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A Puigdemont, Junqueras y Forcadell habría que decirles que en democracia son los ciudadanos los que pueden declararse insumisos, no los políticos.

Ningún nacionalismo ha contribuido a un mundo mejor. El único que he conocido, el español, se cobró cientos de miles de muertos e instauró una cruel dictadura durante 40 años. Por eso cuando se llama a la movilización en nombre de la patria hay que mirar quien toca la corneta, qué intereses defiende y adónde te quiere llevar. En general, las patrias me dan repelús porque casi siempre buscan legitimarse contra otras patrias, recurriendo a la movilización de emociones, de sentimientos (a veces de odio), prometiendo el cielo y apelando al corazón y no al cerebro. En un reciente viaje a la antigua Yugoslavia comprobé hasta donde puede ser letal la exacerbación extrema de los nacionalismos.

En la Piazza de la Unitat de Rávena hay una imagen de una mujer pintada en una ventana desplegando una bandera de Italia. Estos días se ven Jerez banderas españolas en algunos balcones (no sé qué se conmemora) y a mí esa imagen no me resulta tan amable como aquella, todo lo contrario. Conviene recordar que tras la derrota de Hitler y de los países del Eje en la II Guerra Mundial, Benito Mussolini, el Duce, fue ejecutado y luego colgado en el techo de una gasolinera junto a su amante, Clara Petacci y a dos de sus lugartenientes fascistas. Aquí el dictador, el Caudillo, murió en la cama, enfundado en la bandera roja y gualda, y hoy reposa con todos los honores y “bendiciones” en la “pirámide” del Valle de los Caídos que se hizo construir en vida a costa de la de miles de presos republicanos. 

La cuestión es que el franquismo sigue muy presente en la sociedad española y cuenta con muchos altavoces y espacios de impunidad, y que ese déficit democrático no lo ha resuelto la Constitución en sus  40 años de vigencia. Del “glorioso” movimiento nacional, y sus crímenes, y de la muerte biológica de la dictadura —que ni en la transición ni después ha recibido una condena firme y solemne del Estado— vienen los lodos que enfangan la relación con Catalunya y en los que el PP —parafraseando a mi difunto tío Manolo— se encuentra “más a gusto que un cochino en un charco”. La prueba es que algunos de sus dirigentes y cargos públicos se muestran “emocionados” cuando oyen los gritos de “viva Esssspaña” y “a por ellos” que estos días atrás despidieron a los policías y guardias civiles que marchaban a Catalunya a secuestrar urnas y papeletas. ¡Qué miedo!

A Puigdemont, Junqueras y Forcadell habría que decirles que en democracia son los ciudadanos los que pueden declararse insumisos, no los políticos

Considero que los catalanes deberían tener derecho a decidir, como cualquier territorio de España, pero “todos” los catalanes. Y ahí incluyo a los representados por los diputados y diputadas que hubieron de abandonar el Parlament en el debate exprés de la ley de referéndum ante la imposibilidad de defender sus posiciones respecto al proces. Si los catalanes no se encuentran cómodos en España tienen derecho a plantear libremente que se quieren ir. No hace falta ningún otro relato que apele a supuestos agravios de hace 300 años, ni esgrimir su discutible victimismo frente a una España que “les roba” y no les deja “ser libres”. Pero lo que sí es imprescindible  es que en esa trascendente decisión participen el 100% de los catalanes. Nada de eso ha sucedido y la desgracia es que se les responda con la Fiscalía y la Guardia Civil, de manera que en vez de propiciarse mesas de diálogo, asistimos a una pelea donde banderas de España (algunas con el aguilucho) y senyeras esteladas, se baten a estacazo limpio.

Negar la existencia de un profundo sentimiento catalán que no se identifica con España es un empecinamiento baldío. Pero conviene recordar que la burguesía catalana, que ha gobernado casi en exclusiva la Generalitat a través de Convergencia i Unió (siglas diluidas en la corrupción y hoy rebautizadas como PDeCat), no ha tenido reparo en aceptar la España constitucional y ha pactado a conveniencia desde el año 1978 con todos los gobiernos del estado español y vendido la identidad y el catalanismo a cambio de privilegios, dinero e impunidad (desde Banca Catalana, al 3%). Ahora a esas élites herederas del pujolismo se les ha unido en su defensa del referéndum Esquerra Republicana de Catalunya —posiblemente los únicos que han sido coherentes en sus demandas de independencia estos  años— y también una masa de jóvenes de movimientos alternativos, liderados por la CUP, que reivindican, con la excusa del independentismo, un cambio a mejor. 

Catalanes notables, como Josep Borrell o el historiador Josep Fontana, han explicado con claridad que ni la Constitución, ni el tratado de la Unión Europea,  ni las resoluciones de la ONU permiten la secesión de Catalunya. Desobedecer las leyes es legítimo en regímenes totalitarios, en los que no hay cauces democráticos para cambiarlas. Pero a Puigdemont, Junqueras y Forcadell habría que decirles que en democracia son los ciudadanos los que pueden declararse insumisos, no los políticos. De lo contrario, para qué sirve la política. Y también habría que explicarles que confundir España con el Partido Popular es un insulto, especialmente para quienes jamás votaremos a esos “patriotas” inmersos en más y más escándalos de corrupción, que han esquilmado España y actúan al dictado de intereses puramente económicos. 

Algún día deberíamos tener derecho a  decidir la forma del Estado que hoy  “consagra” esta Constitución viejuna pactada con el franquismo. Para ello haría falta  que la izquierda se uniera en los parlamentos y en la calle. Ese día yo votaría por una República  Federal y, de presentarse, elegiría a Borrell de Presidente. Pero la izquierda ha renunciado a su ideal internacionalista solidario y a la lucha por la globalización de la felicidad y, estos días, está más perdida que nunca.

Me encanta Catalunya, adoro Barcelona y disfruto viendo jugar al Barça. Toda mi vida  he combatido la catalanofobia cateta e ignorante de esa gente a la que le fastidia que los catalanes sueñen y se expresen en su idioma, esa misma catalanofobia que hoy rebrota por muchas esquinas de una España que a mí hoy, querido pueblo catalán, tampoco me gusta. 

Posdata: Te quiero, Joan Manuel Serrat.

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