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Comienza un nuevo curso escolar y volvemos a encontrarnos con las mismas noticias que todos los años: que si faltan administrativos, profesores o limpiadoras en tal centro, que si los padres piden comedores en tal otro, que si a los niños se les alimenta con comida basura en otro porque a la dirección del colegio no le alcanza con lo que recibe de la Junta, que si falta espacio y hay que habilitar aulas de cualquier manera, que si debían de haberse arreglado grietas que amenazan la seguridad del centro y por tanto no pueden empezar las clases, etc. Esto nos habla de falta de previsión y de falta del presupuesto imprescindible que requiere un sistema de educación pública de calidad.

La educación universal es sin duda un derecho, al igual que la sanidad, pero a la vez un proceso complejo que debe empezar en los primeros años de la infancia, y, por tanto, en la familia. Hay hábitos elementales de conducta que deben aprenderse del padre o de la madre o de ambos y que son los que hacen posible la convivencia. En la naturaleza humana está la tendencia al egoísmo, pero hay que enseñar desde el principio que uno no está sólo en el mundo y que hay que relacionarse con los demás de una manera apropiada. El problema es que muchas familias hoy en día están haciendo dejación de sus funciones —es cierto que en nuestro país no se facilita  la conciliación de la vida familiar y laboral— y la consecuencia es que este tipo de enseñanza se delega totalmente en el profesorado, tanto de primaria como de secundaria. Y muchas veces los usos y opiniones de la familia chocan con los de los docentes, porque no existe la unión y el acuerdo entre ambas partes necesarios para el éxito en el aprendizaje. Y hablo también de aprendizaje para la vida y de educación emocional y sentimental, no sólo de contenidos.

La educación en valores como la tolerancia, la solidaridad, el saber escuchar, la empatía y el respeto al otro y al diferente, el aprecio de la cultura aunque aparentemente no tenga una aplicación práctica inmediata, el hacerse con un bagaje que te permita tener un sentido crítico y a la vez poder disfrutar de una novela, de un poema, de una pieza de música o de teatro, el encontrar un sentido a tu vida y una pasión con que llenarla, todo eso deberíamos los profesores de ser capaces de inocularlo en vena a nuestros alumnos y alumnas, y la mayoría de los y las que hemos dado clase durante muchos años puedo asegurar que lo hemos intentado hasta la extenuación.

Pero el problema es que, por un lado, las aulas están cada vez más atiborradas de niños o jóvenes y las horas de clase que hay que impartir a la semana aumentan cada nuevo curso. Con los recortes disminuye el número de profesores, aumenta la ratio de alumnos por aula, y esto precisamente no favorece una educación de calidad. Lo peor es cuando en uno de esos cursos te encuentras con ocho alumnos o alumnas que quieren aprender y 20 que no sólo no quieren hacer nada, sino que no dejan que los demás aprendan. Son los llamados ahora “disruptivos”, que siempre han existido, pero que ahora suelen ser la mayoría. Es una situación angustiosa tanto para los interesados como para el profesor/a al que le gusta enseñar pero no puede. Si es cierto que el autoritarismo no es de recibo y que hay que convencer y no que castigar, también lo es que es imprescindible una mínima disciplina en clase para poder avanzar.

Si a un profesor de Instituto le faltan horas de su asignatura para completar el horario, debe hacerlo con otras materias “afines” que no siempre son tan afines, porque una vez tuve una compañera de historia que tenía que completar con francés, idioma del que no tenía ni idea. Lo pasaba muy mal en las clases, y al final se dio de baja por depresión. Pero ocurre que las bajas no se cubren con un sustituto/a hasta al menos 15 o 20 días después de haberse producido. No hay tampoco en general climatización en los centros, por lo que cuando hace más frío el alumnado debe permanecer con el abrigo y los guantes puestos en clase y en verano sufre lipotimias por el calor, ahora que avanza el cambio climático, sobre todo, claro está, en Andalucía. Hay demasiadas aulas prefabricadas, faltan orientadores, faltan plazas de ciclos formativos, con lo que a veces el alumno o alumna se ve obligado/a a cursar unas materias que en realidad no le atraen. Así es normal que figuremos siempre año tras año en los últimos puestos del informe Pisa.

Este tema intenta soslayarse diciendo que se han elegido —qué casualidad— para realizar las pruebas relacionadas con los informes los centros ubicados en las zonas más desfavorecidas, y hace unos años se intentó implantar algo así como “un plan de calidad” que consistía en resumidas cuentas en que el profesor/a ganaba más dinero a más aprobados que diera en su asignatura. En el centro de Chiclana en el que yo entonces trabajaba se votó esta medida en claustro, y, aunque había algunos profesores a favor, se rechazó por mayoría, ya que no nos parecía para nada ético. No es extraño que la mayoría de los docentes esté contando los años y hasta los meses y los días que le faltan para la jubilación.

Y es que se hace depender el éxito en el aprendizaje exclusivamente del profesorado, se le agota con una burocracia insoportable, se convierte a los Institutos en una expendiduría de títulos que no reflejan una aptitud o unos conocimientos reales. Estos dependen también del esfuerzo del alumno/a, un esfuerzo al que no se da importancia alguna. Y si bien hay que desterrar totalmente aquello de que la letra con sangre entra, no es verdad que se aprenda sólo jugando y divirtiéndose —que también—, pero lo cierto es que no se puede aprender sin estudiar. Cosa distinta es que haya que renovar continuamente los métodos pedagógicos, de manera que las clases no se conviertan en meras lecciones magistrales, sino en una actividad compartida, participativa y lo más entretenida posible.

Hay que decir además que está bien que la educación sea comprensiva y no selectiva, pero que en la ESO pueda pasarse de curso “por imperativo legal” (P.I.) sin haber aprobado hasta dos asignaturas o que se pueda obtener el título —novedad de este curso— sin haber aprobado dos materias, siempre que las dos no sean a la vez Lengua o Matemáticas y sin necesidad de presentarse a los exámenes de septiembre, deriva en que el alumnado recurra a la picaresca y abandone de entrada dos asignaturas, sabiendo que al final va a tener el título de todas formas, y es a la vez  una bonita forma de maquillar las cifras del fracaso escolar.

Por otro lado, estos estudiantes pueden llegar al Bachillerato e incluso terminarlo, y no exagero, sin entender lo que leen o con unas garrafales faltas de ortografía. Esto se llama analfabetismo funcional, y favorece no una educación pública de calidad, sino el que seamos y sigamos siendo en el futuro un país de servicios, donde existe el mayor número de camareros de Europa —sólo en temporada alta, eso sí—, y el que los ciudadanos sean facilmente manipulables en todos los sentidos, que es de lo que en realidad se trata. Aquí me viene a la memoria la importancia que desde los ilustrados se ha dado a la educación, el cómo los maestros anarquistas iban por los cortijos enseñando a leer y a escribir, algo que los terratenientes llegaron incluso a prohibir, porque sabían el peligro que entrañaba para ellos. Y sigue siendo así.

Otra cuestión es que ahora la infancia y la juventud no se educa sólo en la familia o en el aula, sino sobre todo a través de la televisión, donde se considera que una jaula de grillos donde nadie escucha a nadie es un debate y donde  predominan las violentísimas series americanas. Y sobre todo los chavales se socializan a través de las redes sociales, donde se insulta, se descalifica, se agrede e incluso se viola, o a través de los videojuegos, en alguno de los cuales el ganador es el que mata al mayor número de prostitutas. Es un escenario deshumanizado, donde la realidad se confunde con lo virtual. Se normaliza así la violencia como respuesta válida ante cualquier problema o contrariedad de los que hay tantos en la vida, porque no se aprende a manejar la frustración, porque nunca te han dicho que no en tu casa, y cuando te lo dicen en otra parte, eres incapaz de soportarlo.

De ahí los cada vez más numerosos casos de agresiones al profesorado incluso por parte de los padres y los de acoso y/o maltrato entre adolescentes —incluidas las niñas, que imitan así la conducta de sus compañeros varones—, que a continuación  se suben a las redes sociales para que todo el mundo lo vea. Casos que llegan a veces al suicidio, como el de Jon, el adolescente vasco que hace 13 años no pudo aguantar más, o recientemente el de una niña de sólo 12 años. Recuerdo también el caso de las dos chicas de un Instituto de San Fernando que asesinaron a una compañera para ver qué se sentía al matar a un ser humano. A mí se me pusieron los pelos de punta, y creo que es algo preocupante, que cuando menos debería hacernos reflexionar acerca del tipo de sociedad que estamos construyendo. Afortunadamente no es algo generalizado, pero la luz de alerta lleva tiempo encendida.

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