Blas Infante: un laicista masón al que quieren hacer musulmán

El 15 de septiembre de 1924 el Padre de la Patria Andaluza visitaba la tumba del rey poeta Al Motamid. Un viaje lleno de significados e interpretaciones maliciosas

Blas Infante en Agmat.
Blas Infante en Agmat.

El 15 de septiembre de 1924, Blas Infante visitaba la tumba del rey poeta Al Motamid en la localidad marroquí de Agmat. El viaje del Padre de la Patria Andaluza según le nomina el Parlamento de Andalucía, está lleno de significados en muchos casos interpretados maliciosamente desde diferentes posiciones. Frente quienes defienden su conversión al Islam situamos a los voceros del neofascismo que creen justificar con ese supuesto dato su quíntuple rechazo: al propio Infante, a todo extranjero, al Islam, a la existencia de Andalucía y a la presencia de una identidad propia en esta Comunidad Autónoma.

 

Manuel Ruiz Romero (1), colaborador habitual de lavozdelsur.es, en su calidad de doctor en Historia Contemporánea y uno de los investigadores que mejor conocen la vida y obra del notario de Casares, pone el dedo en la llaga y lanza un singular reto a los lectores.

Se puede estar de acuerdo o no con Infante. La disparidad es legítima. Sin embargo, importante es que, en uno y otro sentido, los argumentos sean tan sólidos como documentados. Quienes le investigamos sabemos bien que es de esos personajes sobre los que se comienza diciendo lo que no es. Se le ha adivinado tanto que, sus más diversas interpretaciones adquieren una inusual carta de naturaleza. De boca en boca y, ahora vía digital, toman signo de veracidad sin más crítica. La difusión en muchos casos es enemiga de la autenticidad. Y es que la obsesión de algunos por convertirlo al Islam es directamente proporcional al rechazo de otros por idéntico motivo. En este caso, el interés desde algunas posiciones musulmanas por defender su vinculación a la religión de Al-Lāh, es paralelo al interés de sectores neonazis por dar ese argumento como único y definitivo para desprestigiarle. Con él, justo a todo lo que sea andaluz.

El maridaje entre ambos conceptos es perverso y eclipsa la elaborada síntesis a la que nos acostumbra el notario. Tanto, como la impotencia de aquellos que no encuentran otros elementos políticos para la crítica y el rechazo; esos que se enroca en una islamofobia propia de la tradicional supremacía “racial” del nacionalismo-catolicismo español que ya denunciaba Infante como estéril. Son los mismos que rechazan nuestros símbolos como “inventos”, dicen, al rebatir la existencia de Andalucía como sujeto político, histórico y activo: una vez superan bandera, himno y escudo, todo convencionalismo heráldicos castellano-católicos. Y como suelen leer poco y nunca más allá de su pensamiento único, desconfió que le lleguen estas Líneas. Pero, vayamos por partes.

Cabe precisar que, de existir algún dato objetivo (no interpretación subjetiva), que nos convenza definitivamente de su conversión, no tenemos ningún problema en reconocerlo. Créanme: no hay prejuicio alguno. Expongo mi opinión razonada hasta que aparezcan nuevos documentos que demuestren lo contrario. Eso sí, precisando que este tema es recurrente y ha venido siendo objeto de comentarios por nuestra parte (2). De la misma forma que hemos analizado la importancia de Al Andalus en la obra del hijo de Casares (3).

Veamos. Nadie niega el reconocimiento que la obra de Infante hace a Al-Andalus (como también lo hace con Tartessos y la Bética romana); nadie oculta que se siente orgullosos de lo más granado del periodo (es decir, su Califato); nadie olvide que se considera “reconquistado” por la intolerancia de unas creencias integristas inquisitoriales -de uno u otro signo de la ortodoxia- que se imponen a “espada y fuego”. Por eso, es inevitable que se sienta morisco y gitano por perseguido, exiliado y subyugado a un pensamiento único que los excluye y condena. “Hay un andalucismo como hay un sionismo”, escribirá; porque la identidad andaluza no es sino un cante de ida y vuelta entre las dos orillas de un mar que, más que Estrecho, es puente.

No obstante, deducir de su vida y obra toda una “metamorfosis” para su conversión es cuanto menos un arriesgado salto al vacío. Documentada está su profunda religiosidad pero la interpretación parcial e interesada del notario solo muestra un desconocimiento de la percepción integral de sus convicciones y creencias (de su Ideal Andaluz), de una vida y obra poco convencional. Cabe recordar aquí, como se le ha atribuido también durante su etapa en Cantillana una “enigmática (…) novia judía” de nombre Raquel (4).

Blas Infante, en un retrato coloreado.

 

Identificar su interés por la trascendencia de las religiones y su espiritualidad como un sesgado camino al Islam, es además desconocer que el inventario de su biblioteca. Entre otros ejemplares, sus estantes albergaban Historia de la Iglesia, de los Papas y Apóstoles. Es olvidar que Infante, igualmente leía y anotaba, entre otros, a Santa Teresa, San Francisco de Asís y San Vicente de Paúl, Domingo de Guzmán y Domingo de Soto, San Agustín y Fray Luis de León… numerosos textos bíblicos y teológicos y, no por eso, habría que llamarle pío o beato (5). Ese interés supone, en definitiva, descartar la riqueza y heterodoxia que acogen las citas onomásticas de sus obras y escritos. Me niego a que Blas Infante sea un argumento que anime la islamofobia y refuerce el fascismo. Qué fácil es estigmatizarlo –a él y al propio Islam- para descalificar todo su aporte de ideas andalucistas y humanistas. ¡Y qué nos debe importar que abrazara algún credo! ¿Cambiaría eso algo de su doctrina política?

Sin embargo, estoy convencido de que el sincretismo de Infante es proporcional a su heterodoxia. Resulta coherente en su constante búsqueda de respuestas manifestando de esta forma una inquietud vital difícilmente encuadrable. Es lógico que eso desconcierte, pero no justifica nada. Flaco favor hace al Islam cualquier conversión interesada, como peregrina ayuda le hace al Padre de la Patria Andaluza el reduccionismo de convertirlo a una u otra creencia. El recurrido y gratuito argumento, queda a la misma altura de quienes lo tachan de pufo, invento, tarado o “foribundo islamista”. Es entonces cuando mis respetos laicistas hacia cualquier credo no tolera esa malvada equivalencia ni puede otorgarle pábulo.

Infante no es persona de jerarquía ni de imágenes religiosas. Ni siquiera llama su atención esa religiosidad justificada como popular, que en Andalucía se envuelve en demasiadas supersticiones. Su espiritualidad trasciende el dogma y cualquier religión -todas en realidad- que se consideren e impongan como únicas y verdaderas. Su inquietud especulativa e intelectual, bajo la luz de la masonería, invoca una “Religión Pura y Universal”, voluntaria y liberadora, ausente de integrismos fanáticos e exigencias intolerantes. Su dimensión religiosa pues, discurre desde una espiritualidad íntima a veces mística pero siempre eclética, superando cómodos encasillamientos y, eso sí, subrayando siempre bondades para cada uno de los casos. Su relato dibujando el contenido ético que acompaña a la razón, la ética personal y la moral colectiva que edifican ese hombre y mujer “renacidos” para una Andalucía Libre que reinventa la nueva España y se proyecta en una humanidad que progresa (6).

 

Blas Infante con sus hijas.

Creo asimismo que su viaje a Agmat, a la tumba del último rey poeta de Sevilla -Al Mutamid- al margen de una osadía en pleno conflicto bélico, representa una “peregrinación” homenaje (1924) que le regala profundas emociones e intuiciones capitales para su futuro inmediato (7). Confirmará inquietudes y se reconocerá culturalmente en una tierra ajena a fronteras políticas pero empapadas de una identidad común. Sus siete vueltas sobre el enterramiento, a ejemplo de las realizadas en la Caaba, es más rendir un homenaje íntimo que una declaración de fe a un Dios concreto (Shahada).

Incluso, considero que tras ese respetuoso gesto, melancólico y emocionante a la vez, se encuentra la reproducción que ya realizase en el siglo XIV el visir Ibn-al-Khatib, primer ministro del rey de Granada, según cuenta Dozy en su clásica obra, la cual presumiblemente, conocería bien Infante y que él mismo refiere en sus inéditos (8). No en vano, además, la biblioteca de Infante acoge la obra de Mariano Pano de comentarios sobre el ritual del precepto a la Meca y, sus manuscritos poseen anotaciones concretas al respecto.

Blas lo cuenta de su puño y letra: ofrece sus siete vueltas “en promesa de que alrededor de él {el ideal universal} vendría a girar siempre (…) el ideal de mi propio vivir (…) pedí inspiración a la sombra del sultán andaluz”. No obstante, en lo que son unos presumibles apuntes de la experiencia viajera del notario para editar un libro bajo título: Peregrinaciones, no se cita conversión alguna. Desde luego, su texto rezuma profundidad y sentimiento; un misticismo embriagador que le emociona y motiva en sus percepciones. Pero, eso sí, ausente de toda dimensión o conversión religiosa (9).

De cualquier forma, aún adivinando mucha emotividad, no estamos ante ningún “master” en islamismo como se ha llegado a afirmar. No importaría pues que alguien lo interprete subjetivamente de esa forma, cosa que puede ser hasta legítima. Es más, me consta que el Islam persigue abrazar siempre la verdad como valor supremo. Lo que nos parece todavía más extraño es seguir afirmando como signo de veracidad absoluta, que hubo testigos de los que se aportan hasta sus nombres así como que adoptara Infante un nuevo nombre en árabe. ¿Por qué no se hace eco el propio Infante del tema entre sus escritos? ¿Dónde estaban sus acompañantes, García Vidal con su cámara para inmortalizar el hecho? ¿Dicho fotógrafo y el chófer/traductor Ben Moussa, ni siquiera resultan ser testigos? ¿Por qué Ahmad y no Abderramán, por ejemplo, que tiene más porte?

Bromas aparte, el negro sobre blanco lo soporta todo; máxime cuando internet difunde gratis para incautos. Como masón, y por tanto librepensador, Don Blas buscará el Dios común a todas las creencias, capaz de conseguir del ser humano su dimensión más humana y solidaria. Como laicista, Infante será el primer defensor de las creencias individuales y apreciará lo mejor de cada una de ellas. Abrazar la historia de un periodo donde esta tierra fue faro y luz para el Renacimiento europeo, no implica querer devolver el Din perdido. Da igual que se defienda lo contrario por Islamabad o por Coria y, permítanme el paralelismo: ¿debemos considerar musulmán a González Ferrín por sus trabajos? Dicho de otra forma, ¿todo aquel que estudia/admira Al Andalus se convierte?

No cabe duda que su visita al Magreb fue definitoria en su vida y obra. Allí se topa con la herencia -material e inmaterial- de su Casares morisco y de su Granada universitaria y andalusí; con aquella Sevilla ateneísta de la que se aparta y que por primera vez izara sobre su Giralda la verde y blanca tras Alarcos; de su Córdoba asamblearia donde nace nuestro Viva Andalucía libre. No se siente forastero porque, empapado de vivencias, que no “abducido” como también se ha afirmado; se identifica en una tierra aparentemente extraña sobre la que se prodigarían mitos belicistas y xenófobos.

Blas Infante, estudiará e impartirá clases de árabe en un Centro de Estudios andaluces sito en un alcázar hispalense recién transferido a su ayuntamiento; dio la cara al reclamar un homenaje a Almotamid en su Silves natal (1926); al pedir una nueva mezquita para la Sevilla republicana siglos después (1931); las paredes de su única casa en propiedad de Coria contienen caligrafía árabe; subrayó su Corán y escribió suras en sus inéditos; reclamó para un autogobierno andaluz dentro de una República que confiaba federal, las relaciones con la República rifeña en base a antecedentes históricos… por una u otra causa, siempre fue criticado. Poco le importaba cualquier reserva por mor de sus circunstancias familiares, profesionales o políticas. Por coherencia, no le hizo falta “taqiyya” alguna. Y por eso perdió la vida.

Dicho esto, y aun pudiendo ser criticando por petulancia, algo nada más lejos de nuestra intención, declaro lo siguiente: reto a quienes crean lo contrario a demostrar documentalmente su cambio de nombre así como la conversión de Infante a cualquier religión (más allá de bautismo y confesión ante su patíbulo que no por eso, tampoco, podemos calificarle como un cristiano convencional). Invito al lector a que se señale obra, manuscrito inédito, manifiesto, entrevista, crónica periodística, artículo… donde se recoja dicha cuestión por boca o pluma del propio interesado. Absténganse interpretaciones digitales y bienvenidas las fuentes: tan primarias como sean posible.

De poder demostrarse fehacientemente cambiaremos de parecer. Mientras tanto, defenderemos en Infante una percepción de Al-Andalus y el Islam que desbordan hechos históricos o la respetable confesión. Infante es una llamada a la tolerancia, a la interculturalidad, a la superación de fronteras, al establecimiento de diálogos entre religiones y civilizaciones. Me quedo con el Infante integral e íntegro que busca y se responde. Complejo, que no complicado; sencillo, que no simple. Todo sea dicho sin acritud alguna; con la humildad y respeto de quien estudia a Don Blas desde hace años, empujado por un escolapio que me inoculó el cariño por la verdad y la Historia (10).


 

1.- Correo electrónico del autor: mruizromero123@gmail.com

 

2.- Cfr. Blas Infante y el Islam, en la nueve cabeceras andaluzas del grupo Joly, 29 de agosto 2011.

 

3.- En concreto: LINERO LOBATO, M., y RUIZ ROMERO, M., "Síntesis de Al-Andalus en Blas Infante", en Actas del VI Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1995, pp. 201-216.

 

4.- Así cita ORTIZ DE LANZAGORTA, J. L., Blas Infante. Vida y muerte de un hombre andaluz, Sevilla, Fernández Narbona, 1979, p. 79; (reed), Sevilla, Fundación Blas Infante, 1999.

 

5.- Sus escritos inéditos llegan a citar treinta santos y a setenta y cinco teólogos. Los más reseñados: San Agustín (88), San Pablo (75) y San Juan (26). Cfr. INIESTA COULLAUT-VALERA, E., Los inéditos de Blas Infante, Fundación Blas Infante, Sevilla, 1989. 

 

6.- Puede ampliarse esa percepción en: INIESTA COULLAUT-VALERA, E., “Al-Andalus en Blas Infante”, en Pliegos de Encuentro Islamo-cristiano, (26), 1998, 45 pp.

 

7.- Entiéndase la obra de Blas Infante: Orígenes de lo flamenco y secretos del cante jondo, Sevilla, Consejería de Cultura, 1980; edición facsímil en el XXII Congreso de Arte Flamenco, Diputación-Ayuntamiento de Estepona, Málaga, 1994; (reed.), Cádiz, Fundación Municipal de Cultura, 2006. E igualmente: RUIZ ROMERO, M., El bulo sobre el Complot de Tablada. República, Blas Infante y Andalucía Libre, Córdoba, Almenara, 2018.

 

8.- DOZY, P. REINHART, Historia de los musulmanes de España, (Tomo IV), Turner, Madrid, pp. 223 y 227.

 

9.- Manuscrito AAN según INIESTA COULLAUT-VALERA, E., Los manuscritos inéditos de Blas Infante, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1989. Llegara a preguntarse: “¿Permitirían en esta kábila que los andaluces vinieran a restaurar la tumba de sus reyes?”. E incluso, anota: “recojo y guardo un puñado de tierra de la tumba”. Nos consta que la Junta de Andalucía no ha invertido nada en dicho morabito pese a que lo han visitado algún presidente y consejeros. 

 

10.- Para profundizar en la cuestión remito a las referencias reunidas en el Repositorio bibliográfico sobre el Andalucismo Histórico, realizado por este autor y disponible en la web de la Fundación Blas Infante.

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