La Mezquita de Córdoba, en una imagen de Cristobal J. Rus Ramirez (flickr.com)
La Mezquita de Córdoba, en una imagen de Cristobal J. Rus Ramirez (flickr.com)

Las guerras de la Edad Media, llamadas “re-conquista” por la historia oficial, y los historiadores nacionalistas-españoles, ni fueron ninguna reconquista ni guerras de religión. Ese concepto se añadió mucho después. Sí son ciertas dos cosas: 1) Alfonso III, rey de León, quiso dotarse de legitimidad en su interés en conquistar territorios y se declaró a sí mismo “descendiente de los antiguos reyes de Toledo”. Los reyes de Toledo los reyes godos, nunca se consideraron “Reyes de Hispania”, ese es un título adoptado por los emires y califas de Córdoba. Los reyes godos siempre limitaron su “realeza” al que llamaron “reino godo de Toledo”. Porque no se consideraban hispanos. No lo eran. De llamarse “reyes de Hispania” habrían sido ilegítimos, porque, como invasores, despreciaban a la población autóctona y durante los trescientos años de ocupación de territorio peninsular, desde que aparecieron por la actual Gerona hasta la dominación de la península en 670, se mantuvieron separados. Ni siquiera el decreto de Leovigildo, que permitía las uniones matrimoniales entre godos e hispano-romanos (o simplemente peninsulares), ni siquiera ese decreto sirvió para unificar dos comunidades enfrentadas, porque una de ellas, la ocupante, exprimía, explotaba, robaba literalmente a la autóctona. Aquello no eran “impuestos”. Los godos impusieron el robo al obligar a los nativos, bajo pena de muerte, a entregarles las dos terceras partes de todo el producto de la tierra.

Ese es el panorama de la alta Edad Media. El panorama despejado cuando la batalla de La Janda terminó con la vida del último rey godo y con el imperialismo de estos depredadores teutones. Los seis siglos siguientes en el Valle del Guadalquivir, ocho en la Penibética, se caracterizan por todo lo contrario: con todos los desajustes que pudieran darse en una sociedad medieval, a pesar de los intentos de martirologio voluntario de algún arcediano. la convivencia fue real. Tanto que emires, califas y reyes de taifas, mantuvieron un consejeropor cada una de las tres religiones que practicaban los fieles. Las propias religiones fueron tolerantes entre sí, como demuestra que en aquellas localidades dónde sólo había mezquita, fueran cedidas el sábado a judíos y el domingo a cristianos para sus cultos específicos.

El cambio, una vuelta atrás, empezó en 1212. La batalla de las Navas de Tolosa abrió una nueva etapa a la conquista de al Andalus. A ella y a partir de entonces, se sumaron los reinos peninsulares y europeos, mesnadas y aventureros, con el fin obtener el “perdón de sus pecados”, ya que Inocencio III, el que ordenó la matanza de albigenses, declaró cruzada la conquista, ante la imposibilidad de obligar a los andalusíes a aceptar el nuevo rito romano, que colocaba la autoridad papal por encima de los reyes y del Emperador. No obstante, la primera etapa, desde la conquista del Valle del Guadalquivir por Fernando III hasta la de Granada por los reyes “católicos” fue menos dañina, menos destructiva –salvo en el reparto de la tierra a los nobles conquistadores, hecha por el rey leonés-, sin duda debido al carácter más cultural que guerrero de tres de sus reyes: Alfonso X, Pedro I y Enrique IV. Con los reyes de Castilla-León y Aragón-Cataluña, empezó la esclavitud de Andalucía, pese a no haberse incorporado el territorio andaluz a la corona leonesa, porque las capitulaciones, no rendiciones, convertían en rey al castellano-leonés. La anexión fue posterior, más lenta, ilegal e irregular.

Los templos del culto islámico pasaron al cristiano al declararse hereje la religión de Mahoma. Pero esos templos, cedidos a la iglesia católica en usufructo, no cambiaron su propiedad hasta final del siglo XX, con la irregularidad, posible y segura ilegalidad, de ser inmatriculados sin más requisito que la firma del Obispo correspondiente y el pago de unos 30 euros a cambio de inscribirlos a su nombre.

Monseñor José Asenjo, el obispo que, en “gracia congraciada” con el PSOE entregó Cajasur a la oligarquía vasca y uno de los principales promotores de las inmatriculaciones, quiso rematar la obra de Manrique, el otro obispo, el que destrozó “Lo que es único en el mundo para poner en su lugar lo que se podría haber hecho en cualquier sitio”. Asenjo se apropió la Mezquita, un Bien del Común, acción de muy dudosa legalidad porque lo que es del común no es de nadie, porque es de todos.

Asenjo, al ser elevado a Arzobispo de Sevilla –su máximo nivel de incompetencia-, continuó su labor evangelizadora apropiadora; ahora la Giralda y el Patio de los Naranjos, plaza pública, son “propiedad” del Estado Vaticano, igual que la Mezquita y otros miles de lugares en toda la Archidiócesis. El PSOE no tiene bastante con hacerse el sordo ante la apropiación indebida de bienes comunes, y permitirle hacer caja con el Patrimonio de la Humanidad. El Ayuntamiento de Sevilla ha comunicado su intención de nombrar al Arzobispo “Hijo adoptivo”. Mucha oposición se está encontrando el conservador Espadas –querrá conservar la estirpe de su apellido proveniente de aquellos “fieros” conquistadores”-. Oposición no por tratarse de un Arzobispo. Nadie en Sevilla se habría opuesto al nombramiento de Bueno Monreal, ni al de Amigo Vallejo. Ni, menos aún, al de Spínola. Sevilla no quiere adoptar al inmatriculador, al principal responsable de la expatriación de Cajasur, al culpable de la desaparición del cardenalato en Sevilla, al político con sotana, aunque sea eso el mayor atractivo para los espaderos pseudo socialistas.

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