12966406_1035007589902786_687852467_n
12966406_1035007589902786_687852467_n

Se cumplen 65 años de la presencia en Jerez de las fuerzas policiales que derivaron en lo que hoy es el Cuerpo Nacional de Policía. Celebramos la efeméride reuniendo a un agente jubilado, otro aún en activo y a un joven que aspira a formar parte de la institución.

Madurez y experiencia junto a juventud e ilusión. En el coqueto salón de actos del Palacio de los Condes de Puerto Hermoso, sede de la comisaría desde 1976, se mezcla el pasado, presente y futuro del Cuerpo Nacional de Policía.

Entre Pepe Escamilla y Alberto Pérez hay mucho más que 41 años de diferencia. Hay muchas historias, anécdotas y momentos de peligro. El primero es un subinspector ya jubilado y el segundo, un aspirante que espera poder seguir sus pasos. Junto a ellos, Francisco Álvarez, el eterno segundo comisario que apura los últimos meses en activo antes de seguir los pasos de Pepe.

Lavozdelsur.es los ha reunido cuando la ciudad celebra los 65 años de la presencia de esta fuerza policial, constituida como Cuerpo Nacional de Policía en 1986 tras la unificación del Cuerpo Superior de Policía y la Policía Nacional. Antes de su actual ubicación en el Arroyo, fue la plaza Silos la que albergó al por entonces Cuerpo General, mientras que la plaza Belén fue sede de la Policía Armada. Ambos cuerpos trabajaban a la vez, si bien los primeros de paisano, como policía secreta, y los segundos uniformados.

Francisco Álvarez (León, 1951) conoció la antigua comisaría de Silos. Llegó a Jerez en 1979 con idea de quedarse seis meses porque aspiraba a trabajar en una localidad más grande, pero acabó prendado de la ciudad hasta el punto de que, cuenta, ya no se moverá de aquí. Al principio casi le entran ganas de irse. “Me encontré una comisaría con gente muy mayor y una manera de trabajar muy diferente y primitiva. Sólo en preparar la máquina de escribir para una denuncia tardaba cinco minutos”. Afortunadamente para él, pronto cambiaron las cosas. “De una tacada llegamos muchos inspectores jóvenes y Jerez me acabó enganchando”.

Uno de esos nuevos agentes fue Pepe Escamilla. Aunque nació en Córdoba en 1949, llegó a Jerez en 1975, siendo su destino la plaza Belén, donde estuvo tres años antes de ser trasladado a Bilbao, en los duros años de plomo con la banda terrorista ETA en pleno apogeo. Fueron seis largos años hasta que regresó a nuestra ciudad para desarrollar toda su carrera, con un breve paréntesis de un año en Las Palmas.

La veteranía de Pepe se refleja en los uniformes que ha vestido -“entré de gris, fui marrón y acabé de azul”, señala como curiosidad- y en la manera de trabajar: “Desde que entré hasta que me jubilé ha cambiado todo”. Eso sí, “la delincuencia siempre ha existido”. Él, casi siempre en el Grupo de Estupefacientes, recuerda especialmente la época mala de la heroína en Jerez, “los muchísimos registros” en el Polígono de San Benito, San Telmo o Rompechapines y todo lo que venía aparejado con la droga, como robos en comercios, en bancos y tirones.

Mientras hablan los dos veteranos agentes, Alberto Pérez (Jerez, 1990) atiende con especial atención. “En un rato escuchándolos aprendes más que en la academia”. Hijo de un matrimonio de policías locales, dudó entre dedicarse a algo relacionado con Salud y Deporte (estudió Inef), o la Policía. Al final, acabó decantándose por lo segundo. “Era lo que veía en casa. Con 16 o 17 años ya lo tenía bastante claro”. Si todo va bien y aprueba las oposiciones acabará en Ávila, donde tras nueve meses en la academia tendrá por delante un año de prácticas. “No tengo ninguna preferencia, pero en principio me gustarían Madrid o Barcelona, y si no Jerez”.

Pepe escucha al joven y recuerda sus tiempos en el distrito madrileño de Canillas, donde se formó. “Por entonces te preparabas más en táctica policial y había mucha instrucción. Ahora ha cambiado todo mucho. Los que entran en la Policía llegan con sus carreras hechas y salen muy preparados, aunque les falta calle”.

La Policía de antes y de ahora

Con la unificación del cuerpo en 1986 se produjo un salto en la carrera de Francisco Álvarez, que pasa a coordinar los Grupos de Investigación Ciudadana. “Escogí a treinta hombres, los más jóvenes y competentes. Dieron un resultado extraordinario”, recuerda con orgullo. Entre ellos, por cierto, estaba Escamilla.

Se hizo un gran trabajo, aunque los medios no fueran los actuales. Prácticamente no había vehículos camuflados y los patrulla no tenían las comodidades de los actuales. La manera de trabajar también ha cambiado a mejor. Pepe recuerda, por ejemplo, largos turnos de 24 horas seguidas trabajando, aunque luego se compensaban con otras 24 de descanso. Aunque en ese caso, los que peor lo llevaban eran sus familiares. “Ahora hay móviles, pero imagina esos tiempos en los que no había y tenías que hacerle un seguimiento a alguien desde Sanlúcar y lo mismo acababas en Burgos detrás suya, y tu familia sin saber nada”.En los años 90 Álvarez dirigiría a 199 agentes en la jefatura de la Brigada de Seguridad Ciudadana. En esa década llegarían algunos de los casos que más le impactaron. El del hippie, un hombre que apareció enterrado en la carretera del Calvario, o el de la viña El Telégrafo, con una chica a la que hallaron muerta con un sarmiento de vid en la vagina. Ambos se resolvieron, si bien con mayor dificultad en el caso del segundo porque el autor de los hechos carecía de antecedentes. Eso sí, la espina que tiene clavada es la del caso Holgado. “En el año 95 no sabíamos nada del ADN, había procedimientos que no existían y disponíamos de muchos menos medios identificativos”, señala, reconociendo también que se cometieron muchos errores que siguen pesando a día de hoy. Aún así, reconoce que todos los casos los afronta de la misma manera. “Para mí todos son importantes y los miro desde el mismo prisma”. ¿Llega a afectar personalmente un caso más que otro? “Lo mejor es que eso no pase, porque si no puede afectar directamente a la investigación. Los nervios deben entrar después de la intervención. Además, yo puedo presumir de que no me pongo nervioso nunca”.

Y aunque esta profesión no está exenta de riesgos y de momentos difíciles, hay otros más agradecidos. Como el de esa pareja de agentes que encontró a un bebé en el vertedero de Las Calandrias y lo acabó adoptando, recuerda Pepe. Y es que cuando hay niños de por medio todo cambia. “Es lo primero en lo que nos fijamos cuando hacemos un registro”.

Más que una profesión, un modo de vida

El 2 de diciembre está marcado en rojo en el calendario de Francisco Álvarez. En ese momento habrá puesto fin a su carrera en activo, una profesión que tenía clara desde que era un crío, aunque su padre le insistiera en que fuera militar. Tocará descansar, aunque sabe que morirá siendo policía, al igual que le ocurre actualmente a Pepe. “Más que una profesión, esto es una forma de vida y aunque te jubiles siempre actúas como policía. A mí me pasa, que voy por la calle y voy pendiente a todo, y si veo a alguien con mala pinta o haciendo cosas raras lo sigo a ver qué hace. Es deformación profesional. Te acabas dando cuenta de que vemos cosas que los demás no ven”. Eso sí, Pepe reconoce que también la jubilación le permite disfrutar de cosas que antes no podía hacer. “Ahora estoy echando una mano en el centro de mayores de Las Angustias y estoy la mar de contento”.

Alberto, que todavía ni siquiera tiene la placa, también piensa igual que Francisco y Pepe. “Lo espero todo de esta profesión y desde fuera lo veo como una forma de vivir que comporta grandes responsabilidades profesionales”.

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído