Una reunión del Gobierno, durante la pandemia. FOTO: LaMoncloa
Una reunión del Gobierno, durante la pandemia. FOTO: LaMoncloa

El Gobierno no es culpable de todo, sólo de lo que hace y lo que no hace. Por ejemplo, mantener el cambio de hora o no acabar con el juego, después de que hace un año la UE decidiera eliminar tan inútil como grosera norma, porque es útil para simular que los gobiernos se preocupan por el bienestar, pero como sólo buscan acostumbrar a obedecer sin preguntar siquiera, con las consecuencias de este virus coronado ya deberían darse por satisfechos. A los mandamases es adjudicable su labor, buena o mala, su capacidad de prevención, sus leyes, sus acciones.

Los virus, en cambio, nadie sabe de dónde vienen, aunque todos sabemos ya a dónde van. Pues, vuelta a las responsabilidades, las de las actitudes personales corresponden a quienes las adoptan. Por ejemplo, no se entienden los insultos de una ciudadana –que no debe haber conocido escuela alguna- por pedirle dé sólo un par de pasos para respetar la distancia de seguridad. No se entienden, pero deberían ser entendibles en un Juzgado y sin pacto previo. Como tampoco de quien impone por su cuenta permitir una sola persona en un espacio superior a 30m2 y los demás a la calle -será para que puedan llevar dentro el virus bien envuelto y preparado para “su uso”- ni a quien, en el extremo opuesto, se empeña en permitir el máximo de personas autorizado para circunstancias normales, pese a que ello impide respetar distancias mínimas en cruces, espacio entre lineales y cajas. Ni la de quien, solo en la tienda, se niega a salir, de palique con el/la dependiente, sin importarle cuantos puedan estar en la calle, esperando para entrar.

Esos comerciantes estarán muy preparados, o tendrán una situación comercial envidiable para el negocio o para cualquier actividad económica. Pero en sociedad y sociabilidad suspenden con estrépito. Su proceder no deja de ser incívico, insolidario y peligroso, amparados en su difícil localización, porque está claro que la policía no puede estar en todas partes, menos aún llegar mientras ocurre el caso. O no está acostumbrada a tanta diligencia. Por cierto: si los ingresos aumentan en Sevilla, ¿por qué no vuelve, al menos, una sección de la UME? ¿Estarán esperando a traernos la Legión con blindados, como en otros lugares? Pues pasar del Estado de Alarma al de Sitio no aporta nada, pero amedrenta, que no debería ser el objetivo de la autoridad.

Como siempre, hay escalas. Es lo peor. Los bancos aprovechan para reforzar su disfraz de cordero en forma de campaña publicitaria buenista, tras el que guardar ideas retorcidas e intenciones falsas, y para animar al uso de banca online y así llevar a la gente a apoyar más cierres de oficinas. Resalta la insolidaridad bancaria, que ha obtenido mantener la potestad para aprobar o rechazar posibles ayudas a PYMEs y autónomos. Como magníficos campeones de la especulación, así podrán denegar a su entera voluntad créditos incluso avalados. Será para poder castigar a posibles empresarios insurgentes (a quien proteste me lo cargo), o a sus enemigos políticos, económicos o sociales.

Destaca la insolidaridad de representantes empresariales de todo tipo, pendientes tan sólo del beneficio, aún a costa de la salud y la extensión de la pandemia; porque con las últimas normas no pierden, solamente postergan unos meses el beneficio, pero su impaciencia por acumular es más fuerte que el bienestar común. Actitudes incívicas mucho más que peligrosas, porque vienen de grupos económicos muy grandes, que están demostrando la necesidad de fortalecimiento de los gobiernos, pero no para callar a la gente en beneficio de esos grupos, sino para eliminar el peligro que esos grupos representan. Un “New Deal”, una buena ley anti trust, pero actualizados y reforzados está demandando la sociedad actual.

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