cuanto se participa de las elecciones autonómicas y se usan los recursos y atriles que aquellas conquistas democráticas propiciaron.