Ser pastor en tiempos revueltos

Antonio y Juan salen cada mañana a pastar con sus ovejas, aunque confiesan que cada vez es más difícil: menos vías pecuarias por las que pasar y más zonas rociadas con herbicidas, sus principales enemigos

Antonio y Ana, con su rebaño al fondo. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Antonio y Ana, con su rebaño al fondo. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Suena el despertador, como cada día, a las seis de la mañana. Antonio se levanta, cada poco tiempo, en un lugar distinto. Ahora está asentado en una finca cercana a la barriada San José Obrero. Vive en una caravana la mayor parte del año. En ella afirma que está cómodo, ya se ha hecho a dormir ahí a pesar de que tiene una vivienda, a la que apenas va. Prefiere estar cerca de sus ovejas. Tiene casi 700 y con ellas está la mayor parte del día. Sobre las ocho de la mañana ya está preparado para salir. Antes ha repasado que todo el rebaño esté bien y que no falte ninguna. Alguna vez le han robado. Coge su bastón, la comida, la suya y la de sus perros, y el agua que beberán. Unos cuatro litros para Rosi y Charo, las dos perras que le acompañan. “Mis perros comen antes que yo, que trabajan mucho”, dice. Tiene al menos nueve, que van rotando según el día. “Descansan más que uno”, añade Antonio, que nada más llegar dice a modo de saludo: “Aquí estamos, luchando con esta vida dura y perra”.

Cada vez le cuesta más encontrar terrenos donde llevar a pastar a su ganado. Se le nota cansado. Pero no sabe, o no quiere, dedicarse a otra cosa. Confiesa que ha pensado en dejarlo “millones de veces”, pero luego recula: “Miro para atrás y digo: si lo dejo, ¿qué hago?” No le queda otra que luchar. Antonio Rodríguez, 52 años, comenzó hace doce con unas cuantas ovejas que poco a poco se han ido multiplicando hasta llegar a las 700 con las que cuenta ahora. A pastar saca unas cuantas menos. Tiene medio centenar que han parido hace poco y están cuidando de los borregos. Con unos dos meses de permiso materno tienen suficiente. Luego vuelven al rebaño.

Antonio no ha conocido otra cosa. Desde los seis años, cuando su padre, también ganadero, empezó a enseñarle el oficio, no ha dejado de ejercerlo. Al salir de la escuela, el poco tiempo que fue, se dedicaba a cuidar rebaños. Vacas, cabras u ovejas. “Soy alfabeto cúbico”, dice, “no sé leer ni escribir, conozco la a por el rabito”, cuenta Antonio, que desde su infancia solo recuerda haber hecho una cosa: “Luchar, luchar y luchar”. “Nos vamos a morir luchando”, abunda. Porque, aunque diga que ya le fallan las fuerzas, no piensa dejar de hacerlo. “¿Con 52 años quién te va a querer?”, se pregunta. Y se contesta solo: “Nadie”.

Ana, una pastora de nacimiento. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Él es pesimista: “La trashumancia se está perdiendo”. Es uno de los últimos mohicanos que resiste. Pronto llega la época de esquilar a las ovejas. De cada una saca entre un kilo o kilo y medio de lana, que se vende a 60 céntimos cada 1.000 gramos. “Ahora la están comprando los chinos”, apunta. A los corderos les logra sacar unos 50 euros. Hace poco ha tenido unas 40 ovejas que han tenido problemas al parir. Él dice que es por los herbicidas que rocían en muchas cañadas. “Luego cuesta mucho que se vuelvan a quedar preñadas…”, se queja. Y pide más protección para las vías pecuarias, que están invadidas. “No hay sitio para llevar a las ovejas, hay veneno por todos lados”, dice, y recuerda cuando, de pequeño, recibía a pastores que venían desde Ronda. "Ya eso se ha perdido".

Con él va Ana, hija de un amigo suyo, que le ayuda cuando puede. “Esto lo traigo en la sangre”, dice ella, a la que le relaja pasear con el ganado. Y la quita de su casa. “Vengo por distraerme”, apunta. Cinco años lleva ya en paro. Siempre ha trabajado en el campo. En viñas, campañas de remolacha, pipas… “Pero ahora no hay nada”, resalta, y también se queja del estado en que se encuentra el terreno donde están pastando las ovejas, a espaldas del McDonalds de La Granja. “Si estos animales están protegidos ¿por qué no hay comida para ellos? Esto da asco como está, con tanta basura, es un peligro para los animales”.

Las ovejas, mientras, como si la cosa no fuera con ellas, siguen pastando mientras su dueño hace balance de lo que le supone criarlas. “El que más trabaja es el que menos gana”, señala sin titubear, tras ver el precio al que se venden las patas de cordero en algunos supermercados. “Si vendes un borrego lo tienes que declarar y pagar el 21% de IVA”, señala también quien asegura que cada vez tienen menos ayudas. “Me gustan las ovejas, más que comer, porque yo sueño con las ovejas”, dice Antonio. Por eso, aguantará "hasta que Dios quiera".

Juan Pérez, natural de El Cuervo, aunque residente en Jerez desde hace cuatro años, decidió hace diez dedicarse a criar ovejas. “Empecé con diez y ahora tengo 800”, explica orgulloso. Antes tenía un cebadero de becerros, pero la subida del precio de los cereales y la bajada del de la carne hizo que tuviera que cambiar de negocio. “Fue una ruina”, recuerda. Él, como Antonio, se levanta bien temprano y está “todo el día fuera”. “Si no empeora, esto malo del todo no es”. Juan lleva desde pequeño criando ganado. “Esto lo tiene que llevar uno en la sangre, son muchas horas y es muy sacrificado. Aquí no hay fiestas”.

En una caravana, que ahora tiene aparcada cerca de Área Sur, duerme junto a sus ovejas. Lleva ya unos días, por lo que cambiará pronto de destino. “El próximo no lo digo, porque aquí no hay compañerismo y ya me han pisado el terreno más de una vez”, señala. En invierno va con otra persona, que le ayuda a cruzar el ganado por vías más estrechas. En verano, como se lleva a las ovejas a terrenos abiertos, se basta él solo.

“De aquí a 15 años no quedan ovejas en la comarca”, dice muy seguro Juan, que apunta que “no hay sangre nueva” en la profesión. Por falta de ganas de la propia juventud y de ayudas por parte de la Administración. “Se necesita mucho dinero, hay que arrendar una finca que tenga arboleda para que en invierno las ovejas tengan refugio, o una nave. Dan una subvención, pero como está la Junta cuando vaya a llegar será en tres o cuatro años”, se queja Juan. La Consejería de Agricultura organiza desde 2010 una escuela de pastores en distintos puntos de la comunidad para intentar garantizar el relevo generacional. Pero la gran inversión que supone iniciarse en este mundo echa para atrás a muchos aspirantes.

“Es un ganado que limpia mucho terreno”, explica Antonio. Y no le falta razón. Un informe elaborado por la Asociación Andaluza en Defensa de la Trashumancia recoge que “la ganadería extensiva y trashumante ha probado desde hace miles de años que es capaz de sostenerse a sí misma, de generar riqueza económica, social y ambiental al mismo tiempo” y anima a la sociedad a que “cambie de actitud y apueste por actividades más sostenibles que mitiguen algunos de los problemas ambientales que sufrimos en la actualidad”.

Para ello, reclaman, tienen que adecentarse muchas vías pecuarias que se encuentran en estos momentos impracticables o han sido invadidas. Entre otros beneficios, el paso del ganado por ciertas zonas “evita o disminuye la erosión, mejora la fertilidad del suelo, mantiene con vida los manantiales, fuentes y abrevaderos que de otra forma habrían sido olvidados, evita la contaminación biológica puntual, previene los incendios de forma eficaz y preserva la diversidad de razas autóctonas”, recopila el citado informe.

Pero, a pesar de las múltiples ventajas que supone su labor, cada vez van a menos. En Andalucía hay algo menos de 60.000 cabezas de ganado que trashuman por sus tierras, o lo que es lo mismo, apenas un tercio de las que lo hacían hace 20 años. Antonio y Juan resistirán mientras puedan.

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