Haciendo un remedo de aquella pregunta sobre las vírgenes y su número que se hacía el escritor francés Jean Cocteau, cabe preguntarse si alguna vez hubo en el municipio de Chiclana 3.500 hectáreas de viñedo... y la respuesta es que sí, que en algunos momentos del siglo XIX las tuvo. Se da el caso de que la ciudad celebra a lo largo de 2026 distintos actos para recordar que hace 150 años el rey Alfonso XII, pues eso, le dio carta de ciudad a Chiclana, entre otros motivos porque tenía 3.500 hectáreas de viñedo y, por supuesto, tenía la importante actividad bodeguera y económica en general que ese número de viñas genera.

Y viene a colación la pregunta con la que arrancábamos porque, en la actualidad, el número de hectáreas que hay en Chiclana no llega a las 100. No hay más. Es cierto que en la cooperativa se molturan viñas de Puerto Real, pero vaya, que estamos hablando de otras 20 ó 30 hectáreas. Si hablamos de bodegas, solo quedan tres con producción propia –Unión de Viticultores Chiclaneros (la cooperativa), Primitivo Collantes y Manuel Aragón– y una cuarta, Vélez, que centra su actividad en el ‘sherry cask’ (el envinado de botas para el posterior envejecimiento de bebidas espirituosas).

Chiclana siempre ha tenido una doble vía de comercialización de sus vinos: plenamente independiente o en relación con el Marco de Jerez, del que era zona de producción hasta que, a finales de 2022, se unificaron las zonas de crianza y producción, lo que ha abierto a las bodegas del municipio la posibilidad de etiquetar sus vinos como Jerez-Xérès-Sherry. Puede que, por volumen, la industria vinatera de Chiclana sea menor, pero no lo es en cuanto a valía y calidad. Los vinos de Primitivo Collantes (clave en el desarrollo de los vinos de albariza) y Manuel Aragón obtienen importantes puntuaciones en algunas de las principales guías vinícolas del mundo, como Parker.


Es evidente que hoy en día Chiclana centra su actividad económica en la industria y el turismo, pero tiene a la viña y el vino –como a la sal y la marisma– como una de sus principales señas de identidad. En este sentido, hace ya casi diez años que abrió el Centro de Interpretación del Vino y la Sal, en pleno centro de la ciudad, en una antigua nave de la bodega Primitivo Collantes que pasó a ser de propiedad municipal. Este centro, informa su coordinador, Juan Carlos Rodríguez, recibe del orden de 34.000 visitas anuales, de las que aproximadamente el 20% son turistas, el 8% (del total) son extranjeros, es decir, que la gente que viene de fuera no va solo a la playa o a jugar al golf al Novo Sancti Petri.

En el Centro de Interpretación el vino comparte protagonismo con la sal (con la marisma, con el mar) porque de alguna manera ambos elementos están enraizados entre sí. Los vinos de Chiclana tienen un punto salino que les da la marisma, el mar. “Aquí, a un metro de profundidad ya hay agua”, nos comenta Rodríguez, pero esa frase, se puede decir que exactamente la misma, palabra por palabra, la comentará media hora después José Reyes, el presidente de la cooperativa, cuando visitemos sus instalaciones.

Los fondos del Centro combinan documentación histórica –hay algunos escritos del siglo XVII… particularmente interesante resulta uno que es una denuncia sobre la introducción de vino de fuera, o lo que podríamos llamar ‘el rincón Bertemati’, recordando que la familia jerezana fue propietaria en el siglo XIX de una gran finca en el municipio, Campano, de la que procedían las uvas con las que se elaboraba ‘Rouge Royal’, un tinto que consiguió por entonces varios premios incluso en Francia–, también la presencia de distintos útiles antiguos de la vitivinicultura e incluso una notable colección de varios objetos de arte y fotografía. Ah, como curiosidad, hay un espacio para las famosas muñecas Marín, oriundas de la tierra y de las que hay una gran colección.
Con la lección bien aprendida sobre las singularidades de Chiclana, nos dirigimos a la cooperativa. Su presidente, José Reyes, lleva unos diez meses al frente. La Unión de Viticultores Chiclaneros es, a su vez, la bodega más grande de las tres y tiene unas existencias de unas 2.300 botas. Elaboran botas de mosto (vino del año) para otras bodegas del Marco y también tiene marcas propias, de las que Chiclanero es la más conocida. Su distribución es muy local, ya que se concentra en la Bahía de Cádiz y Conil, si acaso Tarifa. Reyes es consciente de este hecho y comenta que, al menos, deberían dar el salto a Sevilla, sobre todo ahora, que son vinos de la DO Jerez-Xérès-Sherry de pleno derecho.

La Unión de Viticultores Chiclaneros tiene una importante historia ya que hunde sus raíces en el Sindicato de Obreros Viticultores que creo que el padre Salado a finales del siglo XIX y ya, como antecedente directo, estaría la cooperativa San Juan Bautista, que se formó en 1956. “Llegamos a contar con 500 socios, hoy somos entre 120 y 130 los socios activos. Debe haber incentivos y rentabilidad para que la viña pase de padres a hijos. Pero es curioso, hay gente, como es mi caso, que de joven se va de la viña y luego vuelve, cuando tiene cuarenta o cincuenta años”, dice Reyes. En estos diez meses, el actual presidente, que tiene negocio propio, ha aprendido algo que tiene grabado a fuego: “en bodegas, uno más uno no siempre son dos”.

Manuel Aragón tiene dos centros bodegueros, el ‘Sanatorio’ en la ciudad, y el que tiene a pie de la N-340. Hablar con Chano Aragón, al frente del negocio familiar todavía (está a punto de ceder los ‘trastos’ a dos sobrinas) es siempre un placer. Aragón tiene unos vinos viejos estupendos, que probablemente sean más fáciles de adquirir yendo a la bodega y charlando con él que por internet: amontillados, palo cortado y olorosos con una vejez entre los 60 y 80 años. Sin embargo, Aragón fue pionero también en la introducción de uvas internacionales en el Marco, caso de su sauvignon blanc, Batalla de la Barrosa. “De este vino dijo Parker que es la bella bestia”, afirma, mientras que nos ofrece una copa de oloroso que él mismo venencia, un vino impresionante. El negocio de Bodegas Aragón está hoy en día muy diversificado. Recorremos las instalaciones y Chano se para lo mismo a enseñarnos un palé con rumbo a Carolina del Norte que tiene la particularidad de que se puede seguir en todo momento la temperatura a la que está el vino, que un salón destinado específicamente a eventos. Detrás de la bodega, las viñas, donde tiene, nos cuenta, una parcela en la que la UCA está llevando a cabo distintos experimentos en varietales antiguas como beba, vijiriega o rey y las habituales del Marco. Al fondo, el pinar. Más allá, el mar...


