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Brutal. Ha sido brutal. Antes de seguir me gustaría deciros que no esperéis una crónica redactada al mínimo detalle. Tampoco un reportaje con las mejores declaraciones y momentos de lo allí vivido. También os pido disculpas por si lo que vais a leer a continuación carece de carácter periodístico. Pero es que hoy no sé escribir de otra forma. O mejor dicho, no me apetece hacerlo.

Me limito a poner los dedos sobre el teclado y a abrirme en dos, para canalizar e intentar hacer sentir todo lo que se ha palpado. Como decía al principio… ha sido brutal. Cuando parecía que el temporal iba a jugar una mala pasada, la madre naturaleza como mujer que es, aparecía dejando caer unas cuantas de gotas que mostraban que el cielo también llora por la desigualdad. Pero esto era solo el preámbulo, luego nos dejaría paso y permitiría que las calles de Madrid se convirtieran en una pasarela.

Porque sí, ha sido la pasarela de las mujeres, del negro y del morado, de las voces silenciadas y de la lucha constante. Los coros al unísono ponían el vello de punta, los saltos al compás hacían temblar los corazones que latían al mismo pulso. Hablar de manifestación es quedarse corto. Es mejor reflexionar sobre lo que se siente cuando te encuentras en mitad de un escenario que durante unas horas va a ser tu mundo.

Al caminar y al gritar te sientes victoriosa, como si la lucha ya se hubiese conseguido y la protesta fuese un mero recuerdo de las injusticias del pasado. Además, al ver tanta gente, te paras a pensar si es posible tener una opinión diversa a la vuestra. Y llegas a la conclusión de que no. No hay otra forma de pensar, pues el feminismo no es una opción.

Creo que a estas alturas no es necesario definir el concepto. Probablemente quien vaya en contra de tal término es porque no quiere entenderlo. En el caso contrario, se preocupará de buscar en qué consiste, y por qué no es el antónimo del machismo. Por tanto, saltándonos este paso, diré que todos deberíamos de ser feministas.

Si aún no lo tenéis claro, no tengáis miedo. Os animo a que os unáis el año que viene a la próxima manifestación y comprobéis que no es ningún tipo de enfermedad. Que las mujeres que acuden son “normales”. Son altas, bajas, rubias, morenas… a unas les gusta la danza y a otras… ¡hasta el fútbol! Las hay que no se depilan, otras que prefieren hacerlo. Algunas llevan minifaldas, y otras portan el hijab. Es decir, hay diversidad, y ahí está la normalidad.

Os animo, de todo corazón. Vais a vivir una experiencia increíble. Vais a poder comprobar que con cada grito que se da en nombre de la justicia, el mundo se vuelve por unos minutos más bonito. En la belleza de la marcha, con nuestro caminar, aparece una de las grandes protagonistas: la Historia. Gracias a ella conseguimos recordar y poner nombre a todas las mujeres por las que hoy alzamos la voz.

En la belleza de la marcha, con nuestro caminar, aparece una de las grandes protagonistas: la Historia. Gracias a ella conseguimos recordar y poner nombre a todas las mujeres por las que hoy alzamos la voz

Y es que… no solo gritamos por nosotras. Lo hacemos por nuestro pasado, por aquellas que un día vieron que la otra mitad, la que no estaba formada por hombres, estaba siendo silenciada, violada, torturada y machacada. Lo hacemos por nuestras abuelas, que creían que soportar era la mejor opción. Lo hacemos por nuestras madres, que compaginan trabajo laboral y trabajo en casa, como si fuese un binomio irrompible. Lo hacemos por Dolores, que la edad no le permite acordarse del sufrimiento que fue perder a su hijo y hacerse cargo de una casa. Lo hacemos por Carla, que ha aprendido que tener más o menos peso no equivale a ser guapa. Lo hacemos por Elena, que dijo “no” cuando no le apetecía acostarse con su novio. Lo hacemos, sin más.

Lo hacemos por nosotras, porque ya está bien. Porque en cada paso que hemos dado hemos querido desaprender la educación de antaño para adquirir la educación de la tolerancia. Nos queda mucho por hacer, pero continuaremos, porque tras lo vivido hoy te das cuenta de que merece la pena. Da miedo volver a la vida real, pues parece que la manifestación haya sido un cuento, con principio y final feliz. Un 8 de marzo que no quieres que termine y que pides que dure los 365 días del año.

Por último, y aunque probablemente no lean esto, me gustaría dar las gracias a cada una de las sonrisas cómplices que me han devuelto hoy. Era la manifestación de la sororidad, del respeto entre iguales, y de una mitad incansable con ganas de pelear porque la revolución tiene un nombre, y se llama feminista.

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