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Conocemos a David Castro, cuarta generación de marmolistas que da forma a las lápidas que luego lucirán en el cementerio de Jerez. "No me dan miedo los muertos, me dan más miedo los vivos", sentencia, seguro de lo que dice.

Desde prácticamente la Cruz Vieja se oyen sonidos de rotaflex y cortadoras. No son nuevos, desde luego. Desde hace más de un siglo, en la calle Pollo, cuatro generaciones han trabajado el mármol, sobre todo para darle forma a miles de lápidas que hoy lucen no sólo en el cementerio de Jerez, sino en buena parte de la provincia de Cádiz e incluso en Sevilla. David Castro García, de 40 años, lleva más de 25 años en el negocio. Cuando quedamos con él, lo encontramos en su taller. De pequeño tamaño, encontramos diferente maquinaria para trabajar y manipular las piezas. Las paredes lucen blancas, por el polvo. En una de ellas, pósteres de fútbol, de la Selección Española, que recuerdan la heroica victoria en el Mundial de Sudáfrica y del Real Madrid de los galácticos, así como alguna que otra portada de Interviú, con Terelu Campos luciendo en todo su esplendor.

Pero lo que más llama la atención es el fresco que adueña toda la sala, en comparación con el calor de la calle. En los días previos a la festividad de Todos los Santos y Fieles Difuntos el trabajo se acumula, a pesar de que hoy día muchos son los que prefieren la incineración al tradicional entierro. Así y todo, aunque esto acaba repercutiendo negativamente en el negocio, se puede decir que la crisis no ha llegado a Mármoles Rey, que así es como se llama la empresa que regenta David Castro. Y es que, a menos que se descubra el secreto de la inmortalidad, la gente va a seguir muriéndose a diario.Los muertos no me dan miedo, me dan más miedo los vivos”, sentencia David cuando le preguntamos si no le da un poco de yuyu el estar siempre entre el cementerio y su taller, rodeado de lápidas. “Cuando empecé sí que te da un poco de reparo, pero con el tiempo ya se pasa todo. Es más, el mejor sitio para trabajar es el cementerio. Si quieres paz y sosiego, es el mejor sitio. Ahí escribes un libro en dos días. Ojalá pueda jubilarme en esto”. David tarda relativamente poco en tallar una lápida. El texto que luce en ella se hace en apenas 30 minutos. Otra cosa es tallar una imagen. Eso ya es un trabajo de precisión, y dependiendo del material y del tipo, se pueden llegar a tardar entre 80 o 90 horas. Pero esos trabajos ya no abundan. El precio, unos mil euros, echan para atrás a casi todo el mundo.

Le preguntamos por alguna anécdota. David nos dice que tiene muchas. Recuerda aquella vez que tuvo que ir al cementerio a arreglar una treintena de lápidas, después de que una secta entrara de noche en el camposanto e hiciera destrozos. O sobre las muchas veces que, poniendo una lápida, ha notado sombras a sus espaldas. “He visto cosas raras, la verdad, algunas las puedo contar, pero otras prefiero quedármelas para mí”. También se acuerda de aquella vez que fue a El Palmar de Troya, también por trabajo. “Llegué a conocer al Papa Clemente. Y fíjate que es de los mejores curas que me ha tratado. Ha sido el único que, trabajando, me ha llevado todos los días un bocata. ¡Y encima de jamón!”

Cuando llega la parca, da igual si eres rico o pobre. David le ha trabajado a todo el mundo, incluidos señoritos, condes y algún que otro bodeguero. De los epitafios que ha tenido que tallar, se queda con ese que decía “no lloréis porque me fui, alegraos porque me tuvisteis”, o aquel otro que rezaba: “Qué miras. Muerto estoy. Yo soy lo que tú eres, y tú serás lo que soy”. Y por último, pregunta obligada. ¿Hay vida después de la muerte? “Quiero creerlo. Desde luego, yo soy creyente”. 

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