Las mujeres de las tagarninas de 'la Plaza', custodias de la verdura más jerezana

La familia de 'la coja' al completo son los vendedores de limones, cardillos, tagarninas y cebollas que llenan de vida las inmediaciones del Mercado de Abastos

Las mujeres de las tagarninas de 'la Plaza', custodias de la verdura más jerezana.
Las mujeres de las tagarninas de 'la Plaza', custodias de la verdura más jerezana. ESTEBAN

Si hay una "verdura jerezana" por excelencia, esa es la tagarnina. Para comprarlas, nada mejor que acudir a los puestos de 'la Plaza', allí nunca falta un grupo de mujeres limpiando y cortando este manjar silvestre de la tierra. 

Juani García Romero lleva más de 35 años en su puesto; su tía, María Romero, desde que era pequeña, toda una vida. En cuestión de segundos, Juani llama a toda su familia para avisar de que un periódico quiere “hacerles fotos”. Hay varios puestos y todos pertenecen a esta saga, “los de la Coja”, la familia que vende tagarninas, limones, cebollas, ajos, cardillos, caracoles y cabrillas en la puerta de la Plaza.

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María Romero, la 'matriarca' de la familia.   ESTEBAN

“Mi alegría son mis niños y cuando me voy con mi marido al campo a coger tagarninas”, cuenta Juani, que también reconoce que en su vida diaria no tiene mucha felicidad porque va “de su casa a la plaza y de la plaza a su casa”. Ella vive en San Telmo, y su parentela entre San Telmo, el Chicle y el Polígono. “Tengo a diez personas en casa, entre hijos y nietos”, cuenta Juani mientras no para de cortar tagarninas. 

Juani, vendedora de tagarninas en la Plaza.
Juani, vendedora de tagarninas en la Plaza.   ESTEBAN

“Somos la familia de ‘la coja’. Este oficio lo empezó mi abuela, Juani ‘la coja’; lo siguió mi madre, Carmen ‘la coja’, y ahora también estoy yo, que por fin me he quitado lo de coja”, cuenta Juani entre risas. Las famosas tagarninas vienen de los campos de Medina Sidonia. Las compran en Merca Jerez, aunque a veces van ellos mismos a cogerlas cuando son silvestres: “Mi marido las coge y yo las pelo”. 

Rafael González es también de la familia, pero él prefiere no contar mucho porque la que sabe todo es su madre, María Romero. Mientras tanto, no para de animar con gracia al bullicioso público que pasa por allí: “¡Vamos que nos vamos!”. Él, atento a sus clientas, ayuda a una señora a meter en su carro la bolsa de cabrillas. 

Rafael González, hijo de María Romero.   ESTEBAN
Rafael González, hijo de María Romero.   ESTEBAN

¿Cuánto es?, pregunta un señor. “¡Pues mil euros!”, responde María Romero, la más veterana de todas ellas. En su cara se nota la sabiduría; en sus modales, que lleva el oficio en las venas; en su bata de lunares, que es una vendedora con age y muy jerezana. “Lo que más se venden son las tagarninas y las cabrillas. Los limones y las cebollas no dan ”, cuenta María. 

"Para que las tagarninas esté buenas hace falta que caiga mucha agua"

La matriarca de la familia llama “chochito” a sus clientas, una coletilla que suelta con gracia a toda la que pasa. “Esto es mi vida. Llevo aquí desde pequeña. Empezamos en La Plazuela y luego nos vinimos a la Plaza”. La familia es veterana y tienen el oficio controlado, aún así, dependen mucho del tiempo y no siempre tienen suerte con las lluvias. “Para que las tagarninas esté buenas hace falta que caiga mucha agua, y cuando no llueve y no hay, las ventas caen”. 

La mejor manera de cocinar las tagarninas es en tortillas, esparragás con huevo y en berza. “¡Ay lo que me gusta a mí una berza, con sus buenos garbanzos, habichuelas y tagarninas!”, exclama María, a la que el apellido de Romero le viene “que ni pintao”. 

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Las mujeres de la familia "de las tagarninas".   ESTEBAN

La pena que tiene la familia es compartida por todos los comerciantes del centro: “Esto de los supermercados grandes nos ha quitado a mucha gente, antes se vendía más”. Lo comentaba Juan Luis de ‘Hermanos Perea’ y también su vecino ‘el lobo’, el dueño del bar colindante y del que no para de llegar olor a bocadillos de filetitos del mercado. Todos coinciden en que las grandes superficies les ha perjudicado mucho.

El bullicio de 'la Plaza' es un tesoro que no se puede perder; algo irremplazable por cualquier otra experiencia. Una costumbre jerezana que llena de personalidad todo este eje comercial. Familias como las de ‘la coja’ siguen resistiendo días tras día, esperando una lluvias que cada vez llegan menos y recogiendo tagarninas silvestres, una de las verduras más peculiares que ha dado esta tierra. 

 

Sobre el autor:

Valeria Reyes Soto

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla y máster en Gestión Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid, he trabajado en la gestión y comunicación de proyectos como el Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger, la Feria del Libro de Sevilla, el Festival de Jerez o el Festival de Cine Europeo de Sevilla; en espacios como la librería Caótica y en proyectos como Luces de barrio. Tengo especial interés por los programas que unen diferentes puntos de la cultura a través del encuentro, la investigación y la mediación, así como plena vocación por el mundo editorial, librero y literario.

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