Moussa y Juan, lo que el huerto ha unido que no lo separe el odio

La mirada de este joven de 22 años de Guinea-Conakry se ilumina cuando labra en el huerto solidario de una ONG jerezana, Isoje, junto a un vecino jubilado del Pago de San José. En agosto cumplirá tres años desde que tocó la costa gaditana tras cruzar el Estrecho, arraigado ya a la misma tierra que cultiva

Moussa y Juan, unidos por el huerto solidario de Isoje.
Moussa y Juan, unidos por el huerto solidario de Isoje. MANU GARCÍA

— ¿De dónde eres?

— Ahora soy de Jerez…

— ¿Te gusta?

— Me gusta Jerez.

— ¿Y la comida, te gusta el gazpacho en verano?

— Gazpacho no tanto. Todo el día arroz.

A sus 22 años, este joven no tiene cuenta de Twitter. Es ajeno a los mensajes cargados de bilis y xenofobia que a menudo se esparcen sin piedad en las redes sociales. Algo ha oído de las campañas de odio que se pusieron en marcha contra chicos de su edad o incluso más jóvenes, pero tampoco tiene muy claro de dónde vienen ni a santo de qué. En su mirada nada de eso importa.

La mirada de Moussa Sow, este veinteañero de semblante serio, menudo, que porta gorra, vaqueros y una camiseta con una estrella de mar, no es la mirada de alguien de su edad. Al menos, no la mirada de alguien de su edad en España o en cualquier otro país donde el debate nacional es saber cuántos chuletones somos capaces de comernos para no reventar. España. Un país, por cierto, que Moussa ni sabía que existía hasta hace solo unos años.

Moussa nació en Dalaba, en una región montañosa llamada Futa Yallon de Guinea-Conakry. Su tierra es una zona mágica, donde se acumulan tesoros y tradiciones ancestrales, dentro de un país muy rico en minerales y con una fértil agricultura. Con 10 millones de guineanos y 24 comunidades étnicas, ya pueden imaginar cómo ha evolucionado el país desde la independencia de nuestros vecinos franceses: hambrunas, pobreza extrema, matanzas a minorías... A Moussa, que practica el sufismo negro, que ayuna una vez al mes y se sabe el Corán de arriba a abajo, le pilló la epidemia de ébola que asoló su país siendo él un quinceañero. Ya entonces cuidaba de su hermano tetrapléjico debido a una enfermedad degenerativa que acabó con su vida y que ahora también afecta al cabeza de una familia de tres hermanos, incluido Moussa.

No, definitivamente, cuando cuenta el relato escueto de una vida tan escarpada, antes incluso de salir de su país, confirmas que la mirada de Moussa no es la de un joven de su edad. Luego te dice que salió al norte, a la frontera con Senegal. Y que allí empezó a descargar camiones para comer. Con un amigo, emprendieron camino a Mauritania y de allí, a Marruecos, a Tánger. “La vida no es fácil, puedes pensar que vas a hacer una cosa y esto sale después”, dispara casi en voz baja el muchacho.

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Moussa, agricultor.   MANU GARCÍA

“Vayamos a Marruecos —cuenta que le dijo su amigo—. Mucha gente pasa ahí para ir a España. Yo le pregunto que dónde está España y él me dice: Europa. Yo le digo que no tengo familia ahí, muy difícil, no tengo dinero. Después me dice, si quieres venir puedo ayudarte para subir. Llegamos a Marruecos, Policía nos coge en la frontera con Argelia, difícil volver, y nos llevan a Tánger”. El relato habitual de la transición de parte del África negra a un mundo mejor. Un mundo donde discutir cuántos chuletones somos capaces de comernos para no reventarnos a nosotros y al planeta.

“Todos dentro, todo oscuro, quitamos zapatos, corremos un poco y subimos a la patera (...) Mucho miedo, sí"

A partir de ahí, ya en Tánger, un resumen a cámara rápida. Verano de 2018: “Compran una patera para pasar —no sabe si eso se llamaba patera o era una simple barcaza hinchable—, salimos a la mar por la noche. Íbamos unas doce personas. A las once salimos al mar, a las seis estábamos en  el barco de Cruz Roja”. Puerto de Algeciras y, en plena crisis migratoria en aquel verano de hace tres años, Moussa acaba entre las decenas de migrantes acogidos en el polideportivo Kiko Narváez de Jerez.

La mirada de Moussa te devuelve aquella madrugada interminable. Su recuerdo borroso, pero indeleble, de aquel trance: “Todos dentro, todo oscuro, quitamos zapatos, corremos un poco y subimos a la patera, empezamos remando. No sé cómo explicar eso, hay mucho viento. Lo que das adelante, poco a poco el viento echa para detrás. A las seis de la mañana viene barco y coger nosotros. Vamos a Algeciras. Esto no se puede imaginar, muy complicado, muy difícil. Mucho miedo, sí. Por la tarde no quería entrar, pero pensaba que a la noche no iba a ver nada, yo pensaba que no era grave. Cuando a la mañana yo empiezo a ver, todo el día yo enfermo. Nunca más hacer eso, veía que no iba a salir de ahí, pero la vida estaba delante”. La frase es poesía del que no sabe que compone versos. La vida, efectivamente, estaba delante de sus narices. Su vida empezó a cambiar.

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Mousa, pendiente de Juan.   MANU GARCÍA

La nueva vida de Moussa

Jerez, hijuela de La Canaleja. Julio de 2021. Han pasado tres años de aquel aterrador viaje que el joven cuenta con solo mirarte a los ojos. Moussa está a punto de regularizar su situación en España si le aceptan su arraigo, que se consigue con un contrato de trabajo, lo que no es fácil de lograr, como saben, en este país. Pero Moussa, al que ya le denegaron el asilo político, está dispuesto a intentarlo. Cualquier cosa antes que retroceder.

Desde hace unos meses, después de trabajar recolectando en campos de Navalmoral (ahí bajo condición de refugiado mediante un programa de Cear), Jaén, Lérida y Huelva, durmiendo en estaciones de autobuses y teniendo difícil el acceso a la comida o a una ducha, Moussa acude al huerto solidario de la ONG Iniciativa Solidaria Jerezana (Isoje). En paralelo, también se forma con el colectivo de La Buena Siembra, un proyecto bajo el que imparten cursos sobre agricultura ecológica y que pretende convertirse en productor de semillas. Tanto en un sitio como en otro, Moussa solo ha encontrado cariño y reconocimiento a su predisposición y ganas de tener un futuro digno en España.

“Poco a poco, mi vida ha cambiado cuando venimos aquí. Paco y Aurora —miembros de Dimbali, la red jerezana de ayuda al migrante— estaban ayudándome; y poco a poco, contento. Antes no hablaba nada español, ahora mejorando poco a poco, conociendo a la gente. Gente buena”.

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Juan, en el huerto solidario de Isoje.   MANU GARCÍA

La vida de Juan

Alguna de esa gente buena que a veces hace sonreír a Moussa es gente como Juan Mena Román, que va para 72 años y se asfixia al hablar. Ha vivido siempre en el Pago San José y ahora acude cada mañana a la parcela de Isoje para colaborar.

“Me vengo aquí, me asfixio, pero me encuentro bien para seguir con esta distracción, que es la única que tengo". Juan fue encofrador, luego se volcó en la albañilería y acabó en las piscinas, “que me parece a mí que de eso me asfixio, de tantos ácidos en la limpieza”. Su familia no fue de emigrantes, pero “sí tuve a mi hija que se fue a Alemania. Aunque más pronto estuvo aquí, a los cinco o seis meses se volvió”. Juan, zoleta en mano, lo tiene claro: “La vida hay que buscársela donde sea… más que la busco yo, que tengo cinco hijos y la mayoría están sin trabajo. Menos mal que hice mi casita, que es propiedad mía, y a la mitad los tengo recogidos, porque qué va a hacer uno, ayudarles en todo lo que pueda”.

Iniciativa Solidaria Jerezana

Antonio Conde, un hombre muy conocido en la ciudad, especialmente por su pasado político, fundó en 2013 Iniciativa Solidaria Jerezana. Politólogo, pensionista, cuenta que el pilar fundamental y esencial de esta ONG, que ha multiplicado con creces su labor en pandemia, es el reparto de lotes de alimentos a familias sin recursos, a las que también se les ayuda a tramitar posibles ayudas económicas. Conde ha encontrado en la solidaridad la forma de hacer una política real, de verdad atenta a las necesidades de la ciudadanía.

Isoje cuenta con diferentes proyectos: escuela de verano para niños de familia sin recursos, el huerto solidario con Juan como encargado, un proyecto de árboles frutales solidarios, y un gallinero de gallinas felices cuyos huevos también van a parar a quienes más los necesitan. Aparte de acoger a migrantes como Moussa, cuentan con un convenio con instituciones penitenciarias que permite enviar a presidiarios para hacer labores sociales sustitutorias.

Desde hace unos años, el Ayuntamiento les cedió una parcela en la hijuela de La Canaleja y, entre todos, han ido transformando el espacio acorde a las necesidades de una de las muchas ONG volcadas en la ciudad con quienes más lo necesitan.

Y hablando de ayudar, ¿cómo ve los progresos de Moussa? “Moussa es un fenómeno, aprende rápido y sabe, tiene voluntad, que es lo imprescindible. ¿Verdad, amigo?”, le lanza retórico. “No le falta ná”. “Poco a poco”, responde tímido el chico. Y Juan se explaya en sus elogios y en su hospitalidad tan del sur. “Él llega a su hora, su agüita, si no su refresquito, y lo que te haga falta nada más que tienes que pedirlo. Nos distraemos regando los árboles, cogiendo cosas o quitando hierbas. Aquí está muy bien, echa una mano para lo que haga falta, hasta para echar hormigón con otros. Se les avisa y están dispuestos”.

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El joven trabaja la tierra.   MANU GARCÍA

A Moussa, por encima de todo, le gusta el huerto. “Me gusta. Nosotros no tenemos como este, allí con caca de caballo y vacas para abono tiramos lo que sea y sale solo”. “La patata dulce, por ejemplo, no va sembrada, se tira y sale, es muy productiva la tierra en ese clima tropical. Ellos solo recolectan: maíz, fonio (el llamado supercereal de África), patata dulce…”, explica a su lado Paco Cuevas, de Dimbali.

Desde La Buena Siembra aseguran sobre Moussa que, “en el curso de huerto agroecológico, se le nota que le apasiona la agricultura y trabajar con la tierra, y que se queda con ganas de hacer cosas. Un alumno responsable, proactivo, perseverante y buen compañero. Estamos muy contentas con él y estamos seguras de que con la actitud y ganas que tiene va a ser un gran agricultor o lo que se proponga”. Moussa se ha propuesto intentarlo, aunque todo sea tan complicado, incluido tener a su padre enfermo y a su madre y sus hermanos a 4.155,7 kilómetros de distancia, 56 horas de coche, según Google Maps.

“Ahora hablo poco a poco con mi madre, cada semana o dos semanas; cuando ella quiere escucharme carga su teléfono y me llama, pero internet muy difícil ahí”.

— ¿Qué te dice?

— “Ella dice… me alegro por ti, pero quiere verme. Un día —hace un silencio, se emociona— nos vamos a encontrar. Vale, no pasa nada. Sí”.

Su mirada lo dice todo. Juan, a unos metros de Moussa, ya ha empezado a recolectar tomates y se queja de que un bicho ha atacado a parte de la plantación. Ante la insistencia del fotógrafo, le llama: “Moussa, ven, que nos van a echar una foto”.

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