La imagen es desoladora. Chiringuitos derrumbados, paredes caídas, una depuradora al borde del hundimiento, agua dentro de viviendas en primera línea de playa y unos daños de muchos millones de euros. Hablamos del panorama en Matalascañas, en la costa de Huelva, tras el paso de los temporales de principios de año, pero la escena, con matices, es replicable en otros muchos puntos del litoral andaluz.
Porque se espera que este episodio vuelva a repetirse. Que el mar siga reclamando lo que es suyo, y que playas como Matalascañas, pero también otras muchas de las provincias de Huelva y Cádiz donde el urbanismo salvaje arrasó playas y líneas de costa, corran la misma suerte. En apenas 25 años, es previsible que la costa andaluza pierda entre cinco y 25 metros de playa, por la subida del nivel del mar. A partir de 2050, dependiendo de las características de cada playa y de la naturaleza de sus sedimentos, el impacto podría acentuarse.
Porque la ocupación de la costa por la presión urbanística y turística aumenta la vulnerabilidad de la población ante desastres naturales, debido a que el litoral actúa como barrera natural frente a fenómenos extremos como tormentas, avenidas fluviales o tsunamis. Lo alerta el Grupo de Dinámica de Flujos Ambientales (GDFA) de la Universidad de Granada, que lidera el proyecto Iccoast, a través del que se hacen estas predicciones.
El proyecto Iccoast proporciona información científica que permitirá fundamentar la toma de decisiones sobre la costa con criterios que aporten seguridad jurídica, analizando la variabilidad de la erosión y apoyando así la gestión del litoral.

Hay otros trabajos, como el informe de evaluación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que hablan de que el nivel medio del mar podría aumentar entre 15 y 23 centímetros —en el mejor de los casos— y hasta un metro —en el peor— hacia finales de este siglo. Lo que unido a la concentración de la población en zonas costeras, intensificará los riesgos de inundaciones y pérdidas económicas.
Y es que se alerta de que hasta 33 playas andaluzas están en riesgo de desaparición en las siguientes décadas por la subida del nivel del mar, especialmente en la provincia de Cádiz y la Costa del Sol malagueña, pero también en Huelva. De la citada Matalascañas, a El Portil, Isla Cristina o Malagón, en tierras onubenses, a Sanlúcar, Chipiona, Valdelagrana (El Puerto de Santa María), Cortadura o la Victoria (Cádiz), Camposoto (San Fernando), o Los Caños de Meca (Barbate), en el litoral gaditano. O Manilva, Fuengirola, Marbella, Málaga, Mijas, Torremolinos, en la costa malagueña. Y así hasta más de una treintena, sobre las que planea un futuro con mucha incertidumbre.
Estudios para "anticiparnos"
“Nuestra costa se encuentra entre las más valiosas de Europa, tanto por su riqueza natural como por su relevancia económica. Anticiparnos a los efectos del cambio climático es una responsabilidad que asumimos con determinación y con herramientas de gestión concretas como las que nos ofrecen estos estudios”, dice la secretaria general de Medio Ambiente y Cambio Climático de Andalucía, María López Sanchís, al hilo de los resultados de este trabajo.
Y es que la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente, en el marco del Plan Andaluz de Acción por el Clima (PAAC), desarrolla dos iniciativas clave para conocer en profundidad los impactos que el cambio climático está produciendo en el litoral andaluz, estimar su evolución en distintos escenarios y disponer de herramientas que permitan actuar con antelación. Ambos estudios, impulsados desde la Secretaría General de Medio Ambiente y Cambio Climático, ofrecen información de alto valor sobre la vulnerabilidad del litoral ante fenómenos como la subida del nivel del mar, la pérdida de superficie de playa seca o los procesos imparables de erosión y regresión costera.

El primero de los trabajos corresponde al estudio sobre la vulnerabilidad del litoral andaluz, realizado en el marco del programa PIMA-Adapta Costas, y cuyos resultados se publicaron en 2022. Entre sus principales aportaciones se encuentra la creación de bases de datos georreferenciadas que recogen información detallada sobre recursos, instalaciones, usos del territorio y actividades vulnerables al cambio climático a lo largo de toda la costa andaluza. El segundo estudio se centra en el análisis de la inundación y la erosión en zonas costeras en escenarios de cambio climático, y es el llamado Iccoast.
Qué dicen los expertos
“El problema es que las Administraciones competentes, en ocasiones, no toman decisiones basándose en los expertos, sino “por presión política o social”, sostiene Juan Antonio Morales, profesor e investigador de la Universidad de Huelva, catedrático del área de Estratigrafía y Doctor en Geología, en declaraciones a este medio.
Morales lleva más de tres décadas estudiando los procesos geológicos del litoral onubense y conoce muy bien casos como el de Matalascañas, pero también del resto del litoral onubense. “Proponer medidas como el retranqueo — como llegó a decir el secretario de Estado de Medio Ambiente— no solucionan la erosión, porque no actúa sobre las causas; si retranqueas el paseo marítimo, dentro de unos años te encuentras el mismo problema en la segunda línea”, sostiene.

En estos casos, el catedrático en Geología es partidario de apostar por soluciones que “imiten la naturaleza: crear playa, crear una duna y protegerla con espigones”. O como la propuesta que lideró en 2015 para Matalascañas, que apostaba por crear una duna artificial, para proteger el paseo marítimo ante los avances del mar. Su idea era crear “una duna artificial con un núcleo de tubo geotextil, para que cuando llegue un fuerte temporal la erosione parcialmente, pero proteja el paseo marítimo, evitando daños estructurales”, relata.
Unas soluciones que admite que son costosas, “pero no hay otra alternativa eficaz”. Hoy en día, “no es necesario hacer obras a ciegas, hay modelizaciones digitales que permiten ver cómo respondería el sistema antes de actuar”.
Otras playas en peligro
Antes que Matalascañas, hay otros ejemplos recientes de playas arrasadas por distintos temporales. En verano fueron numerosos los casos. Como la playa de El Pirata, en los Caños de Meca (Barbate), que prácticamente desapareció. En Zahara de los Atunes, en El Puerto de Santa María o en Cádiz hubo bandera roja por el azote del temporal. Son adelantos de lo que está por venir.
Especialmente llamativo fue el caso de la citada playa de El Pirata, que se quedó prácticamente sin arena, lo que provocó múltiples reproches entre Administraciones, como es habitual cada vez que se producen estos episodios. La Demarcación de Costas defendía que aportó arena durante los años 2015, 2016, 2018 y 2019. Pero el mar, una vez más, recupera lo que es suyo. ”Todos estos aportes han sido infructuosos a corto plazo. Rápidamente, la acción de la dinámica litoral ha vuelto a dejar el perfil de playa prexistente”, detallaba Costas en un informe, en el que recogía que “el estado natural, originario, de dicha playa es el que tiene actualmente”.

Un aspecto, el de la playa barbateña, que pueden tomar otros arenales de la costa andaluza. Los 33 citados por Iccoast, en el caso de que se cumplan estas predicciones, que puede ser que se amplíen con el paso de los años. O en Camposoto, San Fernando, donde hay importantes pérdidas de arena y masas de fango tras la sucesión de temporales de este principio de año.
También es paradigmático el caso de la playa malagueña de Carvajal, en Fuengirola. Hay estudios que predicen que en apenas 25 años habrá retrocedido en torno a un 74% de su ancho actual y medio siglo más tarde, en 2100, ya no habrá orilla.
"Hay mucho sol y poca playa"
“La realidad que debemos asumir es que el modelo de sol y playa ahora es de mucho sol y poca playa y debemos actuar urgentemente para protegernos”, resume Luis Berraquero, delegado de Greenpeace en Andalucía, una organización ecologista que firma una exhaustiva investigación que refleja en su informe Destrucción a toda costa 2025: impactos del urbanismo y el cambio climático en el litoral.
Greenpeace estima que prácticamente toda la costa de Andalucía reducirá su ancho de playa, con riesgo extremo —pérdidas de entre 18 y 22 metros— en Cortadura y la Victoria (Cádiz capital); Valdelagrana y Levante (El Puerto); playas del Duque, Puerto Banús y Nagüeles (Marbella), Fuengirola; Torreblanca, Santa Ana,la Carihuela (Benalmádena); y playa del Lido (Torremolinos). Se espera un retroceso de la línea de costa de hasta cerca de 16 metros en Chiclana, Conil, Barbate, Tarifa, Mijas, Benalmádena y Vélez- Málaga.
“Es urgente hacer frente a estos riesgos. Tan sólo con una reducción moderada de las emisiones de gases de efecto invernadero se podría evitar el 40 % del retroceso de las playas de todo el mundo. Para 2050, proteger y conservar las playas supondría un beneficio 150 veces superior a dejar que sigan deteriorándose”, señalan desde Greenpeace.
La elevación del nivel del mar, el incremento de la temperatura del agua, el aumento en la frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos, la erosión del litoral y la pérdida de biodiversidad costera y marina son algunas de las consecuencias que ya vislumbra la organización ecologista, que es muy crítica con la gestión del Gobierno andaluz. “Mientras los impactos climáticos nos muestran su crudeza en esta región, la Junta de Andalucía mira hacia otro lado, recuperando modelos litorales ya obsoletos y poniendo al límite los ecosistemas costeros que nos protegen”, asegura Elvira Jiménez, coordinadora de campañas de Greenpeace.
“Andalucía se enfrenta a la pérdida de playas y al retroceso de la línea de costa, en muchos puntos con impactos severos, pero, bajo el argumento del turismo de lujo y presentado como un modelo de mayor sostenibilidad, se continúa promoviendo la construcción de plazas hoteleras en zonas ya saturadas y turistificadas sin tener en cuenta los impactos del cambio climático”, insiste la entidad conservacionista, que habla de proyectos en Cádiz, Conil, Tarifa, Chipiona, Málaga, Marbella, Fuengirola, Estepona, La Herradura, Salobreña, Motril y el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, que “muestran cómo el ladrillo se ha reactivado de forma especialmente alarmante en la costa andaluza”.
Ante estos retos, apuesta por distintas soluciones. Como “diseñar un nuevo sistema energético en el que se reemplacen los combustibles fósiles y el uranio por energías renovables”. O “renaturalizar la costa”, a través de “soluciones basadas en la naturaleza, que emplean los procesos naturales como remedio ante los impactos negativos, que son eficaces y menos costosas que las clásicas medidas de infraestructura gris”.
También aboga por “evitar reconstruir y habitar zonas gravemente afectadas por inundaciones o temporales marítimos, paralizar los proyectos urbanísticos en tramitación que contemplen edificar en zonas con riesgo de inundación; así como prohibir la calificación como urbanizable de los terrenos cuya peligrosidad se ha mitigado tras la construcción de una obra estructural”.
O también apuesta por desarrollar “estrategias a nivel nacional y regional”, que “deben contar con la financiación adecuada”, para lo que Greenpeace entiende que “la participación ciudadana es fundamental”. Y por último, propone a su vez “poner coto a la turistificación contando con la participación comunitaria”, con medidas como “avanzar en la regulación con moratorias a las viviendas turísticas, la erradicación de la oferta ilegal, la reducción de la actividad aeroportuaria, la limitación de la entrada de vehículos en las zonas saturadas, el refuerzo del transporte público y el control de aforo en espacios sensibles”, para así “poner coto a la turistificación”.




